Nelson Mandela y Sudáfrica, el mito y la realidad

por Gabriel Cortina, 4 de enero de 2014

 Se cumple un mes del fallecimiento de Nelson Mandela. Tras las numerosas celebraciones que han tenido lugar, acompañadas de innumerables elogios, es hora de hacer balance de un personaje que ha sido protagonista indiscutible del siglo XX. Sin duda, fue un líder muy destacado, pieza clave para la nueva Sudáfrica. Sin embargo, el perfil que nos ha llegado ha quedado marcado por la dinámica del mito, un icono a nivel internacional, construido por la opinión pública, que no permite ofrecer un análisis de cierta objetividad, tanto del personaje como de sus decisiones políticas. La distancia con el extremo sur de África es enorme, también en el ámbito social y cultural, y no son fáciles los paralelismos.

 
Identificar a Sudáfrica únicamente con el problema del apartheid es un error; es ver la punta del iceberg y olvidar el resto. Lo mismo ocurre con Mandela. Para comprender la Sudáfrica de 1948 a 1994 conviene hacerlo desde una perspectiva realista de los hechos históricos, entre los que caben señalar los siguientes: el balance social y económico heredado tras la Segunda Guerra Mundial; el resultado de las elecciones al parlamento de 1948, donde se produce el declive del United Party -de tradición británica y en el poder desde 1933- y la victoria del Returned National Party (Herenigde Nasionale Party) de identidad boer-afrikaner[1]; los conflictos entre los dos grupos de población blanca; las divisiones y enfrentamientos entre las tribus locales; la situación de las zonas rurales y urbanas; los intereses de los actores políticos que van entrando en escena, incluyendo el Congreso Nacional Africano (CNA) y el Partido Comunista de Sudáfrica; el entorno regional del sur de África; la situación internacional de la época y el telón de fondo de la Guerra Fría, entre los que se encuentran los planes expansionistas de la URSS de Stalin; y, por último, el margen real de actuación por parte del gobierno de Pretoria durante todas estas décadas.
 
Creo que de Nelson Mandela nos ha llegado un mensaje simplificado. Su caso resume un ejemplo completo de dinámica de la resolución de los conflictos, pero estudiado en profundidad hay dos factores que no se han contado en toda su amplitud. Por un lado, la actividad desarrollada por el propio gobierno sudafricano para generar las condiciones de la transición, un hecho del que fue inspirador, protagonista y promotor; por otro, el contexto histórico del país y de la región en las complicadas décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial.
 
Para comprender Sudáfrica conviene tener delante un mapa y señalar la lista de conflictos que se dieron en la región en los últimos cincuenta años, así como las causas de los mismos. El caso de Angola es un buen ejemplo, así como el de la independencia de Namibia en 1990. En estos conflictos se enmarcan los potenciadores de riesgos, muchos de los cuales manifestaban rivalidades étnicas, conflictos fronterizos de las jóvenes naciones recién independizadas, amenazas expansionistas, regímenes dictatoriales y pugna por los recursos naturales, entre otros.
 
Lo que ocurre en el eje Pretoria (capital gubernamental), Ciudad del Cabo (capital legislativa), Bloemfontein (capital judicial) y Johannesburgo (la ciudad con más población), data de los tiempos de los Boers, durante el siglo XIX. No era un colonialismo europeo más de ida y vuelta. El afrikáner era africano; así se sentían ellos mismos porque se hicieron con esas tierras, las defendieron contra los ingleses y la desarrollaron como granjeros durante generaciones. Esta idea la tenía muy clara Mandela y se convenció de ello durante los años de la prisión en Roben Island: todas las soluciones políticas, incluyendo el apartheid, deberían contar necesariamente con su aprobación. Así, comprendió que la vía de la lucha armada que había intentado a la edad de 43 años, como jefe y fundador del brazo militar del CNA (Umkhonto we Sizwe, “Lanza de la Nación”), no serviría para nada y harían estériles todos los esfuerzos políticos.
 
