(Publicado en Cuadernos de Pensamiento Político, Julio/Septiembre 2008)
Una civilización en crisis
Los atentados del 11 de septiembre de 2001 dieron paso a un intenso debate sobre el grado de amenaza que suponía el Islam radical. Durante estos últimos años hemos asistido a una sucesión de términos para designar tanto al agresor como a la situación en la que nos encontramos. “Terrorismo islámico”, “terrorismo islamista” y, finalmente, “terrorismo yihadista”. “Guerra contra el Terrorismo”, “Guerra contra el Terror” o “Larga Guerra”. Dudas y cambios de criterio que reflejan la dificultad de definir un nuevo entorno estratégico que se sale de los márgenes del pensamiento clauswitziano en el que hemos crecido. Aquellos que plantean amenazas o retos desde el mundo islámico no han pasado por la revolución intelectual del s. XIV ni por la Ilustración. Desconocen a Descartes y viven ajenos a las obsesiones racionalistas de Occidente. Su forma de actuar no responde a nuestros cánones, lo que nos crea una dificultad añadida para definirla y catalogarla.
La magnitud de los atentados yihadistas de Nueva York, Washington, Madrid o Londres, por poner algunos ejemplos próximos a nosotros, ha llevado a centrar nuestra atención sobre los grupos radicales que han optado por la vía de la fuerza. Sin embargo, para comprender su naturaleza es conveniente fijarse en el origen del problema. Grupos como al-Qaeda no son más que la expresión de una realidad mucho más compleja y trascendente. En el Islam, como en cualquier gran religión, se han desarrollado a lo largo del tiempo corrientes distintas a la hora de interpretar el correcto significado del mensaje o su adaptación a épocas distintas. Siempre hay sectores reacios al cambio como siempre hay grupos dispuestos a realizar transformaciones radicales.
Centrándonos en los primeros, su influencia será mayor o menor en función de la estabilidad social. Si una sociedad se adapta correctamente a los retos de su tiempo, si las medidas que adopta surten los efectos deseados, entonces la mayor parte de las personas tendrá una actitud moderada y se concentrará en sus actividades cotidianas. Por el contrario, cuando las medidas son inadecuadas o, peor aún, inexistentes; cuando una sociedad no es capaz de responder a esos retos y se siente apartada del proceso general de modernización, cuando al mirar a su alrededor ve como la mayor parte del mundo avanza en bienestar y conocimiento mientras ella continúa estancada en el subdesarrollo, entonces se dan las condiciones para que abandone el juicio racional y de rienda suelta a las pasiones. Este es el caso de Egipto o Marruecos, por poner un ejemplo.
Una situación distinta pero de efectos semejantes es la producida por cambios culturales y sociales ejecutados en un tiempo muy breve. Puede entonces producirse una crisis de identidad. Los valores tradicionales son parcialmente abandonados en beneficio de otros ajenos y, en mayor o menor medida, contrarios a los primeros. En esa situación es también posible que la sensación de vértigo cree las condiciones para que las siempre presentes corrientes reaccionarias ganen el corazón de la gente. Lo ocurrido en Irán durante los años del Sha puede responder a esta segunda situación.
El islamismo, o Islam reaccionario, rechaza la posibilidad de un encuentro con Occidente. De la misma forma que les ocurría a los teóricos del comunismo, están convencidos de que una relación estrecha entre ambas culturas aboca a la corrupción del Islam, pues debilita sus valores hasta forzar su decadencia. No es un problema religioso, sino cultural. Occidente es una amenaza desde que abandonó a Dios y se entregó al materialismo y al consumo. Los musulmanes se sienten atraídos por los bienes materiales y sus mujeres olvidan su tradicional recato para adoptar una actitud independiente e “inmoral”. Aceptar valores característicos de Occidente implica en su mentalidad la subordinación y el debilitamiento del Islam, lo que a fin de cuentas llevaría a su descomposición y ruina.
El contagio de la cultura occidental es un cáncer que agrava una dolencia preexistente: la creencia en una agresión consciente de Europa y Estados Unidos. Primero fue la imposición de colonias o protectorados. Luego la definición de fronteras, cuando no la segregación de territorios. Después la imposición y apoyo a gobiernos títeres, que en vez de defender los valores e intereses de la población se limitan a actuar cual vasallos de los extranjeros poderosos.
