¿Cómo pinta el final de la Pax Americana?

por GEES, 20 de julio de 2016

Conocemos por Pax Americana el periodo de relativa paz – la tranquilidad del orden,  según San Agustín - y estabilidad gozado por el mundo, especialmente el occidental desde la II Guerra Mundial.

¿Por qué si en ese periodo hay batallas de la guerra fría tan terribles como la de Vietnam? Porque mirando el estado del mundo en casi cualquier periodo pasado cercano o lejano, la situación de paz y estabilidad, particularmente en el territorio de los estados occidentales, era incomparable en relación con cualquier momento precedente. En esta era de orden, los Estados Unidos y Europa, y los demás países que adoptaron el modelo occidental de demo-liberalismo político y capitalismo económico, incrementaron su riqueza como nunca antes, impidieron el derramamiento de sangre por la guerra en sus territorios, construyeron elefantiásicos estados del bienestar y atrajeron a muchos de los menesterosos de la tierra mediante el creciente fenómeno de la inmigración, que se produce desde los estados que no tienen el modelo occidental a aquellos que sí lo tienen.

Entonces, llegó Obama.

La vertiente exterior de su presidencia se basó en una nueva teoría: ya no existen, para Estados Unidos, lo que llama “enemigos existenciales”. Este equivalente geoestratégico al teológico de negar la existencia del diablo no podía traer más que problemas, y los ha traído.

El argumento era sencillo. Por un lado era inequívoco que Irán, Rusia y el terrorismo islamista podían hacer daño, pero no eran equiparables a las amenazas de la URSS o los Nazis en el pasado. Por otro, como afirmó su secretario de Estado Kerry cuando aún era el candidato Demócrata a la Casa Blanca, el terrorismo debía ser tratado como una molestia o nuisance

Ciertamente hubo excesos, como cuando, en 2014 mientras se formaba el ISIS, Obama tuvo la ocurrencia de calificarlo como “equipo de aficionados”, pero en lo sustancial la teoría pervivió.

Efectivamente no había comparación posible entre la Alemania Nazi con su Wehrmacht y las fuerzas del ISIS, aunque la voluntad deliberada de este grupo de forzar una guerra entre el Islam y Occidente dado el número de mahometanos en ciertos países de Europa, notoriamente Francia pueda hacer quebrar ese aserto; tampoco había equivalencia entre el Ejército Rojo y su arsenal nuclear y la Guardia Revolucionaria de Irán y el que Obama le ha dejado ir poseyendo; ni entre ninguno de aquellos poderes y la Rusia actual. Sin embargo, Obama erraba en que la gente, los civiles, mueren en nuestros países. Esta es una novedad que no conoció la Pax Americana. Se muere en París, en Niza, en Orlando o San Bernardino. Y se muere, incomparablemente más que durante la Pax Americana, también fuera de nuestros países: como en Turquía o como en Siria. Es decir, por de pronto la amenaza es existencial para las personas, si no lo es para las naciones.

Siendo la obligación esencial de los Estados que nacieron de aquellas tragedias del XX garantizar la seguridad de sus ciudadanos, no lo están logrando. Pero además, las amenazas que ayer, acaso, no eran existenciales geoestratégicamente, se convierten en tales a aproximadamente el mismo ritmo en que el “equipo de aficionados del ISIS” que Obama minimizó en 2014 se ha transformado en el Califato actual.

La respuesta a las amenazas “no existenciales”, de Obama, y de la mayor parte de Occidente ha sido doble. Por un lado, incrementar los mecanismos de seguridad internos. Sobre la base de las medidas de la Patriot Act de Bush, llamadas por ejemplo en Francia para la ocasión, état d’urgence, se procede al equivalente de la revocación del famoso muro de separación entre CIA y FBI que fue en parte causa del error de seguridad del 11 de septiembre. Se incrementan también el poder de las fuerzas de inteligencia y su contacto con las policiales.

Por otra parte, hacia el exterior, se toman decisiones diplomáticas e incluso bélicas de respuesta a estos desafíos, con el objetivo de contenerlos y controlarlos, aunque no de derrotarlos. Así, la coalición anti- ISIS que ocasionalmente bombardea militantes islamistas, o las fuerzas especiales americanas, francesas o inglesas que pululan por Oriente Medio, o el propio acuerdo nuclear con Irán o los pactos de alto el fuego vulnerados por Rusia tras su invasión de Crimea y constante hostigamiento a Ucrania.

Y sin embargo, ni una cosa ni otra bastan para impedir los atentados. Al tiempo, progresan los populismos internos y la desestabilización internacional producto de la ausencia calculada de los Estados Unidos.

La situación es pues preocupante. No ya porque la amenaza, sea ciertamente existencial hoy para ochenta y cuatro franceses, todos civiles, niños incluidos, sino porque quiebra el modelo de la Pax Americana. Y lo hace interna y externamente a Occidente. Véase el avance lepenita francés, azuzado por la reiteración de atentados. Véase la creciente animadversión iraní, rusa o china. Es decir, la frontera entre lo existencial y lo que no lo es se difumina peligrosamente. Porque sea o no existencial el peligro, según Obama, no deja de ser verdaderamente grave.

Y sobre todas las catástrofes existenciales o cuasi-existenciales que nos acechan, porque en esta noche de Occidente todos los gatos son pardos, destaca una. La que en otoño del año pasado el General Petraeus calificó como un Chernóbil geopolítico: Siria.

En poco más de 4 años de guerra ha causado, según las fuentes 400.000, 470.000 o 500.000 muertes, además de 4 o 5 millones de refugiados. Es curioso lo nada que se ha reparado en el hecho de que la guerra de Bush en Irak, iniciada hace trece años, y contando los muertos que no ha prevenido Obama, cuenta 251.000. Pero en un país estabilizado, en guerra contra el ISIS.

La “no” guerra de Obama, en cambio, ha causado el doble de muertes en un tercio del tiempo.

En cuanto a la crisis de refugiados, que es la mayor desde la II Guerra Mundial y que es espantosa en el Líbano, Jordania o Turquía, nos tiene menos entretenidos que la recepción con cuentagotas, y a pesar de ello sin la suficiente discriminación entre refugiado y terrorista como demuestran los atentados de París, que hacemos en Europa.

Para Petraeus, la guerra de Siria:

“escupirá inestabilidad y extremismo sobre la zona y el resto del mundo (…) Como si fuera un desastre nuclear, las consecuencias del destrozo de Siria amenazan con acompañarnos durante décadas y cuanto más se tolere su continuidad, más severo será el daño”.

Ante tal profecía – confirmada recientemente por la carta de protesta a la política de Obama firmada por 51 funcionarios del departamento de Estado americano, que no es precisamente el hábitat neocon – la enésima reiteración de que se trata de amenazas no existenciales, sólo logrará exasperar a quien la oiga.

Porque la principal amenaza existencial es la evaporación de la Pax Americana. Esta tiene un responsable. Obama. Quiera Dios que el tiempo que tarde alguien en sustituir su acumulación de banalidades buenistas, ensartadas en interminables discursos pueriles, destinados a alimentar frívolamente el espectáculo, por una disuasión creíble sea menor que el que nos haga dejar de existir, individual o colectivamente.