Siria para perplejos

por Rafael L. Bardají, 15 de septiembre de 2016

 
Publicado originalmente en Papeles FAES 
 
El pasado sábado 11, los ministros ruso y norteamericano de Exteriores, Sergei Lavrov y John Kerry, anunciaban haber llegado a un acuerdo de alto el fuego y cese de hostilidades a entrar en vigor dos días más tarde en toda Siria. Desgraciadamente, no es el primero que se alcanza desde que comenzó el conflicto en 2011. De hecho, desde entonces, la Liga Árabe, Moscú, el Grupo de Amigos de Siria, las Naciones Unidas, Irán, Riad, el Grupo Internacional de Apoyo a Siria, Estados Unidos y tres conferencias en Ginebra, han avanzado distintas soluciones y alternativas para detener los combates, aliviar el sufrimiento de la población, iniciar un camino político para salir de la sangrienta crisis y buscar una solución duradera para Siria. Al menos 16 propuestas que han sido sucesivamente aplaudidas y rechazadas. La guerra nunca ha parado. Por una sencilla razón: ninguna de las partes implicadas acepta la situación en la que están y ninguna está dispuesta en este momento a renunciar a su victoria, mucho menos a ser derrotada.
 
El acuerdo ruso-americano conlleva, tal como se ha presentado, cuatro tipos de acciones diferenciadas: los rusos dejarán de bombardear a los grupos rebeldes “moderados” que había apoyado hasta ahora Estados Unidos; los americanos y la coalición internacional atacarán con mayor intensidad a los yihadistas vinculados a Al Qaeda, como es el caso del Frente Al-Nusra (hoy reconvertido en Fatah al-Sham); ambos se coordinarán para castigar al Estado Islámico; y, finalmente, el régimen de Bashar al-Ásad cesará de bombardear indiscriminadamente a la población civil de las áreas rebeldes (la mayoría del país, dicho sea de paso).
 
Ojalá que este acuerdo llegue a funcionar. Pero no está nada claro que vaya a ser así habida cuenta de los intereses enfrentados e irreconciliables de todas las partes –y son muchas–. De momento, más allá de la esperanza de que esta vez sí sea distinto, lo único claro es que la guerra de Siria ha sido una catástrofe humana, un cataclismo estratégico para toda la región y una fuente de amenazas terroristas para todo el mundo. Ha causado entre un cuarto y medio millón de muertos, según qué fuente; ha implicado en combates directamente a fuerzas del régimen, a unos 1.200 grupos rebeldes, a la Guardia Revolucionaria iraní, a Hizbulá, a milicias iraquíes, a tropas americanas, francesas, británicas, rusas y turcas; y ha enfrentado mortalmente a yihadistas de Al Qaeda y del denominado Estado Islámico. Aún más, el caos y la violencia ha permitido la constitución de emiratos islámicos en el sur de Siria y del Califato a caballo del territorio sirio e iraquí. Qatar, Emiratos y Arabia Saudí han financiado grupos rebeldes, moderados y radicales e Israel actúa con bombarderos selectivos cuando entiende que armas que pueden alterar el balance de fuerzas contra sus intereses están siendo transferidas a los terroristas libaneses de Hizbulá.
 
En realidad la guerra de Siria encierra varias guerras en las que constelaciones de alianzas se enfrentan entre sí de manera táctica las más de las veces y en las que las partes cambian de lado según el momento. Con este texto mi objetivo es arrojar un mínimo de luz para poder entender mejor los elementos esenciales de este sangriento conflicto.
 
 
A Siria no llegó la “Primavera”
 
Todo tiene un comienzo y el estado en el que se ha hundido Siria en estos años hay que fecharlo en marzo de 2011. Alimentados por la esperanza de ver cómo los dictadores del norte de África caían como un dominó bajo la presión de la protesta social, de Túnez a Egipto, de Libia a Yemen, muchos sirios se creyeron con la legitimidad y fuerza para protestar públicamente por su sufrimiento bajo la tiránica dictadura de la familia Al-Ásad. Máxime cuando ésta representaba y defendía los intereses de una minoritaria secta chií en un país de amplia mayoría suní.
 
Unos niños que realizaban pintadas contra el régimen fueron detenidos, torturados y sus cuerpos fueron entregados mutilados a sus familias. El 17 de marzo, “viernes de la rabia”, fue un día de manifestaciones y protestas en todo el país contra la brutalidad de Al-Ásad. El presidente sirio podía haber actuado de manera conciliadora y abrir un proceso de conversaciones, una transición, pero optó por incrementar el nivel de represión, movilizando a su policía secreta, al ejército y a unidades paramilitares para aterrorizar a la población. En dos meses, más de dos mil civiles habían sido asesinados. En junio, varios generales no sólo desertaron de las filas del régimen, al igual que muchos soldados, sino que crearon el primer núcleo de resistencia armada contra Al-Ásad, el Ejército Libre Sirio (FSA).
 