Sudáfrica no es fácil de gobernar. Ni lo fue durante los años del Mandela de la oposición -activista político y abogado de la década de los cincuenta-, ni durante su etapa como Presidente de la nación, de 1994 a 1999. De hecho, a los cuatro o cinco años de su mandato las expectativas cayeron y el optimismo de las reformas se fue desvaneciendo. Años antes, para poder comenzar y estabilizar las políticas a seguir, no siempre encontró un camino sencillo. Las divisiones y los diferentes puntos de vista pronto se hicieron públicas y evidentes. La solución inicial no era centrarse en los históricos dirigentes afrikáners (Viljoen, Terreblanche o Von Maltitz, del Afrikaner Resistance Movement) que eran casos perdidos, sino en aquellos normales y corrientes. Su argumento era que, como toda la gente normal de cualquier país que se encuentra en un conflicto serio, esas personas ponían la seguridad y la prosperidad por delante de la ideología, observaban de qué lado soplaba el viento y trataban de ver qué opción favorecía más los intereses de las familias. Lo mismo ocurrió en el otro lado. Sabían que en el lenguaje de la democracia, las urnas podrían arrebatarles el poder y la hegemonía política desde 1948. Además, no había nada más inconcebible que la idea de que el régimen del presidente Botha negociase con los terroristas, y mucho menos con su líder encarcelado. Las fuerzas armadas no permanecieron ajenas. Imaginar un proceso de semejantes proporciones sin el visto bueno y la plena cooperación del ejército es, sencillamente, imposible. Aquí aparece la figura del general Constand Viljoen.
 
La política racial era la plasmación institucional del racismo de Estado. Hay que recordar que, por ejemplo, en Ciudad del Cabo no había libertad para montar negocios en la zona de los blancos, ni sentarse en sus asientos del autobús, ni recibir educación superior, ni ir al mismo hospital. La paranoia segregacionista incluía distintas entradas en los edificios, separación en los cementerios, donación de sangre por razas o prohibición de sexo interracial. El hecho que marca un punto de inflexión es la matanza de Sharpeville, el 21 de marzo de 1960, condenada por la ONU y cuyas fotografías dieron la vuelta al mundo como un triste icono de la situación del país[2]. Sin embargo, el foco se ha centrado en la población de color, que era la mayoritaria, pero poco o nada se nos ha dicho de cómo afectó a aquellos de origen indio o asiático.
 
Con apartheid y sin él, hay problemas que persisten. La abolición de la política de segregación (traducido como “vivir apartados”) se ha superado y ha supuesto un logro de reconocimiento universal. Asimismo, algunos fantasmas generadores de conflictos ya no aparecen con tanta intensidad. Tampoco hoy es fácil gobernar Sudáfrica. A pesar de ser un país muy rico en recursos naturales y de ser la economía más desarrollada del continente, un cuarto de la población se encuentra sin empleo y viven por debajo de 1,25 US$. La variedad cultural no siempre facilita las cosas: la constitución reconoce un total de once lenguas oficiales. Pobreza y desigualdad, corrupción política, delincuencia, violencia y deficiencias en el sistema sanitario y educativo, hacen de él un complejo escenario. En cuanto a la seguridad interior, se puede resumir en que hay muchas armas en las calles pero no movimientos armados enfrentados.
 
Para Mandela tampoco fue fácil gobernar el Congreso Nacional Africano. En 1943 se unió a él y fue elegido su presidente en julio de 1991. Desde la prisión mantuvo un fuerte liderazgo junto con Walter Sisulu, y Oliver Tambo en el exterior. Disciplinar a su propia gente no fue sencillo, así como reorientar la ideología imperante. Lograr el consenso hacia la transición y seguir los pasos marcados por el gobierno afrikáner no siempre fueron bien recibidos por su organización. En contra de lo que se nos cuenta, tampoco fue camino de rosas el recorrido desde su salida en prisión, el 11 de febrero de 1990 en Ciudad del Cabo, hasta la toma de posesión como presidente, el 10 de mayo de 1994 en Pretoria, tras cuatro años de negociaciones, incluida unas elecciones con un gobierno de coalición pactado de antemano. Tras su salida de la vida política activa tuvo que ver numerosas escenas desagradables protagonizadas por los nuevos líderes de su partido[3].
 
