Europa contra España

por Rafael L. Bardají, 26 de diciembre de 2019

Cuando yo era pequeño, Europa eran tres cosas: primero, una lámina en el Atlas de Geografía de Salinas; en segundo lugar, un islote perdido y desierto al este de Madagascar donde, según nos narraba el comandante Cousteau, iban a parar una vez al año todas las tortugas del Indico para desovar; y, por último, un cuadro de Rubens, basado en el mito griego del “rapto der Europa”, una mujer fenicia secuestrada y forzada por el dios Zeus. Con el ascenso de primaria a bachiller elemental también aprendí que además de una gran península del continente asiático, la Europa que yo vivía era la Europa de los bloques, enemigos existenciales capaces de volar el planeta varias veces; era la Europa de las grandes naciones de la Historia; y también la Europa que quería salir de la postguerra mediante uniones sectoriales que la hicieran más fuerte y competitiva. Llamaba entonces poderosamente la atención el Euratom, la apuesta de la Europa occidental por la energía atómica, simbolizada y homenajeada perfectamente en ese edificio de Bruselas que imita a lo grande la estructura de un átomo, el Atomiun. Con la llegada de “las suecas” y el bikini a las playas de nuestro levante -muy vacío comparado con el urbanismo galopante de hoy en día- descubrí esa Europa libertina en sus costumbres en la que se podían v der películas que la censura española no autorizaba, leer libros que aquí no se editaban o hacer cosas que en nuestra patria no eran legales. Aunque nadie se lo pueda creer ahora, largas fueron las colas en Perpiñán, más allá de nuestra frontera, para ver en plan intelectual “El último tango en París” o “Emmanuel” en el lado más libidinoso.

 

Quizá el ansia de libertad llevó en aquellos años a edulcorar -y casi olvidar- la experiencia del millón de españoles que emigraron en los 60 a esa Europa rica y vibrante y que los acogió como lo que eran: mano de obra barata. Fue un proceso bien estructurado y regularizado que sacó de la pobreza a muchos españoles, no gratuitamente, sino con el sudor de su frente y lejos de sus familias y pueblos. Pero les permitió hacerse con unos ahorros y poder volver al cabo de unos años, cuando el ciclo expansivo de la economía europea se tambaleaba, pero empezaba en España. Una minoría nunca regresó por haberse integrado y considerar que tenía más futuro en el país de acogida. A nuestros emigrantes, hay que recordarlo, no se les regaló nada y su vida laboral, aunque digna, nunca pudo ser idílica. El humor negro español ha llevado al cine alguna de aquellas experiencias, como en la comedia “Vente p’Alemania Pepe”.

 

Mientras que para una gran mayoría Europa se convertía casi en un mito, tierra prometida para los españoles de miel y leche, de mercedes-benz y de francos, libras y marcos más fuertes que la peseta, por no hablar de prensa libre, partidos políticos y manifestaciones legales, Europa también era el lugar de acogida de conspiradores contra el orden nacional, como el líder del PCE, Santiago Carrillo, plácidamente instalado en París o, aún mucho peor, refugio legal del terrorismo de ETA. Recordemos que la UE no reconoce el delito de terrorismo como tal hasta después de los atentados del 11-S y que su definición de terrorismo ocupa once largos folios donde se detalla sobre todo lo que no es terrorismo.

 

Sea como fuere, la Unión Europea, ese mercado común poco a poco escorado a lo político y a escaparse al control de las naciones que la habían creado, era para los españoles ese club con cuya pertenencia ponía fin aquello de “Spain is different”. Esto es, para las fuerzas políticas que condujeron la transición a la democracia, del PSOE a AP y luego PP, la UE era la legítima institución para homologar la naciente democracia en España y otorgarnos, así, el grado de plena modernidad. Que la izquierda, que nunca creyó en las naciones y menos aún en España, asumiera la superioridad moral y política de las UE, era lo esperable; que la derecha renunciara a su españolidad para hacerse perdonar el pasado de los años de Francisco Franco, ya no lo era tanto. Sea como fuere, la UE se convirtió en la teórica solución de los problemas de España. Para la izquierda, como disolvente del nacionalismo, para la derecha como disciplina con la que encauzarnos, de los criterios de convergencia a los hombres de negro. En ambos casos España siempre quedaba supeditada a los designios superiores de Bruselas.

 

El camino a la UE fue largo y laborioso y no se puede decir que el acuerdo al que se llegó para nuestra incorporación fuera netamente positivo para los españoles. Y ni siquiera la actitud más extractiva durante la etapa de Aznar -donde se logró que la UE nos financiara buena parte de las infraestructuras que hoy tenemos- consiguió que España fuera aceptada con normalidad en el puesto que se merecía por su peso.  Como decía Cantinflas en su papel de escudero de Phileas Fogg en la película “la vuelta al mundo en 80 días”, mientras barajaba los naipes: “jugamos como caballeros o como lo que somos”. La UE no era la tierra prometida, sino un cónclave de carteristas en el que los más fuertes imponían sus criterios y donde los grandes eran más que reacios a dejar salir de la mesa de los niños a uno de sus recién llegados para ocupar una plaza como la de ellos.  De España era un PIG y se fiaban lo justo.

 

Hay que decir que la UE, a medida que se arrogaba mayores competencias de los estados miembros en su continuo camino hacia un estado federal europeo, no sólo ha tenido a España en el punto de mira. La Hungría de Orban y la Polonia de Ley y Justicia también están sufriendo las iras de los supranacionalistas de Bruselas simplemente porque no quieren abandonar sus raíces y dejar de ser lo que son. Pero, claro, nosotros sentimos sus afrentas contra España en primera persona.

 

Todos quienes defienden a capa y espada la UE, particularmente desde la derecha, deberían haberse planteado serias dudas con el fracaso de la euroorden y el caso del prófugo Puigdemont. No es lógico pensar que un estado miembro como Bruselas, pueda poner en jaque todo un sistema judicial de otro estado miembro y que la UE permanezca impasible. La reciente sentencia del TSJ de la UE sobre Oriol Junqueras, es más de lo mismo. Y yo me digo, si la UE está empeñada en oponerse a los intereses españoles, ¿por qué respetar sus normas, por qué obsesionarse con ella? Tal vez Boris Johnson no sea tan loco como nos lo quieren pintar.