España es el problema y Europa no es la solución

por GEES, 24 de octubre de 2020

La tragedia de España no procede de tener enemigos - hasta los paranoicos tienen auténticos enemigos, decía Kissinger -, sino de la patológica tendencia de sus teóricos defensores a hacer causa común con ellos. Así, no es que el PP haya votado “no” a la moción, es que se ha ensañado con quien ha intentado proponer un programa alternativo para España. Alternativo al golpe de estado encubierto llevado a cabo desde las instituciones por Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Es decir, el PP, no contento con renunciar a ser opción de gobierno, reprocha a quien lo intenta, convirtiéndose, fuera mascarillas, en cómplice de la destrucción de España planeada por los dos personajes.

 

Podría haber parecido que el PP se escudaba en la dramática situación económica - siempre la economía, preocupación única de los conservadores en el peor sentido del término -, para encajar con lo que se lleva en el continente y hacerse con la ayuda de la Unión Europea. De ahí los contactos preventivos sobre la forma de elección del Poder Judicial y sobre las condiciones a aquellos fondos europeos que son préstamos y no limosnas. Pero no, no se trataba de defender a España con la ayuda de un tercero europeo, sino de externalizar absoluta y completamente cualquier labor de oposición a ese “ente” desfigurado escondido bajo la prostituida palabra “Europa”. Se supone, de acuerdo con esta argumentación, que dada la incapacidad indígena de recuperación económica, tan solo la sumisión a la UE nos permitirá recibir el dinero para seguir, mal que bien, adelante. Es decir, de confiar - única y exclusivamente - en la UE, para desalojar a Pedro/Iglesias de La Moncloa. Eadem sed aliter: algo parecido a aquello del 2012, en que la enésima reformulación de los criterios de convergencia de Maastricht o Pacto de Estabilidad, acabaron de echar a Zapatero. Esta es la “jugada maestra” del PP que no entienden los palurdos hispanófilos de Vox, pobre gente. 

 

El plan pasa por diversas fases. La primera, que parece escrita por Mariano Rajoy, consiste en no hacer nada. En efecto, “Europa” lo hará todo.

 

¿Por qué? Porque confía en una reedición del turnismo de Cánovas y Sagasta, y en la continuidad de los principios que aseguran nuestro actual “papel” en “Europa”. A saber: la “Constitución histórica” de España, por usar la fórmula de Cánovas, consiste en esta España integrada en las instituciones en, atentos, la dependencia de la Unión Europea en la que lo único que importa es la economía. La Unión Europea, ¿va a resolver el golpe de Estado de la comunidad autónoma catalana? ¿Va a oponerse al golpe de estado desde las propias instituciones del Estado contra España y el Rey? ¿Va a enfrentarse a la destrucción del tejido productivo e industrial acabado de dilapidar por la gestión de la pandemia china? Es obvio que no. Al menos el turnismo de la Restauración nos mantuvo alejados de entrar en la I Guerra Mundial. Es dudoso saber qué ventaja tendrá ahora. 

 

Pero esta sólo es la primera fase. He aquí la segunda: el PP ve, como todos, que el panorama es el de una España vaciada de afanes, que se deja llevar por lo que diga “Europa” mientras unidades regionales menores o bien plantean descaradamente la ruptura del Estado o bien naufragan frente a los problemas cotidianos en un entramado normativo y burocrático tercermundista ¿Quién formula una aspiración de vida en común? ¿El Ibex? La segunda fase consiste pues en hacer desaparecer cualquier esperanza de revitalización española. Es el tradicional y dantesco, literalmente, lasciate ogni speranza. Porque, efectivamente, de haber alguna solución española, las propuestas y su concreción procederían de los españoles, incluso del PP. Y eso no puede ser. Porque acaso alguien les pediría tener alguna idea, formular alguna propuesta y ¿quién sabe? Dios no lo permita, defenderla. Por ello, hay que hacer un pequeño esfuerzo y ridiculizar como arcaico, casposo y retrógrado el intento de hispanizar el asunto. ¿Acaso no ven estos lerdos hispanizantes que no valemos nada, que no tenemos un duro y que sólo “Europa” nos salva - la nueva Iglesia del PP es aquella en la que extra Europa nulla salus est -de la auténtica radicalización de los social-comunistas? A la vista está.

 

La tercera fase consiste en hacer calar en la opinión la manidísima cita de Ortega “España es el problema y Europa la solución”, que aunque parezca que obstruye la vista a un horizonte de auténtica reforma, lo que hace realmente es indicarnos como el dedo el camino.