Sudáfrica es hoy una democracia cuestionada, donde la alternancia en el poder lleva veinte años sin producirse. De cara a las elecciones que se celebrarán el próximo mes de abril, cinco partidos de la oposición se han unido en la alianza Collective for Democracy, con el objetivo de hacer frente a la hegemonía del Congreso Nacional Africano (CNA), que gobierna el país desde la transición. La mayor lacra es la corrupción. En los últimos meses se han creado dos nuevas formaciones políticas, Agang y Economic Freedom Fighters, dispuestas a impedir una nueva victoria del CNA y la reelección de su presidente, Jacob Zuma.
 
A la hora de plantear la solución para Sudáfrica, el principal reto era construir una nación, edificar sobre el sentido y la identidad de la unidad nacional[4]. Para ello, el único camino realista era el sufragio universal y abolir las leyes raciales. El riesgo de guerra civil no era ni mucho menos una fantasía. El gobierno afrikáner sabía que tenía que ir por ese camino. Bajo la presidencia de P. W. Botha, en los años 1982-1983, se puso en marcha un proceso que años más tarde culminaría F. W. de Clerk. Pretoria fue en todo momento quien dirigió la transición, seleccionando los interlocutores y definiendo la agenda. Mientras tanto, fuera de sus fronteras, en 1988 Mijail Gorbachov llegaba al poder en la Unión Soviética, Ronald Reagan tomaba posesión como presidente para un segundo mandato y los dos líderes de la Guerra Fría celebraban su primera cumbre; en Polonia, el sindicato Solidaridad daba al mundo una lección de resistencia pacífica, y Juan Pablo II se consolidaba como un testimonio global de conciliación y coherencia moral. Al año siguiente, contra todo pronóstico, caía el Muro de Berlín. El apartheid tenía los días contados.
 
Aunque Mandela ha pasado a la historia como el actor principal de la nueva Sudáfrica, una observación realista de los hechos revela un escenario mucho más complejo. Aquí cabe mencionar el trabajo realizado por el Servicio Nacional de Inteligencia (SNI). Una figura que ha pasado desapercibida, pero que en mi opinión tiene una importancia esencial es Niël Barnard[5], director de los servicios secretos sudafricanos. Éstos tenían perfectamente identificados a los principales dirigentes del CNA, tanto fuera como dentro del país, sus capacidades reales, así como el estado de ánimo de su base social. Y sabían que, aunque Oliver Tambo era un brillante administrador, y que Walter Sisulu era el cerebro, ideólogo y planificador, el principal líder con verdadero carisma era Mandela.  
 
Haciendo un ejercicio de prospectiva, el servicio de inteligencia sabía en 1988 que el acuerdo político era la única respuesta a los problemas del país. Pero antes, necesitaban dar respuesta a tres preguntas: si sería posible un acuerdo pacífico con el CNA, conocer la actitud real sobre el comunismo, y averiguar si Mandela estaría interesado en un acuerdo pacífico. Recuerde el lector que en esa fecha permanecía en auge la Guerra Fría, y que el imperio soviético y el comunismo era una amenaza real para numerosos Estados. Con el tiempo, el propósito de fondo era evitar vulnerabilidades, ayudar a Mandela a prepararse para gobernar y para desempeñar un papel en el escenario mundial. En cuanto al aparato oficial, había diferencias entre los dirigentes de los organismos dedicados a la seguridad y los de las fuerzas armadas; en cuanto a estos últimos, incluidos los policías, los militares sabían que el acuerdo político era la única opción posible.
 
El primer encuentro de los servicios de inteligencia con “Madiva” fue en 1988, seis años después de que el presidente Botha diera luz verde al proceso, que estaba clasificado de “alto secreto” y que todavía no se había hecho público en el Consejo de Seguridad del Estado. Se le preparó y se le dieron las oportunas indicaciones para tratar con cada uno de los interlocutores. También se le fue preparando gradualmente para introducirle en una vida normal, tras 27 años en prisión, teniendo en cuenta su separación y posterior divorcio con Winnie. La historia demuestra que una revolución tan total como la que se diseñó desde el gobierno, en la que el poder podría pasar de la noche a la mañana a manos de los rivales históricos, provoca una contrarrevolución. Conseguir que la población blanca aceptara su voluntad, así como evitar que surgieran respuestas violentas o terroristas fue una de las líneas de actuación. Este tema era muy serio: el Volksfront, por ejemplo, había organizado 155 reuniones clandestinas en todo el país y entre sus partidarios contaba con 100.000 hombres, prácticamente todos con experiencia militar. Por su parte, los responsables del SNI y el CNA mantuvieron cuatro encuentros secretos en Switzeland.
 
