Gaza

por Florentino Portero, 31 de agosto de 2005

(Publicado en Expansión, 31 de agosto de 2005)

 
El fin de los asentamientos israelíes en Gaza, junto a los cuatro de Samaria, seguido de la retirada de las tropas supone un hito histórico de indudable importancia. No representa un cambio radical en la política israelí sobre el conjunto de los territorios situados al oeste del río Jordán, sino la culminación de un proceso que viene de atrás y que, desde luego, implica el reconocimiento del fracaso de la política expansiva seguida desde la Guerra de 1967.
 
Los judíos comenzaron a llegar en número importante a Palestina desde el inicio de los progroms de fines del siglo XIX. Esta emigración adoptó una actitud colonizadora, comprando tierras y consolidando asentamientos. Lograron la promesa de un “hogar” y soñaron con un estado. El “holocausto”, la insensata política seguida por los palestinos durante la II Guerra Mundial y sus errores diplomáticos en la postguerra crearon las condiciones para que la comunidad judía optara firmemente a un estado, lo que finalmente consiguió en 1948. El rechazo árabe, expresado en cuatro guerras dirigidas a su exterminio, les permitió ampliar su frontera, la “línea verde” de 1949, expulsar o no permitir el regreso a sus casas de un número importante de familias árabes y hacerse con el control del conjunto del territorio. Formalmente no reivindicaron la soberanía de toda Palestina, pero el Gobierno permitió el desarrollo de “asentamientos” y una buena parte de la sociedad israelí apostó por la plena ocupación. Había tras esta política criterios de seguridad, la necesidad de unas fronteras defendibles, y una actitud colonialista arraigada en el sionismo de las primeras etapas.
 
Poco a poco los israelíes comprendieron que aquel paso fue un error. La demografía iba en su contra. Un estado judío sobre el conjunto de Palestina sería al cabo de algunas décadas un estado de mayoría árabe. Su movilización y creciente radicalización, con un auge de las posiciones islamistas, trasformaba el problema terrorista en una lacra cada vez más grave, que obligaba a desviar recursos humanos y financieros para combatirla, minado las extraordinarias posibilidades de desarrollo del estado israelí.
 
Abba Eban, el que fuera gran ministro de relaciones exteriores israelí, tenía razón cuando afirmaba que “los palestinos nunca pierden la oportunidad de perder una oportunidad”. El problema es que si los palestinos la perdían, los judíos sufrían las consecuencias. Frente a lo que muchos judíos creyeron en los sesenta y setenta, la incompetencia diplomática y militar árabe, su arraigada corrupción e inmoralidad, no les hacía más débiles, sino que sencillamente les privaba de la condición de partes en una negociación. Los judíos no fueron los beneficiarios de esa situación, sino los islamistas.
 
La retirada de Gaza se explica como un paso en una estrategia de mucho más calado dirigida a establecer dos estados en Palestina, una necesidad vital para los israelíes. Primero se asumió que no podían derrotar a la demografía palestina y que el coste de la ocupación militar era demasiado grande. Después se aprobó la construcción de la valla de seguridad, para aislar a las dos comunidades y reducir así el número de actos terroristas. Ahora se han cerrado los asentamientos en Gaza, que pronto serán totalmente destruidos. Luego, con un gobierno democráticamente elegido al frente de la Autoridad Palestina, se tratará de reavivar la “Hoja de ruta” y llegar a un acuerdo sobre los complicados temas pendientes: derecho de retorno, fronteras definitivas en Cisjordania y el estatus final de Jerusalén. En el caso de que el acuerdo no sea posible la “valla” actuará como linde, mientras que los asentamientos en la Cisjordania serán paulatinamente cerrados, con la excepción de los más grandes situados en torno a Jerusalén, aunque todo dependerá de las futuras mayorías parlamentarias.
 
Hamas tiene sólo parte de razón cuando afirma que los israelíes se repliegan derrotados. El terrorismo ha logrado algunos de sus objetivos, pero el elemento determinante ha sido la demografía. En cualquier caso aquellos analistas que afirman que la retirada va a dar alas a los islamistas tienen toda la razón, porque para cualquier palestino resulta evidente que los israelíes quisieron ocupar su territorio y, finalmente se han tenido que retirar. Tienen tanta razón como los que sostienen que la retirada es una necesidad estratégica. Israel no puede mantener la ocupación militar y los asentamientos sin pagar por ello un coste inaceptable. Esa es la razón de que un personaje tan poco asimilable a una “paloma” como Ariel Sharon haya asumido el plan laborista de la valla y haya decidido la retirada unilateral de Gaza. Ese es el fundamento estratégico que ha llevado al Likud a una política aparentemente contraria a su programa histórico. Pero es que la supervivencia de Israel es más importante que sus sueños nacionalistas.
 
No podemos confiar en que la paz esté ahora más próxima. Bien al contrario, los terroristas islamistas se sienten mucho más fuertes y esperan el fin de la presencia israelí y la celebración de las elecciones legislativas previstas para el mes de enero para consolidar su posición. Sin embargo, los israelíes pueden estar seguros de que en el medio y largo plazo su posición diplomática será más firme y su capacidad de supervivencia mayor tras el histórico paso dado.