Aron y Clausewitz; Clausewitz y Aron

por Óscar Elía Mañú, 13 de octubre de 2009

(Del libro “Sobre Clausewitz”, de Raymond Aron. Ediciones Nueva Visión. Buenos Aires, 2009)

Raymond Aron y Carl Clausewitz constituyen, sin ninguna duda, dos de las referencias más importantes en la reflexión estratégico-política de los siglos XIX y XX. El primero, con su monumental Paz y Guerra entre las naciones, publicada en 1962 y que aún constituye una referencia indiscutible para analistas y expertos en política exterior; el segundo, por el de sobra conocido, poco leído y menos entendido De la Guerra, escrita en vida y publicada en muerte por su viuda en 1832. Ambos quedarán irremediablemente unidos tras el exhaustivo estudio de Aron, Pensar la guerra, Clausewitz, sutilísima y profunda lectura, tanto del mundo clausewitziano como de la formación y alcance de su pensamiento y su repercusión en el siglo XX, el de la guerra total y el arma termonuclear.
 
Fruto del trabajo de investigación y del curso que Aron dedicó al prusiano a mediados de los setenta en el Collège de France, es el grupo de artículos y conferencias dadas por el francés, y que en 1987 -cuatro años después de su muerte- fue reunida en Sur Clausewitz (Editions Complexe) por algunos de sus discípulos, el más conocido de todos Pierre Hassner. Ahora la editorial bonaerense Nueva Visión publica por primera vez en español los textos aronianos sobre Clausewitz, siguiendo la larga tradición argentina de adelantarse a los españoles en la publicación de algunas imprescindibles obras sobre filosofía, sociología o política. Sur Clausewitz contiene algunas de las ideas que Aron desarrollará después en los dos tomos de Pensar la guerra.
 
Aron llegó tarde al descubrimiento del autor de Vom Kriege. En 1939, ya había sentado las bases de su filosofía histórica y aún antropológica con su Introducción a la filosofía de la historia (1938). En 1950 ya había dibujado una sólida teoría sobre la sociedad moderna y los regímenes políticos; y en los sesenta había visto la luz Paz y guerra entre las naciones, además de un buen número de artículos sobre política internacional. Buen conocedor del marxismo -probablemente el mejor de su época- Aron solía repetir que su carrera intelectual parecía haberle destinado a escribir una monumental obra sobre Marx, pero en lugar de eso escribió un exhaustivo tratado sobre un autor alemán, con fama de maldito y desconocido y odiado en Francia. ¿Cómo es posible?
 
Por una triple afinidad, asombrosa cuando se desconoce la vida y obra de ambos. Pero no es exagerado afirmar que el encuentro de Aron con Clausewitz es un encuentro anunciado. Primero intelectualmente; Aron es ante todo un filósofo, y las líneas maestras de sus análisis sociológicos o estratégicos se encuentran en sus primeras obras, las filosóficas. De no ser por la guerra de 1939 y el exilio, estaba llamado a formar parte de la elite filosófica francesa: a cambio dedicó su vida al análisis, a medio camino entre la filosofía y el periodismo. Sin ser un filósofo al uso, nunca dejó de serlo: los límites del conocimiento de los actores militares o políticos, la complejidad de lo real en el campo de batalla o en las cancillerías forman parte del aparato filosófico de preguerra presente en todos sus análisis.
 
Por su parte, Clausewitz nunca pretendió ser un filósofo; pero su obra tiene una vertiente filosófica indiscutible, y siempre buscó ir más allá del simple análisis histórico de las guerras de su tiempo. Suele ser recordado por historiadores militares como un intérprete de la estrategia napoleónica; lo fue, pero no fue sólo eso. Buscaba elaborar una teoría de la guerra que no fuese una doctrina: su obra es un vaivén constante entre el concepto puro de guerra -ideal, abstracto-, y el concepto real de guerra, sujeto a consideraciones geográficas, temporales, sociales, económicas y, sobre todo, políticas. En esa dialéctica es donde reside la posibilidad de la acción libre del comandante en el campo de batalla.
 
