El fin de la guerra sin fin
No sabemos si británicos y franceses se engañaban a sí mismos o simplemente engañaban a Zelensky para que presionase a Trump en su visita Washington con un apoyo europeo pretendidamente fuerte.Pero lo cierto es que cuando Zelensky entró en el Despacho Oval la pasada semana lo hizo con dos premisas equivocadas. La primera es una muy extendida en Europa: que Trump simplemente exageraba porque es un "gran negociador", que funciona mediante faroles y que tarde o temprano se encontraría con los europeos en una posición intermedia. Y segundo, que presionando a Trump en público acerca de las garantías de seguridad de lo que quede Ucrania éste no tendría más remedio que comprometerse delante de las cámaras, a riesgo de quedar retratado como un presidente desalmado ante millones de personas.
El resultado fue catastrófico: poner a los europeos como ejemplo de algo solivianta a la Administración Trump y a gran parte de la opinión pública norteamericana; y hacerlo además en público con un presidente así es un acto de imprudencia temeraria. Los gestos de la embajadora de Ucrania en Washington durante las palabras de apertura de Zelensky son lo suficientemente clarificadores de hasta que punto el error fue mayúsculo.
En todo caso, el desagradable espectáculo del del viernes tuvo a corto plazo dos efectos importantes. El primero fue la decisión norteamericana de cortar de inmediato la ayuda militar a Kiev, algo que los especialistas a este lado del atlántico descartaban sólo unas horas antes. La teoría del farol de desvanecía. El segundo efecto es más relevante. Fue de nuevo otra reacción espasmódica de los países europeos, la segunda en pocos días. Reacción europea que sigue presentando dos rasgos problemáticos. Por un lado el caos y el desorden, con Francia, Reino Unido o la Comisión Europea anunciando medidas cada uno por su cuenta tratando de adelantarse a los demás; por otro la sustitución del análisis estratégico por el moralista y aún ideológico, algo de lo que a los europeos les cuesta liberarse. Lo uno trasluce la falta de liderazgo claro en el continente; lo otro, falta de realismo.
Pero todos los dirigentes coinciden o más bien coincidían en todo caso en lo fundamental: tratar de sostener el esfuerzo militar ucraniano y, cada vez más importante que eso, garantizar la capacidad defensiva europea: la de los europeos, no la ucranianos.
La distinción es relevante, porque todo lo que anuncian los países europeos podría llegar a tiempo para ellos mismos, pero no para Ucrania. Para Zelensky, los muchos aspavientos, recepciones y homenajes en las capitales europeas son una pérdida de tiempo: en algún momento pudo pensar que pese a la cháchara europea, algo aportaba al esfuerzo de Kiev. Pero al final el análisis estratégico vuelve a ser el mismo: primero, las provincias arrebatadas por Rusia son a medio plazo irrecuperables; segundo, la resistencia económica e industrial de Rusia es mayor de lo que se pensaba, y la guerra de desgaste no la está desgastando lo suficiente, es decir, más que a los demás; tercero, a corto plazo las líneas del frente favorecen a Moscú, y la amenaza real es una mayor penetración en territorio ucraniano; cuarto, existe un riesgo real de desplome militar ucraniano, y con él de una derrota ucraniana mucho peor y una victoria rusa que aún no se ha consumado; y quinto, revertir esta situación exigiría un compromiso mucho mayor de los países occidentales, más intenso cuanto más pasa el tiempo.
Hasta por lo menos este pasado martes, los europeos parecían optar por la opción continuista: incrementar su ayuda, convencer a Trump de no suspender del todo la ayuda y aumentar las sanciones económicas, con la esperanza de que la suma de todo ello fuerce a los rusos ha hacer concesiones. Esta postura, poco realista, permitía soñar a los ucranianos con un futuro agotamiento ruso, pese a que lo que está ocurriendo es más bien lo contrario.
Pero esta opción poseía dos evidentes problemas. El primero es que los europeos no son capaces de sostener a corto y medio plazo el esfuerzo ucraniano: no es que no quieran, es que no pueden. Aún sin atender al problema de efectivos que los ucranianos son capaces de poner en el campo de batalla, los arsenales europeos no pueden suministrar toda la munición necesaria para contener a los rusos. Hay una degradación de la situación más en este lado que en el otro. Lo que nos lleva al segundo problema, que es de naturaleza mayor: continuar la dinámica actual en Ucrania exige y exigirá, conforme la situación militar se vaya degradando sobre el terreno, una mayor presencia europea. Pero tenemos ya experiencia de lo que ocurre cuando una potencia acaba sustituyendo progresivamente a un aliado cada vez más débil: Llegado un momento, la responsabilidad acaba reposando en el país que de ayudante pasa a protagonista, cada vez más atrapado por su compromiso. Existe un riesgo real de empantanamiento de los occidentales en la guerra de Ucrania, sin un resultado claro más allá de un involucramiento a años vista. Ante esta perspectiva la cuestión presente vuelve en el futuro: abandonar Ucrania mas adelante después de haber perdido hombres tiempo, dinero y más territorio; o involucrase militarmente territorio ucraniano forzando un enfrentamiento directo entre miembros de la OTAN y Moscú.
Cuando Trump acusa a Zelensky de empujar hacia una guerra mundial se refería precisamente a esto. Es difícil de creer que los dirigentes europeos no vean el riesgo: de hecho, ninguno está dispuesto ni por asomo a ir tan lejos. Ni siquiera están dispuestos ir demasiado cerca: una cosa es enviar material y otra involucrarse militarmente cada vez más. Ni en relación con el día después de un alto el fuego se ponen de acuerdo. El resultado es la falta de resultados. Por eso las promesas vacías y la indignación moral europeas no sólo no son un verdadero apoyo para Zelensky, sino que ponen el riesgo lo que queda de país: simplemente conducen a Ucrania a una guerra infinita.
Sea porque de la cumbre de Londres Zelensky salió convencido de la impotencia y de la fantasía europea, sea porque descubre cierta hipocresía y cinismo en la retórica europea, o sea porque los europeos han reconocido que el plan de Trump es el único posible y quieren quitarse de enmedio lo antes posible, en las últimas horas el ucraniano parece haberse dado cuenta de que cuando Trump dice que su plan es la única salida para Ucrania, no está exagerando: la única manera de garantizar la viabilidad a corto y medio plazo del país pasa por alinear su futuro con los acuerdos económicos que Washington ofrece a Trump.
La crisis de realidad de Zelensky y su regreso al plan de Trump ha liberado ya a los europeos de las urgencias ucranianas, y en pocas horas han girado su atención a su propio futuro a largo plazo y no a las urgencias ucranianas. Más allá de la retórica, la lógica para los europeos es sentirse cada vez más cómodos con el fin cuanto antes del conflico: simplemente les permite centrarse en sus problemas a medio y largo plazo.
La solución no es definitiva, ni traerá la paz como anuncian los antiamericanos de izquierda y de derecha que crecen por toda Europa: tarde o temprano veremos el choque de Trump con Putin, pero por ahora la única opción para poner fin a la guerra infinita es la opción de Washington.