Estabilidad y Revolución en el mundo Islámico

por Angel Pérez González, 8 de noviembre de 2016

Ofrecer una explicación teórica de los acontecimientos que se han sucedido en el mundo arabo-islámico durante los últimos años resulta a priori difícil por dos razones. La primera, la dificultad para acceder a información fiable sobre el estado de opinión y tensiones internas de las sociedades afectadas. Los escasos niveles  de libertad política y  libertad de conciencia y  la estrechez de la vida civil, han generado siempre una imagen borrosa o estereotipada de las sociedades afectadas. Esta ausencia de nitidez, a la que contribuye en Occidente el desconocimiento habitual de las lenguas y códigos culturales locales, explica el carácter aparentemente repentino de esos movimientos revolucionarios y sus extravagantes resultados. La segunda, por la minusvaloración que el efecto contagio ha tenido en los análisis previos. El origen de este fenómeno, considerar el mundo arabo-musulmán como un conjunto de estados de baja interacción estatal y sociocultural, hay que buscarlo en la historia contemporánea de esa zona del planeta. La revolución iraní no se extendió como un reguero de pólvora; ni la guerra civil argelina. De manera automática se tendió a imaginar que el conato revolucionario en Túnez no implicaría necesariamente crisis allende sus fronteras. Lo mismo sucedió con la aparición del ISIS, cuyo nacimiento fue apenas objeto de atención mediática y política. La necesidad de poner en cuarentena axiomas habitualmente aceptados como evidentes, obliga a revisar los demás parámetros capaces de ayudar a entender lo sucedido.

Conviene además valorar las posibles consecuencias de un proceso revolucionario que en Occidente  fue percibido como un proceso inicial de democratización y que sin embargo presentó desde el principio amplios claroscuros. Las revoluciones pueden ser involucionistas, y nada hasta ahora parece despejar  el camino de la democracia liberal en el mundo árabe. Más bien sucede lo contrario.

Presupuestos básicos

Cada vez que las sociedades musulmanas del Magreb y Oriente Próximo ejercen, aunque sea con limitaciones, su derecho al voto, lo hacen en un sentido no solo incompatible con la democracia, sino con la propia naturaleza de Occidente.  En pocas palabras, la democracia no parece ser buena para la región, y menos para los intereses de los estados occidentales en ella. Este fenómeno ha sido un hecho en Gaza, en Túnez, en Egipto o incluso en Marruecos, cuyos resultados electorales en un sistema de elección totalmente libre, serían  más favorables de lo que ya son a los islamistas. Parece por tanto que los principios que en Occidente parecen acompañar al ideal democrático carecen de relevancia en el mundo de religión musulmana, particularmente atrasado en la práctica totalidad de las variables que permiten medir los indicies de desarrollo humano. Establecer por ello una relación directa entre el analfabetismo, la religión y la elección de partidos de base religiosa y radical, resulta lógico a primera vista. Pero se trata de un fenómeno que merece una explicación menos simple; dado que el triunfo islamista parece ser transversal desde un punto de vista social. ¿Por qué sucede?

La segunda cuestión estriba en establecer si  es posible la democracia en una sociedad que ni la desea ni la valora. Porque por más que algunas autoridades y minúsculos partidos insistan en ello; lo cierto es que nadie desea verdaderamente un sistema libre en aquellos estados, construidos sobre la desconfianza exterior, hacía Occidente; interior, hacia el pueblo y filosófica, hacia la democracia misma como fenómeno poco compatible con el Islam.

Y por último, es necesario recordar que la democracia liberal, basada en la garantía de derechos y obligaciones, es imposible sin libertad económica, aspecto en el que los estados de religión musulmana son particularmente deficientes. Esta libertad es básica para crear una clase media que sustente una república moderada. La extrema delgadez de esta capa social explica en cierta forma los resultados de los procesos electorales en un ámbito geográfico donde prácticamente todas las necesidades diarias llevan años insatisfechas o disimuladas con explicaciones abstractas basadas todas en la presunta culpabilidad de Occidente y el judaísmo, obsesión esta última particularmente recurrente. Y en las sociedades islámicas opulentas sucede lo mismo, la clase media o no existe  o ve garantizados altos estándares de vida por el poder sin necesidad de acción política alguna.