La confianza mutua y la discreción entre los actores implicados, incluyendo los demás presos y la prensa, hicieron fructíferas las cartas y las entrevistas entre Mandela, el ministro de Justicia Kobie Coetsee, y el presidente P. W. Botha. El diálogo se planteaba exclusivamente entre quienes tenían el poder real del país, sin intermediarios. La cárcel se convertiría en un escenario político y el National Intelligence Service custodiaría todos y cada uno de los movimientos de la partida. Gobierno de la mayoría y la paz interna eran dos caras de una misma moneda. La resolución del conflicto pasaba por crear las condiciones para el cambio político: buscar una fórmula negociada para lograr la conciliación de los miedos blancos con las aspiraciones negras. Para Mandela, y este aspecto es manifestación de su liderazgo, el reto no era ganarse a los blancos sino convencer a su propia gente, una delgada línea roja entre la generosidad y el resentimiento. Una vez más, el factor humano como vía para la solución de conflictos. Este esfuerzo no se dio únicamente en el gobierno blanco que encarnaba la segregación racial, sino muy especialmente en las comunidades negras, muchas de ellas etnias enemistadas, y en el Congreso Nacional Africano, que no fue fácil de encauzar y que sigue hoy con un lastre ideológico[6].
 
El 11 de febrero de 1990 Mandela dio en Johannesburgo su primer discurso en libertad. En 1994 una mujer negra fue elegida Miss Sudáfrica, y más tarde, Mandela y De Clerk recibieron el Premio Nobel de la Paz. El resultado de tres años y medio de negociaciones fue un pacto por el que el primer gobierno elegido democráticamente sería una coalición que iba a compartir el poder durante cinco años. El presidente pertenecería al partido mayoritario pero la configuración del gabinete debía reflejar la proporción de votos obtenida por cada partido. Las disposiciones ofrecían garantías de que ni los funcionarios blancos, incluidos los militares, iban a perder su trabajo, ni los granjeros blancos iban a perder sus tierras. Tampoco habría ningún juicio público contra responsables del gobierno anterior.
 
El rugby era una realidad importante y, por lo tanto, una oportunidad. No se trataba del “deporte violento de los blancos”, sino la expresión deportiva de una cultura, una forma de ser sudafricana. Y esa es la razón por la cual la foto del presidente negro vestido con el número 7 de la camiseta de los Springboks, la selección nacional, dio la vuelta al mundo. Un equipo, un país. Efectivamente, el deporte es un poderoso instrumento de movilización de masas y agudiza las percepciones políticas. Como Mandela afirmó años más tarde en la entrega a un premio por la labor del futbolista brasileño Pelé, “el deporte tiene el poder de transformar el mundo; tiene el poder de inspirar, de unir a la gente como pocas cosas… Tiene más capacidad que los gobiernos de derribar las barreras raciales”. La imagen de Nelson Mandela felicitando al capitán de la selección nacional de rugby, Françoise Pienaar, y festejando la victoria contra Nueva Zelanda en la Copa del Mundo de Rugby de 1995 manifestó una parte muy importante de la identidad y la reconciliación nacional. Hay que tener en cuenta que la comunidad negra opositora había considerado a los Springboks durante muchos años como un símbolo de la opresión del apartheid, tan repugnante como el himno y la bandera nacional.
 
El factor humano es clave en la resolución de conflictos. También de sus potenciadores, para el caos. En el encuentro y el diálogo de las partes enfrentadas, el poder identificar los aspectos que unen y la capacidad negociadora de sus interlocutores, permite ir avanzando hacia una resolución pacífica. En el caso de Sudáfrica, la voluntad de lograr una convivencia pacífica, el ideal de la unidad nacional y el saber poner el acento en la visión de Estado, fueron elementos esenciales que ayudaron a superar las barreras. Se trataba de poner en marcha una “revolución negociada”. En 1991, tras el final de la Guerra Fría, había solo tres democracias libres en África; ahora hay veinticinco. Si bien la dinámica de los medios de comunicación hace que los mitos sean inevitables, estos iconos no deben hacernos perder de vista las cuestiones de fondo y los matices de la siempre compleja realidad social y política. Es el caso de Mandela y Sudáfrica.
 

