Rusia se lleva la presa

por Marta González Isidoro, 10 de marzo de 2014

El envío de tropas a Crimea por parte de Rusia ha puesto a Europa muy nerviosa. Y a Estados Unidos todavía más. La primera, porque ve cómo despierta de su aletargado sueño el fantasma de la guerra en el enclave más estratégico para Rusia, porque alberga su flota de submarinos nucleares en el Mar Negro y porque históricamente es su salida natural al Mar Mediterráneo y su conexión con Oriente Medio. Pero también porque, desde el punto de vista sentimental, tres nacionalidades, Bielorrusia, Ucrania y Rusia reivindican este antiguo territorio de la Rus de Kiev como su legado cultural. Esa federación de tribus eslavas orientales con identidad nacional propia desde que en el siglo X forjaran un Imperio separado política, cultural y religiosamente de esa otra Europa occidental, la nuestra, que también se formaba por entonces y que conocemos como Sacro Imperio Germánico. Desde el Báltico (norte) al Mar Negro (sur) y desde la cabecera del Vístula (oeste) hasta la Península de Tamán (este), esta enorme franja de terreno fronteriza, ruta comercial del Dniéper y crisol multicultural de vecinos poco avenidos - eslavos, mongoles, cosacos, tártaros, rutenos, eslovenos, moldavos, turcos o rusos -, ha visto cómo sus fronteras se dibujaban y desdibujaban a lo largo de los siglos y cómo su población era engullida por lituanos, polacos, austro-húngaros, alemanes o rusos según soplara el viento de la oportunidad política. Desvaríos de la geopolítica, la Ucrania territorialmente dividida entre el Imperio austro-húngaro y el ruso, participará en la Primera Gran Guerra del lado de los dos bandos en contienda. Tres millones y medio de ucranianos lucharán integrados en el ejército imperial ruso, y 250.000 en las filas del austro-húngaro. Al final de la guerra, la deportación y la transferencia masiva de población se convertirá en una práctica habitual para limpiar territorios y evitar oposiciones indeseables. Sólo en la ciudad de Hàlych más de 5.000 ex combatientes, prisioneros políticos, miembros del clero ortodoxo, mujeres y niños rusos y de otras minorías étnicas rusófilas, serán detenidos e internados en campos de concentración en Austria (Thalerhof), Estiria (Eslovenia, hoy en Austria) o la antigua Checoslovaquia (Terezin). Stalin hará lo propio con los del otro bando, sometiendo a la población ucraniana y a otras minorías no rusas a un expolio de sus recursos, a una colectivización forzada y a una hambruna premeditada que dejó la friolera de más de tres millones de muertos según los últimos estudios. Un genocidio que los ucranianos no olvidarán incluso cuando su país vuelva a unificarse después de la Segunda Guerra Mundial y opten por incluirse en la órbita soviética. Son los efectos derivados de repartirse territorios desplegando un mapa encima de la mesa. Nuevas fronteras que la Comunidad Internacional post ONU sancionará sobre la base del respeto a la integridad territorial e inviolabilidad de las fronteras para evitar revivir los dramas de un pasado no tan lejano.

 

Estados Unidos también se ha puesto nervioso. La decisión del presidente ruso, Vladimir Putin, de enviar tropas a Crimea para salvaguardar la defensa de la población rusa y de sus intereses estratégicos, ha desviado momentáneamente la atención internacional de otros conflictos que también suponen un problema para la paz y la seguridad mundiales. Siria, Líbano, Libia, el proceso de paz palestino-israelí o las negociaciones con Irán a propósito de su programa nuclear, se han visto relegados de la agenda internacional por haber entrado en escena el viejo enfrentamiento entre las dos antiguas superpotencias por el control de sus áreas de influencia en Europa. El riesgo de que las relaciones entre Estados Unidos y Rusia se enfríen hasta el punto de levantar un nuevo telón de acero no es ninguna broma. El presidente norteamericano, Barack Obama habla de sanciones y de una respuesta contundente si Rusia no repliega sus tropas. Occidente, en base al Acuerdo de Budapest firmado veinte años atrás, y por el que se compromete a garantizar la independencia y soberanía de Ucrania, pone a la OTAN en estado de alerta. Rusia reacciona probando un nuevo misil balístico intercontinental de última generación – RS-12 M Tópol – coincidiendo con la visita del Secretario de Estado norteamericano John Kerry a Ucrania. Y en este escenario de incertidumbre, de gestos y desafíos, la UE sigue despistada, como siempre.
 
