Por qué el PP debe desaparecer

por Rafael L. Bardají, 17 de febrero de 2020

El mantra anda ya instalado en muchas mentes: si la derecha quiere ganar algún día, no puede ir a las elecciones dividida. Poco importa que la izquierda si acuda a las urnas fragmentada, la derecha así no vencerá. Eso es lo que se dice sin preguntarse por qué el centro-derecha lo disputan tres partidos. 

 

No voy a entrar aquí y ahora a explicar por qué existen Ciudadanos, PP y Vox.  Lo que sí parece claro es que, independientemente de la palabrería sobre la unidad, quienes más quieren una suerte de refundación de los constitucionalistas suelen ser siempre los más débiles políticamente hablando.  Es decir, en estos momentos los C’s de Inés Arrimada.  Tal vez por eso se haya topado con la falta de generosidad de un PP que sigue soñando con su antiguo carácter imperial de ser el único sol que brillaba a la derecha del socialismo español. La nuestra es una política de horcas caudinas, no de generosidad.

 

No sé si Ciudadanos acabará por sucumbir al empuje del PP de Pablo Casado o podrá recuperar a los cientos de miles de sus votantes que se quedaron en casa en los anteriores comicios. Pero de lo que si estoy convencido plenamente es de que para salvar a España de sus demonios el PP y Vox no pueden competir por un mismo espacio. Es más, me atrevería a decir que para salvar a España de su suicidio colectivo sólo Vox podría intentarlo. Esto es, que el PP es más bien y todavía un obstáculo y que por eso debe desaparecer. 

 

Los problemas de España hoy no hunden sus raíces económicas (aunque la crisis los agudice). Son problemas de índole cultural o civilizacional, mucho más relacionados con qué somos y qué aspiramos a ser, que con lo que tenemos y podemos gastar. Y eso es algo que nunca el PP llegó a entender, dada su visión esencialmente economicista de la política. Su empeño en presentarse siempre como grandes gestores se debe a su forma de separar política e ideas, gestión y batalla cultural.  Bien por desdén hacia el pensamiento, bien por cobardía a la hora de enfrentarse a la izquierda, se ha permitido una hegemonía contracultural en la España postfranquista que está en la raíz misma de nuestros males.  Que los jóvenes en buena parte quieran ser funcionarios y no arriesgarse como emprendedores; que los parados prefieran cobrar los subsidios antes que trabajar en una labor que no sea lo suficientemente cómoda para ellos; que la palabra sacrificio haya desaparecido a favor del disfrute inmediato; que la educación se centre en cualquier cosa –desde enseñar felaciones a cómo defender a las mariposas autóctonas- menos en lo importante educativamente hablando, matemáticas, cálculo, lógica, historia…; que la licenciatura y másters se hayan sobrevalorado y convertido en un derecho universal, relegando otras alternativas formativas, como la antigua FP; que las instituciones esenciales de nuestra sociedad, como la familia estructurada, de padres y madres, se considere algo arcaico y que la modernidad de las uniones de todos los géneros sea vea como lo vital; que los hijos no sean ya más una apuesta existencial, sino un capricho o una carga insufrible; que la fe sólo se vea como una creencia a ridiculizar  en una sociedad absolutamente materialista y pagana… todo eso se debe no a un corrimiento de valores natural e inexorable con el paso de los tiempos. Es el resultado de opciones políticas y en nuestro caso concreto, de la falta de visión de un PP que nunca ha querido o sabido calibrar el peso y el impacto de las ideas en nuestra forma de vida.

 

Es más, pasado el anuncio de la regeneración con el que se aupó a Pablo Casado al frente de los populares, en anunciada ruptura con los años de rajosorayismo, las aguas han vuelto a su cauce natural y poco o nada ha cambiado a mejor. Da igual donde se mire, si a Alonso en el País Vasco, a Feijó en Galicia o Díaz Ayuso en Madrid. Su planteamientos existenciales están más cerca de la socialdemocracia y la izquierda, que de planteamientos de centro-derecha o conservadores.  No se han enterado que ya no se trata de impuestos, sino de identidad.

 

Habrá muchos que discrepen de mi opinión y estarán dispuestos a darle al PP su voto, aunque sea pinzándose la nariz, y conseguir así echar a la izquierda del poder. Mi única defensa es que echen cuentas y miren el pasado cercano: una cosa es estar en el gobierno y otra el poder. Cuando el PP ha estado reinando en la Moncloa si, tenia el gobierno, pero ejercía el poder como se viniera de la izquierda. Y nada, nada, me lleva a pensar de que no volvería a hacerlo otra vez. Sólo hay que escuchar a los marotos de turno que tanto abundan en el equipo de Casado. Aunque se lograse echar a Sánchez e Iglesias, se volvería a alimentar el monstruo de las anti-España, porque lo único que saben hacer es tenderle la mano y alimentarlo, no combatirlo para acabar con él.

 

El PP tuvo todo su sentido histórico, pero su tiempo es ya algo del pasado. Que los españoles se den cuenta de ello a tiempo dependerá de muchas cosas, entre ellas la inteligencia de quienes compiten por su espacio. No podemos olvidar tampoco que no siempre que se nos da la libertad de votar, elegimos bien. Que no se nos olvide la España del Chiquilicuatre. Pero, esta vez, el riesgo de pegarnos nosotros mismo un tiro mortal, es demasiado alto como para permitirnos frivolidades y equivocaciones. Espero.