De las guerras

por Rafael L. Bardají, 11 de agosto de 2017

Publicado en La Gaceta, 10 de agosto 2017
 
Dirigentes políticos, altos mandos militares y responsables de organizaciones humanitarias, todos se han puesto a celebrar como locos la expulsión del Estado Islámico de Mosul, esa segunda ciudad de Iraq donde hace tres años el entonces líder del grupo armado islamista declaró solemnemente la instauración del nuevo Califato.
 
Y, en cierta medida, no es para menos. Junto a los rumores de que su líder espiritual habría sido abatido por un bombardero ruso el pasado mes de mayo, la caída de Mosul representa un fuerte golpe tanto al operativo militar del Estado Islámico, como a su ideario. Su territorio se encoge a marchas forzadas, su capacidad de reemplazar a sus muertos es progresivamente menor y su financiación no deja de resentirse.
 
Con todo, las celebraciones deberían disfrutarse con cierta perspectiva y en su justa medida. Por varias y serias razones: La primera, la campaña para acabar con el control del E.I. sobre Mosul no ha sido un paseo de rosas, todo lo contrario. El asalto al bastión Islámico se anunció hace justo un año y, de hecho, ha exigido más de 7 meses de intensos combate calle a calle, casa a casa. No es fácil contar con datos fiables habida cuenta de la guerra psicológica que libran los dos bandos, pero es razonable asumir que en Mosul había unos 6 mil miembros armados del Estado Islámico que han combatido con uñas y dientes contra 100 mil soldados de la coalición, básicamente iraquíes y con algunos miles de guerrilleros entrenados, armados y dirigidos por elementos de la Guardia Revolucionaria Iraní. Si esto nos enseña algo sobre las batallas a venir, quiere decir que la fuerza para expulsar a grupos terroristas de zonas urbanas tiene que ser muy superior en número y contar con una gran libertad para causar daños y destrucción, incluidas, lamentablemente, bajas de civiles no combatientes. De hecho, el nivel de destrucción física en importantes barrios de la ciudad, sobre todo en la zona vieja y El Centro, se asemeja mucho a de Stalingrado o Dresden en la Segunda Guerra Mundial.
 
¿Lo que hemos visto en Mosul nos sirve de precedente para otros combates? Tenemos una experiencia anterior que hace llevarnos a pensar que sí, la liberación por el ejército iraquí de la ciudad de Fallujah en junio de 2016. También miles de soldados contra unos pocos centenares de militantes del Estado Islámico. El nivel de destrucción fue terriblemente alto y la ciudad hoy, un año después, sigue sufriendo de innumerables carencias en servicios básicos, desde abastecimiento de comida, a electricidad y agua o escuelas y hospitales. De hecho, las tropas gubernamentales mantienen un cordón sanitario y controles en torno a la ciudad por miedo a elementos durmientes del E.I. Que pudieran operar desde Fallujah contra objetivos en la capital Bagdad.
 
Si, como suele afirmarse, el crecimiento del Estado Islámico se debió a la frustración de grandes capas de la minoría sunní iraquí y a las penurias a las que les sometía la política discriminatoria del gobierno central, controlado por la mayoría chií, las posibilidades de erradicar por completo el rencor, la frustración y el deseo de venganza, parecen escasas. Por lo visto en Fallujah, sería imprescindible, además de una política de reconciliación generosa, una inversión urgente en infraestructuras de más de 50 mil millones. Algo que Bagdad no parece ni querer ni poder encima de la mesa.
 
La segunda gran razón para moderar el entusiasmo por la toma de Mosul deriva de las propias estadísticas: según el mando americano de la coalición, en Mosul habrían muerto unos 2.500 guerrilleros del E.I. Esto es, que entre 3.500 y 4 mil habrían sido capaces de replegarse a otras zonas, bien en Siria o rurales de Irak. Cierto, nada sabemos de su capacidad para aprovisionarse de munición y explosivos, pero son cifras nada desdeñables si tenemos en cuenta el pasado del grupo, cuando actuaba como una organización terrorista sin control de territorio alguno. Con Mosul, el Estado Islámico ha perdido su presencia urbana en Irak(aunque no del todo todavía, ya que hay algunos pueblos en su poder), pero no ha perdido ni su presencia ni su capacidad de atentar. de hecho, hemos visto en estas últimas semanas una relativa intensificación de ataques suicidas en Bagdad.
 