Fundamentalismo, religión y política

Lo que parece evidente, no lo es necesariamente, incluso si es lógico. A la hora de entender lo que sucede en el mundo musulmán es necesario alejarse todo lo posible de los axiomas que en Occidente damos por sentado. En esencia dos. La democracia como origen de todo bien político; y la relación entre religión, extremismo y pobreza. Eta última es una percepción errónea, que asume como verdad conceptual lo que solo es visual. Simplemente vemos esos factores juntos a menudo y, por tanto, por simplificar, hemos decidido que van siempre de la mano. Considerar lo contrario exige un esfuerzo intelectual que no estamos dispuestos a hacer. Pues bien, ambas asociaciones de ideas dan lugar a error. Ninguna de las dos es cierta absolutamente, y por eso su aplicación sobre el terreno resulta siempre tan poco satisfactoria.

La democracia, que en Occidente consideramos el paradigma político por excelencia; producto de un largo proceso de evolución política, es simple y llanamente un mecanismo de elección de gestores públicos. Aunque nos cueste creerlo, como tal carece de virtudes particulares y aplicado fuera de un contexto jurídico adecuado, resulta incluso contraproducente. El número de situaciones en la que unas elecciones más o menos libres (pues en todas se dan cita mecanismos de coerción ideológica que condicionan el voto) sirven solo para legitimar gobiernos autoritarios o dispuestos a violar derechos civiles básicos es legión. Y no hay que irse a los países pobres para comprobarlo. Recordemos cómo llegaron a poder los nazis en la Alemania de los años treinta; o como alcanzan el poder los caudillos latinoamericanos de última generación en Ecuador o Venezuela. Para elegir sin riesgo, además de la voluntad personal es necesario un marco jurídico estricto, capaz de poner límites a las consecuencias potenciales de una elección. Aunque no lo veamos así a menudo, en Occidente votamos en ese contexto; por eso es frecuente entre los ciudadanos la idea de que se vote a quien se vote no cambia nada. Experimentan, ni más ni menos, que la máxima virtud, aunque aburrida, de nuestros sistemas políticos. La elección condicionada por la ley, que limita a priori lo que el electo puede hacer con su recién adquirido poder. La versatilidad de la democracia como concepto político es por tanto notable, y explica que desde la España de Franco hasta las repúblicas socialistas de Europa del Este o la Venezuela bolivariana puedan considerarse a sí mismas democracias de algún tipo sin que sea estrictamente falso. El caso de Egipto ha sido paradigmático. La revolución callejera dio lugar a un régimen democrático (cierto, pues hubo elecciones). La victoria fue para los islamistas y estos tardaron poco tiempo en aprobar una nueva constitución  y comenzar a restringir derechos civiles (dado que el marco jurídico no estaba consensuado), generando una nueva oleada de revueltas y el golpe de estado final. Es de manual, el fracaso del experimento; no el desarrollo de los acontecimientos. El problema de Egipto no es la ausencia de mecanismos democráticos, es algo más profundo relacionado con la naturaleza del estado, el marco jurídico que debe acompañarlo y su legitimidad social. Este problema de percepción también se da a sensu contrario. Resulta que  los ciudadanos de esos países también simplifican a menudo la visión de su problema. Occidente es democrático y rico, luego para ser rico hay que ser democrático; y ser democrático es en esencia votar.