A tal fin, Clausewitz utiliza un método dialéctico, en el cual al concepto inicial se une posteriormente la prueba de lo real: así es como la guerra, acto puro de violencia destinado a quebrar la voluntad enemiga, pasa a convertirse en el instrumento de la política, que se pone en marcha en unas circunstancias determinadas; circunstancias que el propio Aron había abordado antes de su encuentro con Clausewitz, que encontrará en la obra del prusiano y que no abandonará hasta su muerte en 1983.
 
La segunda afinidad de ambos es la vital. Tras toda su vida en el ejército, Clausewitz abandonó Prusia en 1812, tras el desastre en Jena, la entrada triunfal de Napoleón en Berlín y la absorción del ejército prusiano. Él se unió a los rusos frente a la Grande Armée, lo que le valió graves acusaciones de sus excompañeros, y parte de ellos desconfiaran de él de por vida.  Por su parte, Aron abandonó Francia en junio de 1940 tras -ironías de la historia- la invasión alemana. En Londres, dentro de la comunidad de exiliados franceses, defendió la legitimidad de la segunda Francia, la que se había quedado atrapada y obligada a capitular en Vichy. A su vuelta, tras la liberación, juzgó con severidad la purga llevada a cabo al alimón entre los comunistas franceses y el gaullismo: como Clausewitz el siglo anterior, se fue labrando así la enemistad de buena parte del establishment político de su país.
 
Clausewitz no llegó a jugar el papel que le hubiese gustado en el ejército prusiano; vivió la derrota de 1806 ante Napoleón, y tras el ocaso de éste, pasó directamente a la Escuela de Guerra de Berlín: como militar soñó con los laureles de una gran batalla que nunca libró. Por su parte, Aron quiso enrolarse en 1940 en las unidades francesas libres, pero en vez de eso se dedicó a escribir para La France Libre. Después, la influencia de los análisis aronianos alcanzaba al Departamento de Estado, la Casa Blanca o al Quai d’Orsay, pero jamás fue un consejero del príncipe, un Kissinger francés que ni quiso ni pudo ser. Los dos, el soldado de Königsberg y el filósofo de París, se preguntarían siempre sobre su capacidad para la acción, política uno, militar el otro.
 
Ninguno de los dos tuvo una buena relación con el poder. Clausewitz, que formaba parte del grupo de militares reformadores prusianos -Scharnhorst, Gneisenau-, y que había abandonado su ejército, no llegó a tener nunca la confianza total del rey y sus nobles. Y la relación de Aron con Charles de Gaulle fue de más a menos, con reproches continuos del político francés que se extenderían después a gran parte de su partido. Y respecto a la intelligentzia parisina, las desavenencias con Sartre y la izquierda francesa ya en los cuarenta le valieron una persecución implacable que llegó al extremo en mayo de 1968, con una horda de pseudorevolucionarios buscando enloquecidos su despacho.
 
Políticamente, ambos fueron moderados. Ambos, a su manera y en dos universos distintos, buscaron la prudencia en el juicio político: Clausewitz, nacionalista moderado, conservador pero favorable a las reformas en el Estado prusiano, a medio camino entre el desorden revolucionario -que rechazaba con toda su alma- y la inmovilidad de la nobleza prusiana, que juzgaba incapaz de adecuarse a los nuevos tiempos. Aron, por su parte, siempre fue un reformista, un liberal acosado: en relación con la depuración de la postguerra, con el sistema universitario, con la independencia de Argelia, o con la Force de frappe, siempre tuvo posición propia, muy distinta desde luego a la de la izquierda parisina, siempre proclive a los excesos intelectuales y políticos.
 
Una cuarta afinidad parte del propio carácter minucioso de Aron: su búsqueda es incansable e interminable en los textos de los autores más influyentes, menos leídos y peor conocidos. Antes de enfrentarse a Clausewitz, Aron había diseccionado a sociólogos y filósofos: Weber, Marx, Maquiavelo, Simmel son sólo una muestra. Clausewitz -junto con Maquiavelo uno de los autores malditos de la historia-, no podía escapar a su escrutinio. Durante años, un francés se encargó de enseñar la filosofía de un alemán a los franceses, pero paradójicamente también a los alemanes. Sólo los viejos historiadores W.M. Schering y Hans Rothfelds escribieron sobre Clausewitz con el mismo rigor que Aron. Éste lo haría con entusiasmo; el propio de quien se descubre en parte en un pensador maltratado.
 