La idea de que la modernización del Islam requiere de la trasformación de sus regímenes políticos hasta llegar paulatinamente al establecimiento de auténticos sistemas democráticos supone para los islamistas una agresión, pues los principios y valores sobre los que se fundamenta –libertad individual, igualdad entre hombres y mujeres, separación entre Iglesia y Estado…- son para ellos heréticos, ajenos a su tradición y dirigidos a debilitar el Islam y garantizar el poder hegemónico occidental.
El resultado de ambos procesos, el cultural y el político, es la decadencia del Islam. La responsabilidad está claramente en Occidente y en aquellos sectores del Islam que tienen funciones de gobierno en regímenes no islamistas o en aquellas personas que defienden la modernización de sus sociedades mediante una relación intensa con Occidente o, peor aún, defienden la adopción de regímenes de corte democrático. Una interpretación tan coherente como imaginativa, que tiene la virtud de liberar de toda culpa tanto a la religión como al ciudadano medio.
Para el musulmán de la calle es inaceptable que su país no mejore, que sus hijos no puedan tener un futuro mejor, que no haya una educación pública, ni un servicio de salud… cuando a través de los canales de televisión vía satélite está viendo cómo se vive en París o en Nueva York, en Canberra o en Los Ángeles ¿Por qué ellos no? ¿En qué son diferentes? Lo más lógico sería mirar a su alrededor y reconocer lo evidente: que hace siglos que el Islam está en decadencia; que en el terreno de la alta cultura aporta poco al conocimiento general; que la ciencia dejó de ser un tema de interés; que los regímenes salidos de la descolonización se han escudado en un discurso nacionalista y/o socialista para generar un sistema de extraordinaria corrupción y, por lo tanto, incompetencia. Tienen toda la razón para rechazar esa situación, pero no es justificable ignorar la realidad. Sin embargo, la formidable expansión que en los últimos años ha tenido un reducido número de cadenas televisivas que vertebran el conjunto del Mundo Árabe, y en general, el conjunto de los medios de comunicación, ha tenido un formidable impacto a la hora de asentar la interpretación victimista: la culpa es de los otros, es de Occidente. La vida es más fácil sin sentimiento de culpa, pero ese alivio es engañoso. Sin asumir la realidad será imposible que este conjunto de países encuentre su vía hacia la modernización social. Éste es el ambiente en el que el islamismo puede crecer. Se alimenta del fracaso de los nacionalistas, de su discurso victimista y, sobre todo, de la sensación general de fracaso colectivo para ofrecer una interpretación y una alternativa. El origen está en el abandono del Islam verdadero, de la propia identidad. La solución está en la vuelta al Corán, desde una interpretación rigorista y antioccidental.
Una civilización tan extendida y antigua como el Islam, presente en culturas muy distintas, tiene que tener escuelas de pensamiento que recojan esa variedad, incluso dentro del más limitado espectro del pensamiento reaccionario. No es éste el lugar para hacer una descripción pormenorizada, pero sí para dejar constancia de su existencia. Las hay ancladas en un pasado secular, que ejercen una amplia influencia social al gozar de una posición de poder y que, además, disponen de ingentes cantidades de dinero. Es el caso de wahabismo árabe, vinculado a la casa de Saud. Las hay también de más reciente creación y desde planteamientos más acordes con las circunstancias de nuestros días, que han sufrido una sistemática persecución política y que todavía hoy son consideradas por los gobiernos de los estados en los que están presentes como la principal amenaza a la estabilidad política. Es el caso de los Hermanos Musulmanes.
Más allá de la variedad de escuelas encontramos una diversidad de tácticas que confluyen en un objetivo estratégico común: la restauración del Califato, la imposición de la sharia o ley islámica y la aplicación de una política común a toda la Umma de enfrentamiento con Occidente. Como toda corriente reaccionaria es muy elemental en sus objetivos finales, aunque la suma de sus escuelas aporta una significativa riqueza intelectual. Todos ellos coinciden en que es necesario llegar a la gente de a pié para explicarles el porqué de la decadencia y la necesidad de volver a una exégesis rigorista. Un Islam entendido como lo que siempre ha sido: una interpretación general de la vida, tanto individual como en sociedad, que recoge tanto los aspectos exclusivos del ámbito religioso, como los fundamentos de la organización del Estado y del buen gobierno. Para ello actúan en distintos planos. Cuidan la enseñanza primaria aprovechando la inexistencia de un sistema escolar público y universal. En sus madrasas los niños reciben una formación religiosa intensa y sectaria. La revolución tecnológica les ha permitido disponer de canales de televisión que pueden ser seguidos a través de las millones de antenas parabólicas que vertebran culturalmente el Islam contemporáneo. Ante cualquier hecho que ocurra en la más remota parte del planeta, el islamismo tiene ahora la oportunidad de aportar una interpretación en clave ideológica en un tiempo brevísimo. Estas cadenas son además formidables plataformas para que pensadores islamistas de muy distintas naciones se dirijan al conjunto de la Umma, reforzando la idea de que existe una unidad de destino inevitablemente enfrentado a los intereses de Occidente. Una segunda coincidencia es la legitimidad del uso de la fuerza. Ante la ilegitimidad de la gran mayoría de los gobiernos de estados de mayoría musulmana, de hecho dictaduras que no tienen escrúpulos en alterar los procesos electorales para perpetuarse en el poder, y dada su dogmática creencia en que se sostienen en el poder por la voluntad de las potencias occidentales, no plantea duda que el uso de la fuerza es apropiado, legítimo y acorde con la correcta interpretación del Corán para acabar con ellos e imponer en su lugar gobiernos justos. El problema está en establecer cuándo es el momento apropiado.