Lejos de replantearse la bondad o no de la democracia en contextos inadecuados para su ejercicio, los occidentales hemos descubierto una suerte de explicación universal para todo. La relación entre pobreza, extremismo religioso y ausencia de democracia. Hay que reconocer que es una explicación perfecta. Aúna todo en un solo argumento que parece lógico y además nos excluye a nosotros, que no somos pobres, nos disgusta el extremismo religioso y además votamos. Perfecto. Pero falso. Por eso los países del Golfo son ricos, extremistas y escasamente democráticos. Y funcionan sin revoluciones. ¿Qué hacemos con ellos? Sencillamente excluirlos como parte de una excepción explicada por el petróleo (otro bien útil para explicarlo casi todo en Occidente). Entre las razones que impiden a tantos occidentales entender lo que allí sucede están dos de singular importancia. La primera es la visión distante que en Occidente se tiene de la religión (y no solo del extremismo religioso). Hasta el punto de identificar la religión con la anti modernidad. Este fenómeno es poco o nada comprensible fuera de Occidente. La religión es fuera de Occidente un fenómeno transversal en la sociedad, incluso la religión entendida de una forma bastante ortodoxa. Que la religión y la ausencia de democracia no son fenómenos incompatibles lo demuestra por otra parte que las sociedades occidentales desarrollaron los rudimentos de sus sistemas democráticos en un marco  histórico en el que la religión disfrutaba de influencia social y política. Tampoco es la pobreza un hecho determinante. Desde luego las desigualdades no ayudan a explorar reformas políticas innovadoras; pero lo cierto es que la pobreza es el resultado de un deficiente sistema legal y económico. Esto es, de la ausencia de libertad. La libertad no se ve. No es como la religión, la pobreza o la democracia, pero es en realidad el mar de fondo sobre el que navegan todas ellas. Es la ausencia de libertad en todas sus ramificaciones lo que condena a las sociedades musulmanas. Y la libertad es producto de la asunción por lo individuos de pautas de pensamiento y comportamiento (filosofía social) más liberales. Se puede argüir que la religión impide el desarrollo de esa filosofía social. Pero eso no sucede siempre ni en todas parte. Quizás por eso ha llegado el momento de analizar el Islam no como una religión, sino como una ideología deificada. Eso explicaría su rigidez e inoperancia como sustrato filosófico para crear modernidad. Sustituir una ideología por otra es difícil, cuando una de ellas está legitimada ni más ni menos que por una idea de Dios. La democracia es el último peldaño de una escalera de libertades, sin los peldaños anteriores no se sostiene. Ergo en el mundo musulmán la democracia no es posible por ahora. Las revoluciones dentro de ese mundo son sencillamente el resultados de la lucha por el poder entre facciones que no pueden alternarse en el gobierno, no por falta de democracia (votar), sino por falta de libertad (incompatibilidad política). Cuanto antes entendamos esto, antes entenderemos que, por ejemplo, entre Asad en Siria y los rebeldes que comenzaron a combatirle, no había para nosotros diferencia alguna. Si acaso Asad lideraba un régimen ordenado en el que al menos las minorías podían sobrevivir aunque la oposición política, que es esencialmente islamista,  pretenda hacer creer lo contrario mientras persigue cristianos, decapita soldados leales al régimen y  sirve de sustrato al Isis.

Como ideología deificada sin embargo el islam resulta mucho más comprensible para un occidental. Y la razón es sencilla, en Occidente estamos acostumbrados a que la violencia sea parte de la actividad de los extremismos ideológicos: extrema derecha e izquierda, así como el nacionalismo en todas sus variantes, están íntimamente ligados a la coerción. Son ideologías que se pueden ver reforzadas por situaciones de pobreza o desigualdad elevada, pero que no requieren esas circunstancias ni para existir ni por supuesto para ser violentas. El Islam tampoco necesita la pobreza para explicar sus extremos, o su abierta repulsa de la libertad individual (pues la primera libertad individual es precisamente la libertad de conciencia, francamente poco compatible con el Corán). El Islam es sencillamente una forma ideológica cuya base axiomática facilita la generación espontánea de violencia; y este hecho puede cambiar con el tiempo, pero ese cambio ni será fácil ni pacífico, ni parece que vaya a suceder a corto plazo.

