El alma de España

por Rafael L. Bardají, 10 de agosto de 2018

Para todo creyente, la muerte ocurre cuando el alma de separa del cuerpo y éste comienza su descomposición. Pues bien, a las naciones les ocurre lo mismo: cuando pierden su alma, su esencia, arranca la descomposición de todos sus elementos visibles y tangibles. Es lo que está sucediendo con España. Cuando “ancestral” se ha convertido es un descalificativo, poco margen puede quedar para la vida nacional, esto es, para compartir un proyecto único, basado en las vivencias del pasado pero orientado a los retos del futuro.

 

Yo no se cuándo nuestra querida España empezó a ser más difunta que viva, pero lo que si se es que el llamado “régimen del 78” trajo la libertad tras años de dictadura y dictablanda del Gral. Franco pero la trajo de la mano de una democracia suigeneris y, finalmente, suicida. España nunca ha visto a sus enemigos externos, pero tampoco ha sabido ver a sus enemigos internos que, al fin y al cabo, son quienes nos han llevado al estado de zombificación en el que vivimos y quienes están dispuestos a enterrarnos. No creo necesario tener que nombrarlos a todos, desde separatistas a revolucionarios de izquierda y antisitema.

 

Ahora bien, como decía Edmon Burke, “para que el mal triunfe basta conque los hombres de bien no hagan nada”. Y el problema esencial de España es que sus hombres y mujeres de bien o no hacen nada o, aún peor, están confusos sobre lo que está sucediendo y lo de se debería hacer. Me explico: a estas alturas tendría que estar ya claro que dos de los cánceres que nos han llevado a donde estamos son tanto la partitocracia que se ha metastizado en todas las instituciones de la vida pública y de buena parte de la privada, y las autonomías, agujero negro financiero, multiplicadoras de las corrupción y disolventes de la causa común nacional. Y sin embargo, apenas nadie se propone acabar con estos males, al contrario, se les defiende como si fueran la esencia de nuestro ser y no lo que en realidad son, una enfermera mortal de necesidad.

 

Y eso es posible porque el “régimen del 78” y la clase de democracia que trajo estableció que la modernidad de España consistía en repudiar todo lo anterior, no sólo la etapa de Franco, sino prácticamente la Historia que nos ha hecho como nación y pueblo. Es más, el gran error de los constitucionalistas del 78 fue olvidarse de que España era un ser vivo que residía no sólo en sus instituciones y Carta Magna, sino en el pueblo español, auténtico depositario de sus hábitos, normas y tradiciones. De ahí que frente al separatismo no se le oponga el nacionalismo español, sino esa cosa denominada “patriotismo constitucional”, que sólo ve a España desde el prisma del articulado de nuestra ley fundamental. Pero como es obvio, España precede , y con mucho, a la constitución del 78, a Franco, a la “pepa”... Podríamos llegar, al menos, hasta Covadonga y Don Pelayo.

 

El liberalismo, con su individualismo, su materialismo y su relativismo, ha sembrado de dudas lo que es ser español. De manera involuntaria, si se quiere, pero no por eso menos letal. Y, aún peor, es incapaz de plantear soluciones para España en el estado de emergencia en que nos encontramos. Difícilmente se puede compatibilizar afirmar un día que no puede haber papeles para todos y correr al día siguiente a estrechar la mano de quienes han entrado en nuestro suelo violando nuestras fronteras. La defensa de España no puede ceder al buenismo, el miedo a las críticas y ni siquiera a los sentimientos humanos.

 

En la España del 78 se ha consentido, cuando no impulsado, el desorden moral. Y no me refiero simplemente a muchas costumbres que tienen que ver con el sexo. Me refiero a la inversión de los valores que tienen que ver, por ejemplo, con la calidad de discernir entre el bien y el mal, entre el interés común y el individual, entre el sacrificio y la satisfacción, entre la educación y la delincuencia, entre lo justo y lo injusto. Lo moderno y aplaudido era matar a la autoridad, denigrar el esfuerzo y el trabajo bien hecho, y alimentar la picaresca, la desidia, la irresponsabilidad y la falta de respeto hacia normas y leyes. Posiblemente España sea el país con más leyes que no se cumplen porque nadie tiene interés ni en cumplirla ni en hacerlas cumplir. El Estado ha pasado a ser, además, el cortijo de quien accede al poder y no el buen gestor de los recursos públicos de todos los españoles. Claro, que como dijo una líder, perdón, lideresa, socialista hoy en el gobierno, “el dinero público no es de nadie”, solo de quien lo administra.

 

El estado de emergencia nacional en el que se encuentra España sólo ha sido resistido por un pequeño grupo de valientes, militantes de Vox, que, al menos contra el separatismo catalán, han sabido cómo instrumentar el sistema judicial constitucional y actuar, así, contra los responsables de delinquir contra el estado de derecho. Digno de elogio y verdadera vergüenza para todos los demás, Ciudadanos y Populares los primeros. Pero el hecho de que la vida política sólo pueda encontrar la senda a la normalidad mediante la judicialización, dice mucho de la situación en la que nos movemos, donde el respeto a la ley ha desaparecido. Recuperar a España en los tribunales es como defender a Esparta en las Termópilas, una misión justa y valiente, pero que sólo sirvió para ganar algo de tiempo. Cierto, el arrojo de estos nuevos 300 de Leónidas ha servido para que la bandera española ondease de nuevo, con orgullo y rabia, y para que ese concepto de “pueblo español” sonase de nuevo. Pero se requiere más, me temo.

 

Construir un muro que blinde nuestras ciudades de Ceuta y Melilla es una medida que dice mucho de quien la defiende. Es una clara ruptura con el actual despropósito de la política de inmigración. Y los flujos de inmigrantes ilegales, se diga o no, son un reto vital para el futuro de España. Acabar con la actual arquitectura de las autonomías, no lo es menos. Como rechazar de plano el esquema de integración europea que se ha hecho fuerte en las instituciones de Bruselas. Pero, con todo, lo esencial es inyectar en la sociedad un antídoto contra el concepto de modernidad nacido del 78. Sin eso y alimentar el sentimiento de ser español nuestro alma de habrá ido para siempre y el cuerpo se nos romperá progresivamente en pedazos hasta desaparecer. Está en nuestra mano poder evitarlo.