Annanismo

por Rafael L. Bardají, 29 de diciembre de 2006

(Publicado en ABC, 29 de diciembre de 2006)

Dícese de la profunda hipocresía y de la moral interrupta.  Y es que Kofi Annan es un buen ejemplar de ambas cosas. El secretario general de Naciones Unidas mejor vestido y más acostumbrado a las celebraciones sociales neoyorquinas, no contento con haber hecho toda su carrera en la ONU se ha forjado, con la ayuda del presidente español, un empleo como alto representante de la  Alianza de Civilizaciones. Que compense su retiro y en la ONU, por supuesto.
 
Como a esta iniciativa sólo contribuye financieramente España, es de suponer que su sueldo lo pagaremos los españoles. De momento, los pocos países que se han mostrado solidarios con la idea de nuestro presidente han hecho llegar sus expresiones de apoyo, pero ningún cheque.
 
Por eso hay que recordar las características básicas de este personaje que ha acabado incrustado en Naciones Unidas: Annan no ha desperdiciado ocasión en despertar los sentimientos de culpa de los opulentos ciudadanos occidentales, supuestamente causantes de cuanto mal se cierne sobre los pobres de la Tierra, eso sí, desde su lujoso púlpito de Manhattan. Annan no se privó de criticar especialmente a los Estados Unidos, pero se abstuvo de molestar a naciones como China o Rusia. Sus objeciones se acababan siempre en la desembocadura del río Hudson, jamás se le escucharon sobre el Comité Central chino o los ayatolas iraníes.
 
Annan se quiere demasiado. En su reciente discurso de despedida no se reprimió su antioccidentalismo de pacotilla, pero no mostró el más mínimo rubor por los tejemanejes de su hijo Kojo, las casas que subsidió para su familia cual funcionarios internacionales que no eran, o la enorme corrupción de sus colaboradores directos. Del programa con  Irak a la remodelación interna de la sede de Nueva York. Su moral nunca la aplica a los suyos.
 
El civilizado Annan no le compra una idea a Zapatero. Se está regalando a sí mismo continuar con su privilegiado altavoz y su lujo neoyorquino. Su apartamento, su coche, el chofer y quien le ría sus gracias.