Durante las últimas décadas del pasado siglo asistimos a una tensión entre dos opciones: ganarse las mentes para aislar a los gobiernos y que éstos acabaran cayendo cual fruta madura o, por el contrario, forzar por medios violentos el fin de esos gobiernos y, desde el poder, trasformar la sociedad. Entre ambos extremos caben posiciones intermedias.
Los Hermanos Musulmanes.
La primera de las opciones tiene entre otros protagonistas a los Hermanos Musulmanes
[1], uno de los movimientos culturales y políticos más interesantes, inteligentes y fructíferos del Islam radical contemporáneo, llamado a tener un papel relevante en los próximos años. Son fundamentalmente un movimiento cultural que trabaja en el largo plazo. Tratan de incardinarse en la sociedad y ganar su respeto mediante la asistencia sanitaria y la oferta educativa para los más jóvenes. Con continuidad y claridad en sus metas van difundiendo una renovada interpretación del Islam en clave radical. Sus miembros son respetados tanto por lo que hacen en beneficio de la comunidad como por su moralidad. El contraste entre la corrupción de las fuerzas gubernamentales y la mayor pulcritud en el uso de fondos ajenos de los miembros de la Hermandad ha jugado siempre en su beneficio, hasta el punto de ganarse el apoyo no ya de musulmanes moderados sino incluso de católicos. Los Hermanos no hacen de la conquista del poder, por medios pacíficos o violentos, su objetivo inmediato. Para ellos lo primero es ganarse la voluntad de la gente mediante la creación de una nueva cultura político-religiosa. Lo demás caerá por su propio peso. Su fuerza es enorme en países como Egipto, Jordania o en Palestina. En Siria sufrieron una criminal persecución que acabó con la vida de miles de ellos. A pesar de la dura represión que sufren en todos estos lugares, su estrategia continúa funcionando y el tiempo juega a su favor. Mientras al-Fatah, el régimen naserista y, en menor medida, la monarquía jordana no dejan de perder crédito entre la población, por la falta de desarrollo y la corrupción gubernamental, las versiones locales de la Hermandad continúan ganando terreno.
El terrorismo yihadista.
La segunda de las opciones ha vivido una interesante trasformación desde la recuperación de la independencia hasta nuestros días. El éxito de la corriente nacionalista en los años cincuenta y sesenta, asumiendo el control político y aportando un programa de desarrollo social y económico, llevó a que el mito nacional arraigara allí donde no siempre había sido una realidad. Para los islamistas el concepto de estado-nación es una expresión histórica de Occidente trasplantada al Islam a través del colonialismo y la influencia occidental. En sí es visto como otro elemento extraño y dañino, contrario a la correcta interpretación del Corán y a la tradición. Como señalé anteriormente, no distinguen entre el ámbito religioso y el político y sólo conciben un orden político desde la legitimidad y el rigor religioso. No hay, en su perspectiva, otra forma que el Califato, donde se confunden el poder religioso y el político en la persona del Califa, que ejerce su plena influencia sobre el conjunto de la
Umma. Aún así comprendieron que era imposible tratar de animar una campaña violenta contra los gobiernos no islamistas de forma conjunta. El realismo imponía ir caso a caso, país a país. Los
yihadistas, aquellos que defendían la violencia como un modo de depuración interior capaz de desestabilizar regímenes “corruptos” y dar paso a emiratos islamistas, carecieron en todo momento de capacidad para llevar a cabo sus objetivos. Los nuevos estados tenían los medios suficientes para poder someterlos. Los servicios de inteligencia y la policía pudieron desarticular sus organizaciones. Cometieron atentados importantes, como el que costó la vida a Anuar Sadat, Presidente de Egipto, pero al final los que sobrevivieron acabaron pasando buena parte de sus vidas en las cárceles. A la altura de 1990 el
yihadismo había fracasado, como concluyó Gilles Keppel su célebre estudio sobre el islamismo
[2].
