Andalucía y la vieja política

por Rafael L. Bardají, 28 de noviembre de 2018

Es la desesperación de comprobar que su discurso ya no es ni creíble ni atractivo lo que lleva a decir a Javier Maroto, por citar un ejemplo, que Vox, presuntamente, recibe financiación de los independentistas valones que aplauden a Puigdemont. Afirmación no sólo falsa e insidiosa, sino que le rebotará cual boomerang. Por claras razones: para empezar, que se sepa, el PP del que viene sido dirigente activo desde hace años, ha sido el único partido condenado por corrupción; en segundo lugar, él mismo fue condenado en 2016 por un mal uso de fondos públicos (aunque posteriormente absuelto, hay que decirlo todo); pero más importante aún, sin la acusación particular de Vox, Puigdemont estaría ahora de paseo por las Ramblas, junto con Junqueras y el resto de encausados, dado que el PP del que él era vicesecretario, andaba buscando un pacto pasar dar carpetazo al problema catalán.

Pero hay más razones que descalifican a líderes como Maroto: su estrategia del miedo y su forma de  arrojar heces por doquier a los votantes de Vox se las trae al pairo. Ya estamos hechos a todo tipos de insultos y uno más, poco importa y añade. Sólo descalifica más a quien los pronuncia. En su ceguera habitual, Maroto no se da cuenta de que lo que en realidad está consiguiendo no es sembrar dudas sobre Vox, sino sembrar más dudas sobre las actitudes y capacidades del PP y su cacareado “nuevo” liderazgo.  Mucha gente esperaba que aunque las caras siguieran siendo muchas de las mismas, no en vano los actuales dirigentes fueron parte integral del equipo de Rajoy, con Maroto a la cabeza, al menos los gestos y las actitudes serían otras. Pero no, el nuevo equipo cae en la vieja forma de hacer política, la política de la descalificación, los bulos y las sombras de dudas. Pero, como decía, ya estamos curados de espanto.

Las críticas del nuevo viejo PP son huecas y sus intentos de apropiarse de parte de la agenda de Vox, de Gibraltar a la inmigración, resultan verdaderamente patéticos. Muchos se preguntan por qué ahora y no cuando podían haber hecho algo al respecto, que oportunidades a los cachorros de Mariano Rajoy no les faltaron. Ahora prometen lo que no van a hacer y dicen lo que no creen. Para muchos españoles (andaluces incluidos) el nuevo PP se asemeja a los vendedores árabes de los bazares, que nunca dicen lo que piensan y nunca hacen lo que dicen. En el viejo PP de Rajoy se hacía lo que se pensaba, esto es, nada. Y el nuevo liderato, por muy hiperactivo que se quiera, incluso hasta el punto de preferir eclipsar al candidato a la Junta, habla demasiado sin saberse muy bien en qué piensa.

El fantasma por el que se sienten perseguidos los partidos tradicionales, especialmente el PP, ya lo he definido aquí con anterioridad, es el del hartazgo de la gente normal, a la que el establishment político recurre con mieles y ensoñaciones de todo tipo para conseguir su voto, y a la que se olvida o, peor aún, castiga acto seguido. Impuestos, criminalidad, discriminación negativa frente a inmigrantes ilegales, indefensión legal, ensalzamientos de las minorías y castigo de la normalidad… en fin, todo eso con lo que cualquier español de bien se tiene que enfrentar en su día a día y de lo que están a salvo unos cuantos privilegiados y los políticos profesionales que tenemos. Y tenemos muchos. De hecho, somos el país con más políticos per capita de todo el mundo. Que ya es decir.

Hay una forma de entender la política a base de gestos y teatralidades, todo forma y nada de sustancia. La del actual presidente Sánchez y su PSOE; hay otra forma a base de palabrería, promesas que no se piensan cumplir, que parece ser el camino por el que ha optado el nuevo PP. Un incesante bla bla bla del que, según refleja la prensa, incluso discrepa buena parte de sus cuadros; y hay otra forma, la del sentido común que tan bien le ha ido siempre al pueblo español, que ve molinos de viento y no gigantes, que sabe que sin Isabel la Católica y tantos otros, incluido Francisco Franco, no seríamos los que hoy somos, que no se sienten acomplejados de decirse y quererse como españoles, y que aspiran a vivir mejor, sin ser engañados y explotados por un sistema actualmente corrompido e injusto. El señor Maroto llama populistas a Vox porque aspiramos a acabar con las autonomías y dice que es imposible porque habría que realizar un referéndum constitucional y que Podemos aprovecharía para discutir la forma de Estado. El problema de Podemos y un referéndum sobre la monarquía es que lo perderían; el problema  del PP es que si Vox convocara un referéndum sobre las autonomías, lo ganaría. Mientras no se quieran dar cuentas, seguirán insultando. Pero cada vez tendrán menos tiempo para hacerlo.