La yihad familiar

por Óscar Elía Mañú, 25 de marzo de 2016

Publicado en La Razon, 24 marzo 2016

Abdelkhader y Mohamed Merah, instigador el primero y perpetrador el segundo de los ataques en Toulouse en 2012; Tamerlán y Dzhojar Tsarnaev, responsables de las bombas en el maratón de Boston en abril de 2013; Cherif y Said Kouachi, atacantes de la revista «Charlie Hebdo» en enero de 2015; Salah y Brahim Abdeslam, autores de la matanza del 13-N en París; y ahora, Jalid e Ibrahim El Bakraui, responsables de los horrendos crímenes del aeropuerto y metro de Bruselas. Todos ellos tienen en común dos cosas: ser jóvenes nacidos o crecidos en la sociedad abierta occidental y ser hermanos. Esto es, haber ejercido el terror en familia.

Atrás ha quedado la elitista y multinacional preparación y ejecución del 11-S, con saudíes de distinto origen y procedencia coordinados a través de complejos sistemas de comunicación. En la guerra que se libra en las calles europeas en 2016 las familias están pasando a jugar un papel esencial. Por un lado porque los lazos familiares están nutriendo y encauzando el flujo de terroristas europeos que viajan a unirse al ISIS: primos convencen a hermanos, hermanos mayores enrolan a hermanos pequeños, éstos a amigos de la infancia. Después, tras el retorno de los yihadistas a suelo europeo, la familia tiende a convertirse en el pilar de las células terroristas, alrededor del cual se planean y se preparan atentados. En tercer lugar, y como hemos descubierto en el caso de Abdeslam, la familia se convierte en el lugar de cobijo y escondite de los asesinos cuando éstos ya han actuado.

En Europa la yihad se basa cada vez más en los lazos de sangre: los terroristas se radicalizan entre familiares, adquieren entrenamiento a través de ellos y ahora ya preparan y llevan a cabo atentados en familia. Las Fuerzas de Seguridad, cogidas a contrapié, tienen serias dificultades para detectar a tiempo este tipo de células formadas por amigos, primos y hermanos que han crecido y se han educado juntos. Sin embargo, esta yihad familiar no es un fenómeno aislado de la sociedad en la que ha surgido. Por un lado, es posible por la existencia de una comunidad más amplia que facilita y ampara estos comportamientos. Que una familia acoja a un criminal buscado por la Justicia es comprensible: no lo es que la comunidad en la que la familia se inserta ejerza a su vez de amparo y protección externa. Y sea por indiferencia, por complicidad o por miedo, lo cierto es que determinadas comunidades musulmanas en Europa se han convertido en base de operaciones para la yihad familiar. La explosión demográfica en estos barrios –fruto de una alta natalidad y de una emigración desordenada– agrava más el problema. El caso de Molenbeek es lo suficientemente ilustrativo.

Se ha achacado a fallos en las Fuerzas de Seguridad belgas el hecho de que Salah Abdeslam viviese varios meses con familiares y amigos en Bruselas sin ser detectado y detenido. La crítica es injusta, o al menos oculta un fenómeno más preocupante: el de las «no-go-zones», barrios que escapan al control del Estado y de las autoridades, que es un hecho al alza en casi todos los países europeos. No es sólo Molenbeek: los hermanos Kouachi y los hermanos Merah procedían de parecidos barrios de París y Toulouse. En Francia, Bélgica o Gran Bretaña han surgido agujeros negros del Estado de Derecho donde el islamismo se ha hecho fuerte. España tiene El Príncipe, barrio clave en el envío de yihadistas a Siria, a través también de redes familiares. Es en estas zonas sin ley, donde hermanos, primos y amigos comparten vivencias infantiles y adolescentes, y donde entran pronto en contacto con la tentación y el prestigio de la violencia callejera. Y no de cualquier violencia, sino de la yihadista.

La institución familiar, base de una sociedad sana, entra así en un círculo diabólico: en un entorno dominado por la ley de imanes radicales en un caso, indiferentes o despreocupados en otros, el prestigio pertenece a los combatientes retornados de Siria. Estos no sólo no son denunciados a las autoridades por la connivencia de la comunidad, sino que se convierten en héroes en la calle. Así que extraña poco que el ejemplo para los jóvenes inmigrantes de tercera generación no sean sus abuelos que legal y lealmente llegaron a Europa hace décadas y trabajaron duro; sino el yihadista que regresa de Oriente Medio envuelto en el aura de la guerra santa, con historias de crimen como bandera. Ante esto, ni la familia más ejemplar constituye un contrapeso que evite que los hijos o los hermanos tomen el camino del terrorismo.

Esta dinámica de barrios sin control estatal, de explosión demográfica musulmana, de radicalismo en alza y de retorno de yihadistas de Siria se ha intensificado en los últimos años. El resultado es la yihad familiar, la utilización al servicio del califato de los lazos de sangre más sagrados e íntimos. Salvo que los europeos sean capaces de romper este círculo vicioso, la yihad familiar continuará amenazando la seguridad europea.