 

Lo que se llama, con exageración digna de mejor empeño, “Europa”, es un conjunto de instituciones de organización política que implantaron los americanos tras la destrucción de la II Guerra Mundial, de la que España también se libró. Partiendo del Plan Marshall, del que no nos llegó nada, pretendían impedir la caída de Europa occidental en manos de la URSS. Las primeras comunidades europeas querían generar, decía Schuman, marioneta del activista ventrílocuo Jean Monnet, “solidaridades de hecho”. A saber: una sociedad de conveniencia que hiciera más nociva la separación que la unión. Es la misma “solidaridad de hecho” que hace hoy que le resulte más oneroso a Alemania, la más rica y dominante de sus naciones, la desaparición del invento que su continuidad en términos que controla. Esos términos que controla pasan por la aprobación actual de un masivo plan de “estímulo” keynesiano, copia del aprobado durante la crisis del Euro, por la vía de deuda emitida por la Comisión (a un precio superior a la deuda francesa, que no es que sea una ganga). Nada menos. Y, sobre todo, absolutamente nada más.

 

Pero, y he aquí la brillantez de la tesis pepera, ¿no es eso exactamente lo que necesitamos? ¿Y no verán acaso Merkel y congéneres holandeses que nosotros somos mejores gestores que los otros? Ergo, nos volverán a echar a estos para ponernos a nosotros. Como la otra vez. Quod erat demonstrandum. Por tanto, e igual que la noche sigue al día, lo siguiente que hay que hacer es reposarse en Europa, como el místico descansa en Dios, mientras se denigra a aquellos que le ponen peros. 

 

Lo cual nos lleva a la cuarta fase del programa, no por ser la última la menos importante, como manda el anglicismo (bueno, irlandicismo, porque los ingleses están fuera). El resultado final feliz de esta trama, sería el siguiente: Los países más tocados, vulgo España, se recuperarían parcialmente y podrían retomar más o menos recauchutados, su progresión económica. ¿Cuál? La inmediatamente precedente, es decir, desde Finisterre al cabo de Gata, aquella que se basa en el turismo y la perpetuación de las transferencias europeas.

 

Así que todo queda como está. Pero, y hay que reconocer que el quid es importante, mandamos nosotros. Y ¿quién impide la suave aplicación de este proyecto cuasi digno del conde duque de Olivares? Pues los ultras, repámpanos. Así que, a por ellos.

Recuerden pues: (1) España se basa en el turnismo, porque dentro del respeto a este, (2) Europa nos salva, y sólo ella, no te líes, por lo que (3) nos proporciona fondos, que llegado un punto de desastre en el que estamos, (4) sólo podemos gestionar nosotros, ultras no molestéis. Concluyente ¿eh? 

 

Sin embargo, el plan sólo garantiza esto: El único que permanece con sus privilegios, menguantes, es el ya establecido. La economía tutelada no bastaría para permitir la pervivencia de una clase media. Pero, eso sí, votante, ¡que mandarían los de su equipo! ¿No es esa suficiente satisfacción con la que está cayendo?

 

Es verdad que si se pregunta en Bruselas por “Estado de Derecho” o respeto a las instituciones que hacen que una democracia liberal sea tal, lo que en España exige al Rey, van a contestar con lo malo que es el húngaro Orban y lo fachas que son los polacos. ¿Se molestó nadie en decir unas palabras entre las brumas europeas acerca de la ley de memoria histórica zapateril? Sólo cayó ZP porque no cumplía el pacto de estabilidad, ¿está España para depender del cálculo de un contable? Pero eso sí, votante, volveremos a ir tirando. Lo mejor es enemigo de lo bueno. Hay que conformarse.

 

Por fin, también es cierto que no duraremos mucho en el mando porque ya se sabe que hay que turnar, que sino nos peleamos, que somos muy brutos los españoles, que necesitamos una guía. Pero ¿no querremos pagar ese pequeño precio por, mal que bien, salir del paso?

 

No. Ese es el ciclo vicioso del que es necesario escapar. Para ello, la única posibilidad es depositar el destino de España en sus propias manos, y a eso es precisamente a lo que el PP se niega, bajo la apariencia de un enfado pueril con maneras inusuales, pero o cuán necesarias, en nuestro parlamento.

 

La voluntad es clara, hacer lo menos posible y ser dependientes de otros, para limosnas y préstamos hasta donde llega la vista. La razón es aún más evidente, permanecer en el estrato social más excluido de las crisis, económicas y otras, es decir, seguir los políticos en el cóctel y la moqueta, no haciéndose ningún daño, mientras los españolitos quedan condenados a una Babilonia perdurable. Es decir: uno de los dos exilios bíblicos cuya herencia, junto con el pensamiento griego y el Derecho Romano constituyen la auténtica definición de Europa. Y de España. Sólo que en España, más. 

 

Hay pocas cosas más reprobables. España merece un gobierno que no le mienta y una oposición que no sea idiota.