¿Cuáles son los temas principales de su filosofía que Aron encuentra con agrado en Clausewitz, y que le llevan a dedicarle años de estudio? Algunos de ellos están en esta pequeña recopilación de artículos.
 
En primer lugar, la reivindicación de la moral en la acción y el juicio estratégicos: no es que antes que Clausewitz nadie reconociera el papel del coraje, el miedo, el patriotismo en la guerra; Sun Tzu a Maquiavelo lo habían señalado. Pero en Vom Kriege, Las pasiones forman parte fundamental del análisis estratégico, al mismo nivel que su armamento o la disposición y maniobra de las tropas. La Revolución francesa había mostrado a Clausewitz el papel de las pasiones desatadas -propias del pueblo-, que serían grandes protagonistas de las guerras del siglo XX. Las guerras de gabinete, propias del Antiguo Régimen, estaban llamadas a desaparecer con su orden social. Pero la moral -en el doble sentido de ánimo de lucha y de principio para la acción-, se mantiene como variable estratégica fundamental, ya sea de forma aristocrática, revolucionaria o democrática, en la era de la espada y el caballo o en la de los predator y los comandos de operaciones especiales. 
 
En segundo lugar, ambos comparten la relación de la guerra con la política. Primero según la banal relación establecida por Lenin; una sociedad, una guerra; una sociedad capitalista, una guerra imperialista; una clase trabajadora, una guerra revolucionaria.  Pero también, y esto es más importante, según la relación medios-fines, que Aron había recogido de la filosofía weberiana: la guerra es el instrumento terrible de la política, el más terrible, pero instrumento al fin y al cabo. La guerra depende de la política, porque de ella recibe su sentido y porque ella la utiliza según su finalidad, finalidad que se transmite a lo militar. La guerra como instrumento adquiere en cualquier caso la naturaleza de la política de la que surge: una política total da lugar a una guerra total, como sabrán por experiencia los revolucionarios bolcheviques del siglo XX o los yihadistas del siglo XXI.
 
Para Clausewitz, “la política convierte la terrible espada en un estoque ligero y fácil de usar”. A condición, claro está, de que la política se mantenga dentro de unos límites tolerables, de un reconocimiento mutuo de los enemigos, lo que a propósito de la Unión Soviética y los Estados Unidos llamaba Aron hermanos enemigos. Por eso en tercer lugar, Aron y Clausewitz se mueven en una determinada concepción de la política, realista en el mejor sentido del término. Para Aron, Clausewitz pertenece a la tradición del equilibrio de poder entre los países europeos: siempre en guerra, pero no hasta el punto de declararse la gran guerra, hecho que no ocurrirá hasta 1939 -la de 1914 fue para Aron una sorpresa-. La creencia en la existencia de una comunidad de intereses entre los países europeos, la existencia -cultural, moral- de una República Europea que traía necesariamente la limitación de la guerra era algo que Clausewitz daba por supuesto, y que para Aron era la mejor de las condiciones para que la violencia no se tragara a las viejas naciones continentales.
 
En cualquier caso, el mérito de Raymond Aron consistió en rescatar para el pensamiento estratégico occidental, una figura que había quedado encajonada entre dos interpretaciones parciales: la que a su muerte le dieron por un lado sus compañeros en Alemania, con Moltke a la cabeza -primacía de la ofensiva, autonomía del militar entre la declaración de guerra y la firma de la paz-; y la interpretación que al otro lado del Telón de Acero habían hecho los estrategas soviéticos, siguiendo la interpretación leninista del prusiano: guerra revolucionaria, totalidad guerra-política, absolutización de la violencia. Aron rescatará para el pensamiento liberal la idea fundamental que subyace en la obra de Clausewitz; la guerra como instrumento no necesario de la política, y ésta como relación no siempre violenta entre Estados.

 

 
Óscar Elía es Analista del GEES en el Área de Pensamiento Político.