A pesar de incrementar la represión y los ataques contra la población civil, el régimen de Damasco fue perdiendo terreno rápidamente, de tal forma que tras el verano sólo controlaba en torno al 20% del territorio, estaba a las puertas de perder Alepo, la segunda ciudad más importante de Siria y el mayor núcleo económico, y su estabilidad política se tambaleaba.
 
Ante el temor de que el régimen cayera, Irán, quien tenía al régimen de Al-Ásad como un socio indispensable en su estrategia de influir en el Levante, comenzó a apoyar financieramente y con armamento a las unidades fieles al régimen y a mediados de otoño de 2011, con asesores militares y finalmente con unidades de combate de su guardia de élite, la Guardia Revolucionaria. Y dentro de ésta, las fuerzas especiales al-Quds, bajo el mando del general Soleimani, quien se dejaría ver ostentosamente en sus visitas a las zonas de operaciones.
 
Como veremos más abajo, la involucración iraní marcaría el primer acto de la internacionalización del conflicto así como de su dimensión religiosa del eje chií frente al suní. El efecto inmediato fue el refuerzo de las capacidades militares tanto en el bando oficialista como en el de los rebeldes y, en consecuencia, una mayor violencia.
 
El drama humano causado por el conflicto sólo puede intuirse por el nivel de barbarismo que reflejan las cifras: de una población que rondaba los 21 millones en 2011, según la ONU, casi 300.000 han muerto (medio millón según el recuento de organizaciones civiles sirias); más de la mitad, 11 millones, se han visto obligados a desplazarse de sus hogares, 4,5 como refugiados en países vecinos, Europa y Estados Unidos, y 6 dentro de la propia Siria. Como dice un experto israelí, el profesor Shmuel Bar, “cada hogar sirio se ha visto golpeado directamente por la violencia de la guerra”. Y no podemos olvidar que, como toda guerra civil, aderezada además por un componente religioso que otorga a cada parte una superioridad moral y la demonización del oponente, la guerra en Siria se ha desarrollado al margen de cualquier respeto a las leyes de la guerra, con secuestros, violaciones y torturas conducidas por todos los actores. Baste recordar cómo ha sido en Siria donde se han llegado a utilizar las horribles armas químicas: Al-Ásad lo hizo primero en agosto de 2013 contra una barriada del sur de la capital, causando más de 1.400 muertos (de entre ellos unos 300 niños). El Estado Islámico también ha empleado gas mostaza contra los peshmergas kurdos en sus combates, al menos en dos ocasiones. Y todo apunta a que el régimen sigue usando armas químicas de cuando en cuando a pesar de haberse comprometido a deshacerse de ellas.
 
La extensión e intensidad de la violencia y el sufrimiento de esta guerra conlleva tres problemas complicados de gestionar: el flujo de refugiados; el odio y las ansias de venganza como freno para una potencial reconciliación nacional; y el futuro de una generación “perdida” de jóvenes criados en la violencia, las armas y los combates.
 
Para hacernos una idea, los movimientos de quienes huyen de la destrucción y el horror supone una carga económica importante para países, como Jordania, donde no sobra el dinero en gasto social precisamente. En otros casos, como en el Líbano, la llegada de más de un millón de suníes, amenaza con trastocar los delicados equilibrios demográficos y religiosos, debilitando un de por sí frágil gobierno. Hizbulá, el grupo chií libanés, no quiere perder posiciones, como es lógico. En Europa, la política de puertas abiertas defendida por la canciller alemana, Angela Merkel, ha generado una importante división entre Estados miembros, particularmente los centroeuropeos, una creciente fricción política entre partidos y, sobre todo, un extendido malestar social. Temas como el ascenso de la criminalidad o las agresiones sexuales a manos de inmigrantes musulmanes son un llamamiento a los extremos en la medida en que los gobiernos se hunden en su política de avestruz, como si no hablar de ello equivaliese a que el problema no existe. La posibilidad de que entre los cientos de miles de refugiados se hayan colado yihadistas al servicio de organizaciones terroristas como el Estado Islámico, amenaza con convertirse en un grave problema de seguridad.
 
Finalmente, cuando se ven las imágenes de la destrucción material, las familias rotas, jóvenes y niños deseosos de matar y morir cual mártires, cabe preguntarse qué posibilidades reales tiene una supuesta reconciliación nacional. Cuánto puede durar una paz si los asesinos de todos los bandos van a salir indemnes de sus fechorías, cuando toda una generación lo único que sabe cuidar es su arma y entregarse a la lucha. ¿Podrá un acuerdo gestado en oscuros pasillos en Moscú atemperar las pasiones sobre el terreno?
 