Pero las circunstancias cambiaron y el movimiento que parecía agotado revivió. La campaña guerrillera contra la invasión rusa de Afganistán polarizó a grupos distintos que compartían su opción por el uso de la violencia para detener la intromisión de otras culturas sobre el Islam, así como una interpretación rigorista
[3]. De aquellos encuentros surgiría
al-Qaeda[4], una versión renovada de la estrategia
yihadista. Fundada por un jordano que procedía de los Hermanos Musulmanes, Azzam, acabaría siendo liderada tras su muerte por un rico saudí de origen yemení y formación wahabita, Osama ben Laden, con el valioso apoyo intelectual de un cirujano egipcio, de distinguida familia académica y antigua militancia en la
Yihad Islámica egipcia, al Zawahiri. Esta confluencia de escuelas en un contexto tan singular como la campaña militar afgana acabaría dando forma a una nueva estrategia. Juntos habían derrotado a Rusia. Juntos podían derrotar a Occidente. La
Yihad era posible si era global y si apuntaba primero contra el enemigo exterior. Un enfrentamiento contra Estados Unidos elevaría el prestigio de
al Qaeda y movilizaría a las masas en su favor, llevándose por delante a los regímenes corruptos abiertos a la colaboración con Occidente. Atentados contra embajadas norteamericanas en África y un ataque contra un buque militar norteamericano en el Golfo Pérsico precedieron al gran atentado de 11 de septiembre, al que seguirían los atentados de Madrid y Londres y otros muchos intentos fallidos.
Al Qaeda acaparó una enorme atención mediática y académica, forzó la revisión de las estrategias de naciones y de organismos internacionales –como la OTAN y la Unión Europea- y provocó una guerra en Afganistán.
Desde entonces hasta hoy no ha cesado en su intento de lograr sus objetivos, acaparando éxitos de imagen y sucesivos fracasos operativos. Con la invasión de Afganistán al Qaeda perdió su centro de mando y control así como la capacidad para que sus principales dirigentes mantuvieran una relación fluida con mandos secundarios y regionales. El efecto fue algo más que una merma de capacidad operativa: forzó un cambio en su propia naturaleza. Siguiendo el modelo diseñado por uno de sus dirigentes, el hispano-sirio Setmarian, al-Qaeda pasó a convertirse en una vaga red de organizaciones dirigidas con plena autonomía por jefes locales pero compartiendo ideología y estrategia. Muchos de esos jefes ni siquiera habían tenido nada que ver previamente con ben Laden y sus colaboradores. La descentralización forzada llevó a que los nuevos mandos regionales reagruparan organizaciones preexistentes formando virreinatos regionales, como los correspondientes al Magreb o a Meopotamia. En éste último caso un jordano, al-Zarqawi, fundó una organización que con posterioridad fue reconocida por ben Laden como parte de al Qaeda, asumiendo el peso de la lucha violenta contra el régimen democrático iraquí y contra las fuerzas militares extranjeras. Dentro de este proceso de descentralización resultan especialmente significativos los casos de células de generación espontánea. Grupos de jóvenes radicalizados, o en proceso de radicalización, entran en contacto con páginas yihadistas en Internet y acaban estableciendo una célula, fabricando armamento casero y tratando de inmolarse en el acto de cometer un atentado terrorista. El fenómeno que se ha dado tanto en Canadá como en Europa y que nos muestra la importancia que el yihadismo concede a Internet como medio de comunicación y método de organización y ejecución. El grado de control del día a día de la organización por parte de ben Laden y de sus más próximos seguidores se ha reducido drásticamente. En realidad ni siquiera es ya propiamente una organización. A menudo leemos en publicaciones de distinto tipo el término “franquicia” para hacer referencia a su nueva naturaleza. Sin embargo, la experiencia reciente apunta a que ni siquiera se llega a ese nivel de cohesión. Las empresas que optan por este modelo de crecimiento retienen una parte importante de las claves del negocio, entre las que se encuentra el reconocimiento de la marca. No está claro que al Qaeda sea capaz de ir más allá de esto último.