El deseo de democracia

El Islam sería por tanto una ideología, mayoritaria (casi todos los ciudadanos la comparten, profesan o respetan en mayor o menor medida), oficial (todos los estados musulmanes con mayor o menor intensidad se declaran islámicos. Hasta ahora se arguía que Turquía era la excepción, pero no está claro que vaya a seguir siendo así), omnicomprensiva (fuera de ella existe la nada, como sucedía con el comunismo antaño); tradicionalista (aspira a la modernidad material sin los supuestos defectos sociales de occidente), moralista (la moral continua siendo su eje vertebral, como sucedía con el carlismo en España o el comunismo en la Unión Soviética); idealista (aspira a una sociedad perfecta, equilibrada e inmóvil), intolerante (la divergencia suele ser perseguida, excluida o erradicada) y con aspiraciones de permanencia. En este contexto el esfuerzo democratizador es rigurosamente reprimido si no se aviene a circunscribirse al contexto ideológico dominante. De allí que se hable de democracia árabe o derechos humanos islámicos como una adaptación posible de conceptos modernos a un entorno que pretende no cambiar nunca.

El concepto de democracia árabe recuerda al de democracia popular. Se aspira a integrar en el sistema político algunos instrumentos democráticos que pretenden, sin embargo, legitimar el sistema; no encauzar ningún proceso de cambio. Y es en este estadio en el que se suceden las graves tensiones políticas que sacuden el mundo islámico. Aunque un concepto democrático de este tipo pueda parecen en Occidente extremadamente limitado, es en realidad el que desea la mayor parte de los ciudadanos en esas sociedades. Y una democracia limitada benigna no es, en absoluto, incompatible con regímenes políticos autoritarios, siempre que estos sean capaces de institucionalizar principios de seguridad jurídica básicos. Pretender lo contrario, esto es, ensayar mecanismos democráticos fuera de ese contexto político islámico resulta contraproducente: no solo subvierte el deseo mayoritario de los votantes, además permite que los grupos, incluso pequeños, mejor organizados y no necesariamente mejor dotados para el gobierno alcancen el poder.

 

Implantación de la democracia

Hasta aquí la explicación básica de porque los estados musulmanes no son democráticos, y no lo serán a medio plazo. Sencillamente la democracia no es un bien deseado de forma general. Y cuando se ensaya va unido a tensiones e inestabilidad que la hacen incluso menos deseable para gran parte de los ciudadanos. Y ello con independencia de su mayor o menor compatibilidad con la religión y las circunstancia internas de cada estado (división étnica, adscripción suní o chií, etc.). ¿Se puede hacer algo para cambiar ese estado de cosas?

 

En realidad la pregunta es doble, pues no solo es necesario saber si se puede hacer algo, también es necesario valorar si es necesario. Y ambos análisis deben ser hechos sin moralismos. Esto es, a título de ejemplo, si consideramos que Marruecos debe garantizar mejor  el respeto de los derechos humanos (por ejemplo la libertad religiosa), existen mecanismos para trasladar ese mensaje que no pongan en tela de juicio el régimen político en su totalidad. No puede considerarse en este caso que defender la libertad de conciencia y derribar una monarquía autoritaria tengan la misma trascendencia moral.  Occidente hace demasiado hincapié en las formas, y no tanto en el fondo de la cuestión.  Por tanto sí, se puede hacer algo que facilite la implantación de criterios políticos democráticos en esos estados; y no, no siempre es necesario cruzar determinados límites. Y sobre todo es importante no olvidar que las revoluciones pueden ser inevitables, pero no siempre son buenas. El concepto goza de predicamento en Occidente donde además la izquierda lo ha encumbrado como expresión máxima de la voluntad popular. Conviene ser cautos. La mayor parte de los procesos revolucionarios solo sirven para justificar la injusticia y el asesinato. Casi ninguna revolución  inventa nada nuevo; y a menudo son seguidas de regímenes discutibles. Recuérdese como acabó la revolución rusa, y que la francesa, que suele ser encumbrada sin crítica, desembocó en la terrible dictadura napoleónica.

