¿Qué somos?

por Rafael L. Bardají, 18 de diciembre de 2018

(Publicado en Eldebate.es, 18 de diciembre de 2018)

 

Desde su irrupción en las elecciones andaluzas, no hay día que los medios no saquen algún artículo sobre Vox. Y más exactamente, sobre la naturaleza de Vox. El pistoletazo de salida lo dio el propio gobierno, quien desde su púlpito de la Moncloa calificó al partido que lidera Santiago Abascal de “anticonstitucional” y acaba de ser rematado por una editorial del diario El País, donde se llega a firmar que Vox es, en realidad, “antidemocrático”. Lo paradójico de ese periódico es que basa su acusación en tres razones: que Vox quiere modificar el artículo 2 de la constitución para poner fin a las autonomías; que Vox quiere hacer distingos entre españoles e inmigrantes ilegales; y que Vox apela a los sentimientos y no a la razón de sus votantes. Justo en lo que cae la izquierda, el gobierno y El País, agitadores de miedos construidos sobre premisas falsas.

Por su parte, los líderes de Ciudadanos no dejan de aprovechar la más mínima oportunidad para denunciar a Vox como una fuerza “populista” y desde el PP lo más benigno que se ha dicho ha venido desde la boca de su expresidente de honor, José María Aznar, quien ha dicho de Vox que tiene “un discurso populista sencillo”.

Hay muchos que quieren equiparar a Vox con el Frente Nacional de Marine Le Pen, pero las evidentes diferencias no le aguantan la comparación. Ni tampoco con la Liga de Salvini, ni con el Partido de la Libertad de Geert Wilders o Alternativa para Alemania. Algunos otros, más arriesgados, aventuran que Vox se acerca más al ideario de Trump pero, al mismo tiempo, niegan que Trump tenga ideología alguna.

La verdad es que los partidos tradicionales y las elites culturales, eso que se llama normalmente el establishment, se han hecho un flaco favor denunciando a todo lo que no son ni se comportan como ellos como “populismo”. Da igual que se hable de la izquierda o de la derecha. Populista se usa como un insulto y como arma arrojadiza. Populismo y deslegitimización viene a ser para ellos lo mismo.

Precisamente porque el término populista ha dejado de tener significado, más allá del insulto, es por lo que todas las fuerzas e instancias tradicionales siguen sin explicarse el enorme salto adelante que ha dado Vox, justo en un feudo de la izquierda, y lo que se avecina en el resto de España, incluida Cataluña. Quizá el caso más revelador de la incomprensión de qué es Vox lo haya dado recientemente Cayetana Álvarez de Toledo, quien, tras un tuit del presidente de Vox criticando al líder de Podemos, Pablo Echenique, y defendiendo la expulsión de extranjeros cuyo objetivo fuese la destrucción de España, saliera en defensa del podemita “como argentina”. Esto es, construye su desacuerdo sobre el sentimiento nacionalista que no le aguanta a Vox. Y saco a colación este ejemplo porque responde a una persona culta e inteligente, pero, como muchas otras, andan ciegas ante las pulsiones que construyen y destruyen a los pueblos.

Yo creo que lo que Vox es en realidad, es un partido “civilizacional”. Esto es, que basa sus propuestas sobre una clara columna vertebral: la identidad española, entendiendo ésta como la expresión de una cultura que ha moldeado a todo un pueblo a lo largo de la Historia. Y que esa identidad que hace que un español sea distinto a un portugués, un argentino o un chino, por no hablar de un árabe, esté construida sobre unos rasgos concretos, seamos conscientes de ellos o no. Para Vox, hasta donde yo entiendo, el problema fundamental de esta etapa que vivimos es que es, precisamente, nuestra identidad como españoles y la nación que la soporta, lo que están amenazados. Desde dentro y desde fuera. Por separatistas y por inmigrantes que no vienen a vivir bajo nuestras señas de identidad y que no aceptan que sus valores y sistemas de vida se tienen que quedar en sus países de origen. Particularmente, si sabemos como sabemos, que muchos de ellos, cuando provienen de países de religión musulmana, no sólo no quieren integrarse, sino que demandan que su religión y sus leyes se apliquen en nuestro suelo. De ahí que cuando Vox se presenta como acusación particular o cuando pide “los españoles primero” está simple y llanamente defendiendo lo que somos los españoles: un pueblo de raíces judeo-cristianas, con un propósito común, España. Vox no es racista. No tiene nada en contra del color de la piel. Pero sí cree que si nuestra civilización deja de defenderse frente a la de los extranjeros, dejaremos de reconocernos y de ser lo que nos hace españoles. No se trata de raza, ni de identidad sexual, ni género. Se trata de nuestra historia, de nuestra cultura. No es por resultar aguafiestas para todos los que acusan a Vox de anticonstitucionalista, pero es la misma Constitución española la que introduce la distinción esencial entre españoles y extranjeros. 

En fin, si las propuestas de Vox fuesen tan malas resultaría inexplicable la rapidez que se dan algunos, empezando por el renovado PP, de atribuirse la paternidad de algunas de ellas. No sé cuál será el rédito electoral que saquen con esta actitud, pero para mi que se equivocan. No porque los votantes siempre prefieran el original a la copia, sino porque demuestra una vez más la incomprensión del fenómeno Vox. Los partidos alternativos se caracterizan más por la forma en que plantean sus ideas y sus rechazos y no tanto por lo que defienden. Son un centro revolucionario y no un centro reformista, por recurrir a la terminología al uso en nuestro país. Pero esa es ya otra historia.