Como resultado de estos cambios
al Qaeda ha conseguido mantenerse en los medios de comunicación y en el debate político como un actor de referencia. Sin embargo, si analizamos uno a uno sus actos y los resultados conseguidos la balanza se inclina en su contra. Los ataques contra barcos, embajadas o edificios norteamericanos sólo lograron movilizar a la sociedad y a la clase política en su contra, que Estados Unidos interviniera militar en Afganistán y que quebrara el sistema de mando y control de la organización. En Iraq han puesto en serio peligro la instauración de un régimen político representativo, para a la postre lograr que los propios árabes sunitas, sus aliados, se levantaran en su contra y trataran, con gran éxito, de aniquilarlos. La “insurgencia” sunita ha pasado de combatir a las fuerzas norteamericanas a unirse a ellas. Cuando se escriben estas líneas casi 100.000 hombres forman la milicia sunita que combate a
al Qaeda de forma coordinada y con apoyo económico norteamericano. Como en su día pronosticó al Zawairi en célebre carta al hoy difunto al Zarqawi
[5], acciones terroristas indiscriminadas podían acabar alejando a la calle árabe del yihadismo. Hoy la reacción iraquí contra la injerencia de
al Qaeda en los asuntos internos de los iraquíes se ha convertido, paradójicamente, en la clave del proceso político de pacificación y estabilización. Sus atentados en Jordania, un país donde la influencia del islamismo es fuerte, llevaron a que la población se manifestara en su contra por las calles. En Argelia, el país magrebí donde su arraigo ha sido importante, sus atentados han causado miles de muertos pero sin con ello lograr que el Ejército se debilitara. En el resto de la región sus atentados han sido seguidos por exitosas acciones policiales. Más aún, la nueva amenaza ha llevado a una colaboración entre los servicios de inteligencia sin precedentes, permitiendo a la CIA cumplir un papel vertebrador que hace unos años no habría soñado. Los ejemplos son muchos y siempre apuntan en la misma dirección: la publicidad no implica operatividad,
al Qaeda no está logrando derribar gobiernos, como tampoco lo consiguieron las organizaciones
yihadistas que le precedieron.
Se ha escrito mucho sobre el efecto que las acciones de al Qaeda han tenido en la sociedad musulmana y, muy especialmente, en la árabe. Es innegable que ben Laden se ha convertido en un personaje popular y admirado por muchos. No deja de ser una válvula de escape de la frustración contenida: por fin un árabe es capaz de humillar a Occidente. Se ha apuntado a que la guerra de Iraq ha movilizado a muchos jóvenes a favor de al Qaeda, aumentándose así el monto global de islamistas. Tal afirmación no ha podido ser demostrada. Sin embargo, lo que sí se puede confirmar es el efecto que sus acciones han tenido entre el yihadismo preexistente. Aquellos que habían militado en organizaciones radicales de ámbito nacional y que se encontraban derrotados y convencidos del error de su estrategia despertaron de su postración para abrazar con entusiasmo la nueva estrategia global. Creyeron encontrar el porqué de su fracaso y la alternativa a seguir. La clave estaba en el enfoque global y en centrar el ataque en contra de Occidente. Jóvenes de su entorno, que podían haber permanecido inactivos pero radicalizados se pusieron en dirección a Iraq. Fenómeno que también hemos podido constatar en Europa. Pero su renovada fe no logró movilizar a la calle árabe, o de otras regiones donde el Islam está presente, en su favor, conditio sine qua non para lograr sus fines. En este sentido el ejemplo más reciente han sido las elecciones parlamentarias en Pakistán, hito del nuevo intento de transitar de una dictadura militar a una democracia en este país. El presidente Musharraf, autor tanto del golpe de estado contra su predecesor Sharif como del más reciente contra la cúpula del Tribunal Supremo, ha sido un importante aliado de Estados Unido y Europa en la guerra contra el islamismo yihadista. Cabía esperar que el rechazo a su persona y a su política engrosara la bolsa de votantes en favor de partidos de corte islamista. Sin embargo, no ha sido así. La moderación ha prevalecido.
Irán o el estado yihadista.
Las tácticas culturales y violentas confluyen en la estrategia iraní. Los ayatolás lograron expulsar al Sha ganando la batalla de la cultura política. Desde el poder, con los medios propios de un estado, han venido desarrollando una ambiciosa estrategia que responde a la voluntad de reivindicar el papel del chiísmo dentro del movimiento islamista y que abarca ámbitos muy distintos.