 
El Who´s who de los combatientes
 
En Siria, el censo de grupos combatientes se eleva hasta los 1.200. Unos apenas superiores a una célula; otros que cuentan con decenas de miles de fieles. Hay sirios que luchan contra y a favor de Al-Ásad y han llegado decenas de miles de jóvenes, desde más de cien países, para luchar en sus filas. Entre 6.000 y 8.000 sólo de Europa. Casi 2.000 de Marruecos. Unos 500 norteamericanos.
 
Para hacernos una composición de lugar, lo mejor es agrupar a los combatientes en cuatro categorías:
 
1.- En primer lugar, los sirios “leales” al régimen de Bashar al Assad. Este grupo se compone del grueso del Ejército sirio y de varios grupos que temen más a los islamistas que a Al-Ásad o que sencillamente le apoyan porque defiende sus intereses, étnicos, religiosos o económicos. Por ejemplo, entre los rebeldes se habla de las formaciones Shabiha, que no se corresponde con ningún grupo organizado, sino con una miríada de grupos de “vigilantes” creados tras las protestas de comienzos de 2011. Algunos, como en la ciudad de Alepo, vinculados a mafias (como la del clan Berri), otros al servicio de la protección de hombres de negocio (caso del primo del presidente Al-Ásad, Rami Makhlouf en Homs), y otros creados a partir de elementos del partido Baaz en el poder, como es el caso de numerosos grupos denominados Comités Populares, en realidad una auténtica fuerza de choque. Su objetivo común es el mantenimiento de Al-Ásad en el poder y la supresión de toda su oposición.
 
2.- En segundo lugar, los sirios rebeldes cuyo objetivo inmediato es el derrocamiento del régimen del Al-Ásad. Este campo está verdaderamente fragmentado, aunque un estudio del Centro de Contraterrorismo de West Point establece que sólo unas 13 agrupaciones cuentan de verdad. Por un lado están los llamados “moderados”. El principal entre ellos era el Ejército Libre Sirio (FSA) que aunaba bajo su alto mando militar a una cincuentena de grupos varios como el Frente Islámico Sirio de Liberación (con su famoso Batallón Farouq) o las Brigadas Islamistas Tawhid o las Brigadas Ahfad al-Rasoul, patrocinadas por Qatar. Sin embargo, todas estas fuerzas “moderadas” han ido perdiendo fuerza desde su creación en 2012, prisioneras de la cada vez más fuerte dialéctica religiosa entre chiíes y suníes en la que ha caído la guerra civil en Siria. Muchos de sus miles de militantes, frustrados por la ausencia de éxitos en el campo de batalla, pasaron a engrosar las filas de grupos más radicales. De hecho hay quien cree un auténtico milagro que sigan existiendo grupos que se definen como islamistas moderados en Siria. Los planes de entrenar y equipar a grupos seculares y prooccidentales, en los que Obama se gastó 500 millones de dólares en 2014, acabaron en un gran fiasco.
 
La guerra de Siria se lucha hoy en buena parte como una guerra religiosa. Las campañas adoptan nombres de la mitología islamista, se destruyen objetivos religiosos del bando contrario y se movilizan fuerzas a favor de la sharía. De entre los grupos islamistas más radicales cabe señalar el Frente Islámico Sirio, que agrupa a 11 facciones, de ellas la más prominente es Ahsar al-Sham. Aunque sin duda los más conocidos son Jabhat al-Nusra (hoy Fatah al-Sham) y el Estado Islámico. Al-Nusra nace vinculado a Al Qaeda, pero se nutre en buena medida de sirios y bajo su control no parece que se produzcan las atrocidades asociadas al mandato del Estado Islámico, la otra gran fuerza yihadista. El Estado Islámico hunde sus raíces en la vecina Irak y se ha nutrido de una gran proporción de muyahidines venidos del extranjero. A diferencia de Al-Nusra, geográficamente fuerte en el centro y suroeste, el Estado islámico emplazó su capital en Raqqa, en el este de Siria. El objetivo del EI ha sido crear su propio poder bajo el Califato e imponer un estricto rigorismo en la interpretación del Islam entre sus súbditos. Su búsqueda de la pureza islamista le ha llevado en numerosas ocasiones a luchar contra otros grupos rebeldes y menos contra las fuerzas pro-Ásad. De hecho hay quien acusa a Al-Ásad de haber permitido la creación, expansión y consolidación del Estado Islámico buscando dividir a los rebeldes a la vez que poder presentarse ante la comunidad internacional como el guardián ante el yihadismo. En el Oriente Medio las categorías de amigos y enemigos normalmente tienen un significado bien distinto al nuestro.
 
