El PP y la batalla de las ideas

por Rafael L. Bardají, 24 de marzo de 2017

Publicado en La Gaceta, 23 de marzo 2017
 
Acaba de anunciarse desde Génova que el Partido Popular va a reconvertir una de sus instituciones para convertirla en su Fundación oficial, toda vez que la desconexión de FAES había dejado al partido huérfano de think-tank o laboratorio de ideas. Tratándose de un partido que ha renegado de sus ideas, este anuncio sólo puede interpretarse como el deseo de no desperdiciar las generosas ayudas financieras con las que el actual sistema premia a las fundaciones asociadas a los partidos políticos. Es decir, de los que se trata es de la bolsa, no de las ideas.
 
Lo cual me lleva a la primera cuestión: ¿Por qué debe el erario público, esto es, mi dinero y el suyo, sostener organizaciones asociadas a los partidos políticos? ¿No reciben ya de por sí suficientes ayudas como para no poder permitirse dotarse de los organismos que consideren necesarios para su labor? Pero claro, en esto la izquierda y la supuesta derecha están de acuerdo: lo importante de la democracia son sus instituciones. Y cuanto más públicas, es decir, sufragadas por todos los ciudadanos, mejor. Porque ambas coinciden en entender la democracia española como una formalidad, aunque por falta de carácter se quede en una formalidad vacía de contenido.
 
La segunda cuestión es de más enjundia: ¿Para qué demonios quiere un partido político un think-tank? Un laboratorio de ideas no es un instituto universitario que se aplica a descubrir la verdad de las cosas. Es una organización cuyo objetivo es evaluar políticas públicas y proponer aquellas que juzga más apropiadas para cada situación. Se supone que los partidos cuentan con mecanismos internos más que suficiente para asegurarse que las ideas fluyen y se discuten internamente. Cierto, una célula de reflexión puede contribuir a elaborar programas electorales, pero al final son los comités apropiados los que toman la decisión final sobre las propuestas a prometer en campaña. Además, habida cuenta de que los programas no se conciben para ser cumplidos, regalarle millones de euros a una Fundación partidista para que los elabore, se me antoja, cuando menos, un despilfarro.
 
Los think-tanks son un invento anglosajón que siempre han tenido mal encaje en la Europa continental por el mero hecho de que la democracia se concibe de otra manera, más rígida, más formal. Por poner un sólo ejemplo: el Reino Unido no tiene una constitución escrita; la de Estados Unidos cuenta con 7 artículos en 15 páginas, mientras que la española alcanza los 169 artículos en 192 páginas. Puede parecer una tontería, pero en realidad expresa perfectamente la gran brecha que existe entre quienes entienden la democracia como la acumulación de instituciones y regulaciones, como los padres de la constitución española, y quienes ponen la esencia democrática en el carácter de su pueblo.
 
Un think-tank tiene sentido en dos situaciones: dentro del gobierno a fin de garantizar que los responsables políticos no se estacan en la pura gestión administrativa y son capaces de llevar adelante políticas de cambio; y desde fuera del gobierno para influir en él, criticando lo que se hace mal y defendiendo el curso de acción que se estima correcto. Un organismo que depende del dinero público pero que se define como independiente no puede producir nada atractivo, porque no se puede arriesgar a retar a la mano que le da de comer. Y aunque el gobierno español tiene en su organigrama gabinetes de estudios, en la presidencia sin ir más lejos, en realidad los únicos estudios que lleva a cabo se ciñen a cómo ganar las elecciones. Ni se plantea un reto intelectual.
 
Lo que me lleva a la tercera cuestión: ¿Para qué quiere el Partido Popular un laboratorio de ideas si denosta de éstas? Puede que se utilice no para pensar, sino para instruir a sus cuadros en cómo repetir argumentario tras argumentario para que suenen lo menos artificial posible; o puede que se enseñe a cómo no responder a nada en televisión más que soltar las píldoras ya preparadas; o telegenia u oratoria. Pero nada de eso tiene que ver con la batalla de las ideas. Porque nada tiene que ver con las ideas. Punto.
 
Decía Confucio que el conocimiento empieza llamando a las cosas por su nombre. Desgraciadamente, en España hace mucho que eso dejó de ser así y hemos acabando viviendo mentira tras mentiras hasta habituarnos a ellas. Si el PP fuese honesto, debería crear una Fundación de la verdad, o un observatorio de la mentira, que empezara a llamar al pan, pan, y al vino, vino. Pero no lo hará porque lo único que le importa a los conservadores españoles es conservarse en el poder. Y si para ello hay que abandonar los principios e ideas esenciales para el buen funcionamiento de nuestra sociedad, pues nada, se abandera que las mujeres tienen las mismas capacidades que los hombres para ser soldado del combate; que las autonomías son el mejor sistema para garantizar la unidad de España; que los niños no necesitan tener pene para serlo; y que hay una nueva Santísima Trinidad para guiar nuestras vidas, Yo, el sexo y el Estado.
 
Hay historiadores que aseguran que se puede entender el carácter de un pueblo por los desfiles que organiza. Para nosotros, españoles del siglo XXI, atrás han quedado las procesiones de Semana Santa, o del Corpus Christi. Ahora nos complacemos con los carnavales en los que se ridiculiza la religión y en las manifestaciones del día del orgullo gay.
 
Tal vez sobre eso fuera bueno que el PP reflexionara. Pero no lo hará. Porque no tiene ideas. Y si por mi fuera, que tenga una Fundación debería depender de una casilla voluntaria en la declaración de la renta. No del compadreo que se traen los partidos políticos. Democracia no es lo mismo que partitocracia, que es lo que los españoles sufrimos