Por tanto, dado que las revoluciones en el mundo islámico tienden a ser violentas y regresivas (por tanto inútiles a efectos democráticos); que la sociedad no desea una democracia de corte occidental; que la ideología dominante (el Islam) lo impregna todo (vida civil y política) y que, por razones evidentes de seguridad para Occidente, conviene que estos estados mantengan razonables niveles de paz y estabilidad; los mecanismos que faciliten la implantación de la democracia deben mimetizarse con el medio social y no suponer un problema público adicional. Por supuesto los grados de éxito serán variados, en función de cada caso particular; y el esfuerzo debe estar sometido a las necesidades estratégicas básicas de sus impulsores. Crear estabilidad en el Mediterráneo es para Europa mucho más importante que imponer sistemas democráticos inoperantes. Siria y Libia son dos excelentes ejemplos de este fenómeno que, por desgracia, no tiene visos de llegar a buen fin. Ni se ha producido una revolución democrática, ni se ha mantenido la estabilidad. El sustituto natural de la dictadura es el caos, y después, otra dictadura.

La acción de Occidente debe ir dirigida a reforzar los mecanismos de garantía de derechos y libertades civiles. Consolidar cada avance cuesta tiempo, luego facilitar la creación de estructuras administrativas capaces de aplicar avances  es más práctico y eficaz que facilitar revoluciones.  Mejor si este proceso va acompañado de márgenes crecientes de libertad económica. Hasta ahora los acuerdos comerciales se centraban en facilitar la inversión occidental y posterior repatriación de beneficios; o en facilitar el acceso de productos locales a los mercados desarrollados. Ningún acuerdo comercial, por ejemplo entre la Unión Europea y el Magreb, ha hecho hincapié en la libertad económica de los individuos, occidentales o no, en esos mercados. La consecuencia es evidente. La actividad económica exportadora acaba en manos de empresa extranjeras; y el emprendimiento local se ahoga en un mar de corrupción y burocracia innecesaria. Una sociedad sana, es una sociedad libre, para empezar, desde una perspectiva económica. Eso haría más por la estabilidad política, el control de la emigración y la introducción de paradigmas democráticos en la sociedad que cualquier otro instrumento de intervención. Y por último, es perfectamente posible fomentar la creación de estructuras administrativas que garanticen mínimas cuotas de seguridad jurídica. Nunca parece suficiente en Occidente, pero no es a los occidentales a quien deben convencer esos pequeños cambios, sino a las sociedades locales.

Este no es un recorrido fácil, pero sin mucho más tranquilo que respaldar revoluciones que terminan en guerra civil. Y no debe excluir la acción directa si es necesaria. Simplemente hay veces que desplegar soldados y mantenerlos sobre el terreno trae a cuenta, si se hace a tiempo y con tiempo. El resultado de una política errática está a la vista, pero allí donde la guerra o la inestabilidad no han prendido, aún es posible actuar con sensatez; o para evitar una nueva guerra, con diligencia.

Conclusión

El Islam es tanto más una ideología que una religión, de allí la incapacidad para entender su versatilidad a la hora de configurar escenarios violentos o inestables. Como ideología carece por ahora de alternativa en los estados donde aquella es imperante, y por tanto carece de sentido pretender que mecanismos formales de gestión del poder, por ejemplo el democrático, sirvan para modificar o dulcificar su evidente extremismo.  Como cualquier ideología omnicomprensiva y absoluta solo puede ser socavada con niveles crecientes de libertad individual; y, como sucedió con el comunismo, solo la guerra o su propia inutilidad e ineficiencia, pueden acabar con ella.

 

Ángel Pérez González