Porque el presidente ruso, no sólo ha enseñado los dientes, sino que también ha marcado territorio. Y ha dejado claro que en sus asuntos, no permite injerencias. Crimea, controlada por tártaros y turcos, forma parte integral de Rusia desde 1783. Stalin la convirtió en una provincia más y deportó a los tártaros – más de 200.000 – a Siberia acusándoles de haber colaborado con los nazis durante la guerra. En 1954 el nuevo líder soviético, Nikita Jrushchov, la asoció a la entonces República Soviética de Ucrania con el estatus de región autónoma. Tras la desmembración de la URSS en 1991, Rusia decidió anular la transferencia de su región autónoma a pesar de las presiones del nuevo gobierno independiente ucraniano por mantenerla bajo su soberanía y de los deseos manifestados desde entonces por la propia población de Crimea, mayoritariamente rusa, por volver a formar parte de su madre patria.
 
En pleno retroceso de Estados Unidos de Oriente Medio, sin peso específico en la crisis siria y cuestionado por su aliado estratégico en la zona – Israel-, el presidente Barack Obama no tiene ninguna intención de asumir riesgos inútiles más allá de hacerse valer con pequeños gestos, como la retirada de visados a funcionarios, la suspensión de maniobras militares conjuntas y la congelación de activos a particulares y empresas rusas que hayan participado en la ocupación ilegal del territorio.
Advertencias políticas y apoyo aéreo para proteger la frontera de Polonia y el espacio aéreo de Lituania, Estonia y Letonia en caso de aumento de una tensión que nadie desea. La Unión Europea, por su parte, se apresura a reconocer al nuevo gobierno interino de concertación nacional surgido el 22 de febrero tras la destitución de Víktor Yanucovich, y a ofrecer un paquete de ayudas por valor de 11.000 millones de euros para reforzar la democracia y sanear las cuentas. A los veintiocho no parece incomodarles mucho el origen ideológico de los miembros del gobierno de Arseni Yatseniuk, sospechosos de pertenecer a partidos y grupos nacionalistas de extrema derecha, antirusos y antisemitas. Un cóctel peligroso teniendo en cuenta que la ultraderecha – y los movimientos neonazis – aumentan en Europa a pasos agigantados. Y en países tan civilizados como Suecia, Suiza, Holanda, Grecia, Finlandia, Austria, Francia, Dinamarca, Bélgica o Noruega están en el parlamento, incluso en el gobierno. Quizá los modales refinados de Yatseniuk o de Vitali Klitschko les hayan convencido de que representan a una mayoría europeísta, integradora y liberal. Quizá pese más el recuerdo de las guerras de los Balcanes de finales de los años 90 y el deseo de aplacar a la bestia. O simplemente, el temor a que un solo movimiento de fronteras no consensuado provoque un terremoto de dimensiones imprevisibles en las regiones vecinas con minorías étnicas dispersas en diferentes territorios. Georgia, Moldavia su contencioso con Transnistria, el territorio situado entre los ríos Dniester y el Bug, Eslovenia o la antigua Besarabia, son sólo unos ejemplos de la fragilidad de unas fronteras establecidas por la fuerza y mantenidas por un Derecho Internacional que ahora se cuestiona. España, con un referéndum independentista a la vuelta de la esquina en Cataluña, ya se ha apresurado a calificar de ilegal la consulta que el Parlamento de Crimea ha fijado para el 16 de marzo para sancionar la anexión a la Federación Rusa.
 
Putin ha ganado su pieza. La diplomacia europea tendrá que emplearse a fondo en las próximas semanas para convencer a las autoridades de Kiev que acepten, como un mal menor, la segregación de Crimea a cambio de conservar la unidad territorial del resto del país y el compromiso de inclusión en la esfera de influencia occidental. Va a ser difícil controlar la reacción de los movimientos más nacionalistas, como Pravi Sektor o Svoboda. Porque el riesgo de la pérdida de soberanía, de guerra civil y de desintegración del Estado es muy alto. Y el riesgo de que Putin se sienta con las manos libres para recuperar sus otras zonas de influencia en Europa oriental, también.