Con todo, es razonable pensar que lo que ha sucedido con Mosul se repetirá en todas las ciudades bajo control del E.I incluida su capital en Siria, Raqqa. Es cuestión de tiempo y de guerra sucia. El problema es determinar si el Estado Islámico, que ha sido capaz de reinventarse una y otra vez desde sus orígenes como Al Qaeda en Irak bajo Al Zarqawi, podrá llevar a cabo otra nueva mutación y hacia qué forma. Hoy por hoy, la mayoría de expertos creen que sus líderes volverán a adoptar tácticas puramente terroristas, con atentados de alta y baja intensidad en Oriente Medio y en el resto del mundo. Pero el escenario de una fusión con Al Qaeda, organización que lejos de desaparecer ha estado reorganizándose estos años, también es contemplado por otros.
 
En cualquier caso, y esta es una tercera llamada a la prudencia, incluso la derrota militar sobre el terreno del Estado Islámico puede hacernos pensar que el jihadismo como ideología también está derrotado. Al contrario. La desaparición del Califato tras la I Guerra Mundial, tardó 8 décadas en ser reivindicado por Osama Bin Laden en su primera alocución pública tras los ataques del 11-S, porque entremedias los países árabes se dieron a experimentar con el socialismo y el nacionalismo. Hoy, entre las monarquías tradicionalistas y el jihadismo no queda nada con lo que experimentar, dado que la instauración de la democracia no se ve viable. Por eso, la desaparición del Califato instaurado por el EI no va a servir de factor de desmovilización, sino, más que probablemente, de motor de radicalización de muchos musulmanes que se van a ver desposeídos una vez más de su capacidad de autogobernarse de acuerdo a la ley islámica.
 
Tras el Califato, habrá que derrotar a sus cachorros, la generación Califa que se ha formado entre nosotros, especialmente, y que está expuesta al atractivo de los guerreros que vuelven del campo de batalla. El número de sospechosos de jihadismo en Europa es tal que a los cuerpos de seguridad y de inteligencia les resulta prácticamente imposible controlarlos no ya a todos, sino a una ínfima parte. Ahí está el hecho de que los últimos atentados hayan sido cometidos por musulmanes conocidos por la policía como islamistas.
 
Y queda una cuarta razón para enfriar el entusiasmo, así como a la II Guerra Mundial le sucedió la Guerra Fría, la victoria sobre el Estado Islámico será obra de una coalición dispar de elementos, países y grupos armados. Queda por ver quién va a ejercer el control sobre el territorio recobrado, sobre todo en Siria, donde kurdos independentistas combaten con Turcos anti-kurdos; islamistas moderados contra Al Qaeda e E.I.; rusos contra todo el que se oponga a Basher el Assad; el Assad con los iraníes contra toda la oposición; e iraníes avanzando su presencia en el Levante. La presencia de la CIA y unidades de operaciones especiales no bastarán para hacer valer su control sobre las zonas que se liberen, ni para mediar entre contendientes del mismo bando. Sólo quienes tengan una presencia significativa sobre el terreno serán capaces de imponer su orden. Y de momento, el gran ganador es Teherán.
 
La eliminación del control territorial del Estado Islámico no va a traer la Paz y la estabilidad en la zona. y esa es otra graban lección estratégica para todas las democracias que tienen contingentes desplegados en la región (sean de adiestramiento, como España, o de combate): Sin una visión estratégica se pueden ganar todas las batallas y acabar perdiendo la guerra porque le orden resultante sea tan malo o peor que lo que había. España está en Irak porque algo había que hacer en términos de solidaridad con nuestros aliados, pero para las naciones que de verdad cuentan y que tienen capacidad de dar forma al conflicto, definir sus objetivos es ya una tarea inexcusable. Por esta y por las guerras que vendrán.