¿Qué plan para Egipto?

por GEES, 5 de julio de 2013

 El círculo vicioso de la política islamista de la Hermandad Musulmana en Egipto culmina su recorrido volviendo a la casilla de salida.

La primavera árabe comenzó cuando un vendedor ambulante de Túnez, Mohamed Bouazizi, se quemó a lo bonzo en protesta por la corrupción generalizada y la opresión de las masas. Evolucionó hacia la expulsión de los dictadores al tradicional exilio (el Ben Alí de Túnez), la insólita detención (Mubarak en Egipto) o la no por violenta menos clásica guerra (Gadafi en Libia). Evoluciona ahora hacia la permanencia como ilustra el caso sirio. Aunque se puede mantener alguna esperanza en Libia donde los sectores liberales apoyados por Occidente orientan la transición, la deriva islamista tunecina y la debacle egipcia son lo más significativo.
 
Se imponen las siguientes conclusiones. Primera, consagrar el islamismo en la Constitución como hicieron Morsi y la Hermandad Musulmana en Egipto es absolutamente incompatible con la democracia. No sólo porque su significado en Oriente Medio sea un hombre, un voto, una vez, sino porque el islamismo es intrínsecamente contradictorio con el respeto a las minorías (reconocimiento de derechos fundamentales) que permite subsistir a la democracia liberal.
 
Pero aunque –segunda conclusión– las constituciones no puedan ser islamistas, ¿pueden serlo los partidos? Tampoco. Como demuestran los sucesos de Egipto, son incapaces de gobernar. Las masas islámicas, después de la invasión americana de Irak en 2003 y consiguientes elecciones, vieron que podían influenciar el poder que se ejercía sobre ellas. Constatan ahora que en ningún caso si quien lo detenta es un fanatismo armado con armas occidentales y un afán totalitario. Sin libertad o mínimos rudimentos de economía y convivencia nada pueden proporcionar a la población oprimida representada por Bouazizi. Morsi ni siquiera logró que el FMI entregara 4.800 millones de dólares (pecata minuta para lo que se viene prestando en materia de rescates últimamente) o mantener al mando algún ministro de turismo.
 
Por último, el liderazgo desde atrás de Obama ha dejado huérfanas las legítimas aspiraciones a la libertad de las poblaciones de la zona. La ausencia de influencia americana, propiciada por una errónea interpretación de los resultados de las invasiones de Irak y Afganistán, ojalá haga que sean los propios árabes los que constaten las insuficiencias del modelo. Porque la ausencia de alternativa al islamismo sólo ofrece una salida: el regreso al autoritarismo. Podría pensarse en el modelo turco antes de Erdogan donde junto con la Constitución el Ejército era el baluarte del orden formado por Atatürk. Pero no parece ser el caso de Egipto.
 
Ninguna de las opciones generadas por Oriente Medio ­–el islamismo o la copia de los sistemas totalitarios occidentales de los que el partido Baaz de Irak o Siria son los mejores ejemplos–, es viable. Salir del caos para volver al autoritarismo será un avance, pero insuficiente para un Islam que se empeña en anclarse en el siglo VII sin acabar de abrirse al modelo occidental que, por otra parte, pasamos bastante de exportar.