* Gabriel Cortina desarrolla proyectos en el ámbito de la industria de defensa y la seguridad nacional, y participa en foros de opinión sobre política internacional.
 
 
 
 
Fuentes consultadas
 
Barnard, Neil. Entrevista con John Carlin. Frontline, The long walk of Nelson Mandela. PBS, 2008
Carlin, John. Playing the Enemy, 2008. Versión en español: El factor humano, Editorial Seix Barral, 2009
Hochschil, Adam. A match in the secret, New York Times, 2008
Meredith, Martin. In the name of apartheid: South Africa in the postwar period. New York, Harper & Row, 1998
Mundo Negro, revista y página web www.mundonegro.com
Sanders, James. Apartheid´s Friends. The rise and fall of South Africa´s secret services. John Murray Publishers, 2006
Stengel,Richard. Mandela´s Way: fifteen lessons on life, love and courage. Crown Publishers, 2010. Versión en español: El legado de Mandela, Temas de Hoy, Ediciones Planeta, 2010
 
 
 


[1] El hecho de que el presidente del gobierno sudafricano a partir de 1948, fecha que coincide con el inicio del apartheid, fuera un clérigo de la iglesia reformada holandesa, Daniel Francois Malan, es una cuestión importante a tener en cuenta a la hora de comprender la visión antropológica y moral de esa decisión política, un aspecto que se deja de lado con relativa frecuencia. En el caso que analizamos es fundamental.
[2] Reportaje “Sudáfrica, las fotos de la vergüenza” de Rodrigo Padilla, publicado en el suplemento dominical XL Semanal, 27 de junio de 2010.
 
[3] Un ejemplo de ello es el durísimo artículo de John Carlin, titulado “Discovering a sense of national unity”, contra los abusos y las contradicciones del líder de la Liga Juvenil del CNA, Julius Malema, por su discurso marxista-leninista y su colección de coches Mercedes Benz, Audi y Range Rover, entusiasta del déspota Robert Mugabe, el tirano de Zimbwue, así como por resucitar la popular canción racista “kill the farmer, kill the Boer” (suplemento Weekend Journal del Washington Post, 11 de junio de 2010).
[4] El carácter singular de Sudáfrica viene definido por su multiculturalidad, realidad que se expresa en el concepto de Rainbow Nation. Reflejar esta identidad fue lo que se procuró en el diseño de la nueva bandera nacional y es lo que aparece en el escudo oficial: “Unity in diversity” (“Unidad en la diversidad”).
 
[5] Niël Barnard (1949) fue director del South Africa´s National Intelligence Service de 1980 a 1992. Sin experiencia previa en servicios de inteligencia, fue nombrado máximo responsable a la edad de treinta años. Sus anteriores responsabilidades estuvieron en el Departamento de Seguridad Nacional (DONS) y en la Oficina de la Seguridad del Estado (BOSS). Trabajó bajo las órdenes del presidente P. W. Botha, y posteriormente para F. W. de Clerk. Su primer encuentro con Mandela en prisión tuvo lugar en 1988. Fue el planificador y diseñador en la sombra del proceso de transición política en Sudáfrica. Como anécdota, cabe señalar que nunca vio con buenos ojos el hecho de poner en un pedestal a Mandela, por parte de los medios de comunicación, siendo consciente de su atractivo y carisma. La imagen de “mito” contrastaría con las posibilidades reales de actuación como presidente a la hora de poner en marcha las reformas deseadas.
[6] Como se ha escuchado en algunos medios, simplificar la situación Afrikáners-CNA como un conflicto entre conservadores y progresistas es la típica visión miope y politizada de cierta opinión pública, incapaz de ver con objetividad matices que dan forma a conflictos complejos que tienen otras causas, no únicamente la ideológica. En este aspecto, es curioso que John Carlin no mencione en ninguna de las 334 páginas de su exitoso libro Playing the Enemy las razones por las que Mandela fue acusado de terrorismo, así como de los atentados de los que fue directamente responsable, o de la entusiasta opinión que profesaba hacia el comunismo, la misma ideología que levantó el Muro en Berlín, que animaba la guerrilla de Che Guevara o que mantiene hoy la dictadura de Castro, y que poco o nada tiene que ver con la libertad o los derechos humanos.