· Han creado organizaciones en otros países, como es el caso de Hizbollah en Líbano, o han apoyado organizaciones ya existentes, como Hamás o las formaciones chiítas en Iraq, con el fin de avanzar en la agenda islamista al tiempo que refuerzan la posición del chiísmo dentro del Islam.
· Pueden trabajar tanto con organizaciones chiítas como sunitas frente a un enemigo común. Integran en su actividad tanto elementos culturales como el ejercicio del terrorismo.
· A diferencia de al-Qaeda, creen en el espacio estatal como marco natural de acción y hacen de la conquista del poder su primer objetivo.
· No se conforman con dotar a sus aliados o satélites con capacidades terroristas. Van más allá, ayudándoles a trasformar pequeñas milicias en auténticos ejércitos.
· Se han dotado de un importante arsenal de misiles con capacidad de golpear a Arabia saudí, Israel o Europa Oriental.
· Están desarrollando un programa nuclear para uso militar.
Con Irán el islamismo deja de ser sólo un movimiento cultural o una ONG violenta para tomar forma de estado. Las estrategias asimétricas convergen con otras más convencionales. Nos encontramos, por lo tanto, ante un conflicto entre estados. Irán es una amenaza porque ha reconocido su voluntad de hacer desaparecer del mapa a Israel, porque ha violado tratados internacionales, porque está desarrollando un programa nuclear para uso militar, porque continúa interviniendo a favor de la inestabilidad de Iraq o del Líbano y porque apoya activamente a organizaciones terroristas.
Del reconocimiento del problema a la adopción de estrategias comunes.
Los servicios de inteligencia occidentales así como los centros académicos de referencia venían desde hacía años advirtiendo de la gravedad del problema que para la seguridad común tenían tanto el movimiento islamista en general como su variante yihadista. Los grandes atentados terroristas cometidos en estos últimos años hicieron que la clase política y la población en su conjunto asumieran la realidad del problema, pero eso no llevó a una valoración compartida. Las tensiones entre Estados Unidos y parte de los gobiernos europeos a propósito de la Guerra de Iraq generaron una fuerte desconfianza. La nueva estrategia norteamericana sobre la “Guerra contra el Terror” creó en muchos europeos la sensación de que el combate contra el yihadismo podía llevar, de aceptarse el liderazgo norteamericano, a una guerra generalizada contra distintos estados musulmanes. Un escenario inadmisible. Para muchos al Qaeda representaba sólo un problema policial. Había que mejorar la coordinación internacional de servicios de inteligencia y fuerzas de seguridad, pero nada más. No debía confundirse una guerra con un conflicto, una cuestión militar con otra de naturaleza policial. En este contexto se redactó el primer concepto estratégico de la Unión Europea, un histórico paso adelante que ponía en evidencia, una vez más, la inconsistencia de la Unión como actor internacional. El texto no abordaba en profundidad ninguno de los temas troncales y, sobre todo, contrastaba con los documentos de estrategia de Francia y el Reino Unido, las dos únicas naciones europeas con una política exterior relevante. Era otro ejercicio de “mínimo común denominador” abocado a no ir más allá del archivo.
Con el paso del tiempo, a la vista de los problemas que Estados Unidos estaba encontrando en Iraq y de su moderada posición en la crisis nuclear iraní, las relaciones comenzaron a mejorar al mismo tiempo que los europeos, tras desagradables experiencias vividas en su propio suelo, reevaluaban el problema islamista. Ya no sólo fijaban su atención en la dimensión yihadista, sino en el conjunto de los problemas que el movimiento radical planteaba, tanto en la escena internacional como en el territorio europeo.
Para continuar leyendo este texto, consultad el pdf.
[1] TERNISIEN, Xavier
Los Hermanos Musulmanes. Ediciones Bellaterra. Barcelona, 2007. 202 págs.
[2] KEPPEL, Gilles
La Yihah. Expansión y declive del islamismo. Ediciones Península. Barcelona, 2001. págs. 575 y ss.
[3] Para la evolución de las estrategias terroristas hasta el conflicto de Iraq ver la excelente obra de GERGES, Fawaz A.
Journey of the Jihadist. Incide Muslim Militancy. Harcourt, Inc. Orlando, 2006. 312 págs.
[4] GUNARATNA, Rohan,
Al Qaeda. Viaje al interior del terrorismo islamista. Servidoc. Barcelona, 2003. 383 págs.
[5] Carta de al-Zawahiri a al-Zarqawi 9 de Julio de 2005.