El ejemplo de Londres

por Óscar Elía Mañú, 2 de abril de 2017

Publicado en La Gaceta, 30 marzo 2017
 
Por fin llegó el día, y Londres ha activado el proceso de desconexión de Reino Unido con la Unión Europea. Pese a las predicciones apocalípticas lanzadas en los últimos meses desde las instituciones comunitarias, ninguna plaga bíblica ha caído sobre el Reino Unido. La diplomacia británica, forjada por siglos de esfuerzos y sobresaltos, camina libre de nuevo. Cualquier atento observador encuentra hoy en las actividades del Foreign Office un comportamiento conocido.
 
El estrechamiento de las relaciones con Estados Unidos, el refuerzo de las relaciones diplomáticas con sus ex colonias, y la puesta en marcha de tratados bilaterales con países europeos, pertenecen a la tradición británica: son anteriores a la aventura de la Unión Europea y también lo serán posteriores. Ni las bolsas se han hundido, ni las empresas están abandonando la City, ni la convivencia en la sociedad británicas se ha roto en pedazos. Londres camina con paso seguro hacia una nueva etapa, en la que los británicos se sienten más dueños de su propio futuro.
 
No sabemos que deparará el futuro a los británicos. Lo que sí sabemos ya es que la Unión Europea restante ha quedado más tocada que lo que cabría esperar. Desde la caída del Muro de Berlín y la reunificación europea, el éxito de la UE se basaba en dos constataciones que a todos parecían evidentes. En primer lugar, que todas las grandes potencias europeas apostaban sin excepción por ella, animando y arrastrando  otros con el ejemplo. En segundo lugar, era unánimemente aceptado que ninguno de los pasos comunitarios tendría marcha atrás. Cada vez más y más países se unirían a la Unión, y cada vez cederían más y más competencias a Bruselas.
 
El ejemplo británico rompe con las dos cosas. Por un lado, por primera vez una de las tres potencias europeas considera que la UE no tiene futuro, o que el futuro que tiene no satisface las necesidades a las que hay que hacer frente en el siglo XXI.  Sin Londres, la UE se ve amputada de un socio esencial, que aportaba a la Unión criterios institucionales, históricos y militares. Por otro lado, nadie había pensado nunca que la Unión Europea no fuese sólo y únicamente un camino de ida hacia una mayor integración y una mayor extensión. Por primera vez, alguien dice no a la Unión y ésta, en vez de sumar países, los resta. El ejemplo británico muestra que la Unión Europea es por un lado prescindible y, por otro, reversible. 
 
La reacción continental durante estos meses, tanto de medios de comunicación como de clase política, muestra a partes iguales histeria e ira. Las poco disimuladas llamadas desde el continente a forzar con manifestaciones callejeras el resultado, a que el referéndum se repitiese o anulase, o incluso a que el Parlamento rechazase cumplir con el mandato del pueblo británico ponen de manifiesto el nerviosismo, la ira y la irracionalidad con la que la UE restante se tomó el portazo británico. Al tiempo ponen sobre la mesa el hecho preocupante de que el europeísmo comunitario ha degenerado en una ideología con escaso apego a los valores parlamentarios que dice defender. El frío cálculo y las maneras suaves de la diplomacia británica contrastan con las palabras gruesas de la comunitaria. 
 
La salida británica ha tenido dos efectos, según tengamos en cuenta la política la Unión Europea o de los países miembros. Respecto a la Unión, trata de recuperarse del enorme golpe moral sufrido. En las tres últimas décadas se ha extendido por el continente  una suerte de religiosidad comunitaria acerca del carácter casi sagrado de la Unión, y de su futuro casi salvífico: en pleno éxtasis, en el lenguaje político euroescéptico ha llegado a ser considerado sinónimo de antidemocrático. Ahora sus instituciones han sufrido el golpe de la realidad, y el espectáculo de sus altos funcionarios ha sido insuperable. En la reciente cumbre de Roma, más allá de las declaraciones grandilocuentes, se observa una incapacidad absoluta de pensar sobre la Unión Europea, de hacer diagnóstico y proponer salidas realistas. 
 
Así ha surgido, como solución mágia y sencilla, la idea de una Unión a dos velocidades. La idea es tan sorprendente como parece a simple vista. Puede mantener el nombre, pero una “Unión Europea” así será una estafa del lenguaje.
 
La unión a dos velocidades certificará una doble ruptura: por un lado, evidente, entre aquellos que quieren una Europa con más atribuciones y competencias y aquellos que quieren justo lo contrario. Por otro lado, entre aquellos que creen en buscar un acuerdo que arregle los excesos de Maastricht y Lisboa y aquellos que creen que ese acuerdo no es necesario y que hay que seguir adelante contra viento y marea, dejando atrás a quien sea. Una ruptura profunda de objetivos y de concepciones de Europa, que podría llamarse de muchas maneras, pero no “Unión”.
 
No hay término medio aquí, como acertadamente ven polacos y húngaros: la estafa de una Europa a dos velocidades puede funcionar un tiempo, pero a medio o largo plazo, se certificará la construcción de un bloque europeo frente a los demás países, o de bloques europeos cercanos entre sí pero que no constituirán una Unión. 
 
Según se mire a los países, verdadero origen del problema, ni Francia ni Alemania parecen en condiciones de liderar a la Unión Europea: su peso demográfico, económico, institucional y militar en Europa se ha desequilibrado considerablemente en relación con el resto de Europa, y mucho más con las potencias extraeuropeas. En relación con el mundo, ni Berlín ni París son hoy lo que eran en 1957, 1917, 1897. Más bien hoy lo son Pekín, Washington, Moscú o Teherán.
 
Y en Europa, La desafección británica, la rebelión abierta del Grupo de Visegrado, el escepticismo norteamericano, y la osadía turca hacia estos países muestran bien la falta de liderazgo que les afecta. Alemania y Francia conservan enorme capacidad de maniobra, pero esa capacidad no es ni de lejos la que se les presupone. Pueden no llegar otra vez a una guerra, pero en el mundo actual no parecen capaces de llegar mucho más lejos.
 
Por fin, en el caso de España la postura nacional se funde doblemente con las urgencias del partido en el poder y con la personalidad de su líder. Mariano Rajoy se siente cómodo aplicando pasivamente las directrices comunitarias, evitando tomar decisiones y asumir responsabilidades en política exterior: la agenda internacional sólo le interesa en relación con la política nacional. Y aquí lo que prima para Moncloa es evitar problemas, polémicas y decisiones arriesgadas: no meterse en líos con la oposición de izquierdas o con el mainstream televisivo izquierdista, el mismo que achaca a Londres los peores pecados.
 
Para Rajoy, seguir la senda abierta por Alemania o asumir como inevitable el rumbo de la UE es la postura más cómoda puesto que no se quiere hacer política exterior, por debilidad o por aburrimiento: en este caso, probablemente las dos cosas. Rajoy, el Partido Popular, España, apuestan por la Europa a dos velocidades, entre otras cosas porque es la que menos trabajo y esfuerzo diplomático exige. Justo lo contrario de lo que aconseja el ejemplo inglés, que exigirá a Londres readaptarse ante un escenario internacional que, por primera vez en siglos, no será europeo.