3.- En tercer lugar nos encontramos a los kurdos, cuyo objetivo esencial es expandir y consolidar el control sobre su territorio de manera cada vez más autónoma de Damasco hasta convertirse en un Estado independiente y reconocido internacionalmente. Los combatientes kurdos, conocidos como peshmergasestán encuadrados en las llamadas Unidades de Protección Popular (YPG), en realidad la milicia o brazo armado del Partido de Unidad Democrática (PYD). Mantienen el control sobre el noreste de Siria desde que las fuerzas gubernamentales abandonaran la zona en 2012 y han concentrado sus esfuerzos bélicos en detener sucesivos avances del Estado Islámico. Su objetivo de alcanzar un Estado independiente para el pueblo kurdo les ha enfrentado a Turquía, quien ha explotado diplomáticamente las supuestas vinculaciones del PYD con el Partido de los Trabajadores Kurdos (PKK) a quien Ankara define como organización terrorista. Las fuerzas kurdas en Irak han encontrado en la coalición internacional contra el EI el canal de aprovisionamiento y asesoramiento que necesitaban, así como apoyo táctico de la aviación durante sus ofensivas.
 
4.- Por último, el cuatro gran grupo de combatientes lo componen las fuerzas y potencias extranjeras. Por orden cronológico de aparición en escena, primero Irán, país que mantenía una vinculación estratégica con el régimen alauita sirio. De hecho, Siria había sido su único aliado fiel desde la revolución islámica del 79. Pero no sólo por su compañía diplomática en diversas lides, sino que también porque le permitía a Teherán su proyección al Levante, cosa imprescindible para poder culminar sus ambiciones regionales. Es más, para este fin Siria era una puerta abierta y plataforma logística para el grupo libanés creado por Irán, Hizbulá. No es de extrañar, por tanto, que Irán estuviera altamente preocupada por la posible caída de Al-Ásad y la formación de un nuevo gobierno o régimen sostenido por la mayoría suní del país, y que más que probablemente dejaría a Siria fuera del “eje de resistencia” frente a Israel y Estados Unidos.
 
Irán aumentó primero la ayuda que venía dando a Siria en materia de energía y otros bienes, hasta alcanzar en 2011 unos 3.400 millones de dólares. Esa cifra llegó a los 14.000 millones en 2014. Luego facilitó ayuda militar al régimen de Damasco bajo la forma de equipamiento, munición y armas. Como todo eso no bastaba, a finales de 2011 envió asesores militares y, finalmente, combatientes. Irán puso a disposición de Al-Ásad en torno a 5.000 miembros de su Guardia Republicana (IRGC) al mando a su distinguido general Soleimani. Es más, Irán entrenó y equipó las milicias Jaysh al-Shabi, que cuentan en la actualidad con unos 50.000 miembros al servicio de Al-Ásad. Se estima que Irán invierte en Siria alrededor de los 700 millones de dólares al mes. Y lo que sería una carga difícilmente soportable se hace más llevadera gracias a los miles de millones de los que Irán ha dispuesto tras el acuerdo nuclear con la Administración Obama de 2015.
 
En cualquier caso, un punto muy relevante de la participación iraní en Siria fue la entrada en juego de su lacayo Hizbulá. Aunque no hubo certeza de la participación de milicianos del grupo libanés hasta finales de 2012, parece que ya a mediados de 2011 Hizbulá habría enviado combatientes para defender algunas ciudades sirias, como Qusayr. Dependiente del tránsito de sus armas a través de suelo sirio, y del apoyo del régimen, no le fue difícil a Nasrallah, el líder de Hizbulá, argumentar el deber de un grupo chií de defender a sus hermanos chiíes sirios. Hizbulá ha sostenido en suelo sirio entre 4.000 y 8.000 combatientes, según el momento. Al principio en una rotación de una semana de media, pero a medida que pasaba de una postura defensiva a una estrategia ofensiva, se ha ido alargando hasta el mes y mes y medio. Las bajas han sido también significativas, a tenor de los múltiples entierros llevados a cabo en Líbano, y el coste político para Hizbulá, que se ha enfrentado a palestinos y a la mayoría del mundo árabe por su presencia en Siria, no puede ser desdeñable. Pero cuando el patrón iraní manda, Hizbulá obedece. Ésa es su ley.
 
Además de un papel directo en combate, Hizbulá ha creado y sostenido grupos milicianos que la apoyen o que luchen cuando ellos no estén, como es el caso de Liwa Abu Fadl al-Abbas.
 
Tras Irán y Hizbulá es Turquía quien entra en escena. Hay que advertir que, como casi todo en esta zona y en esta guerra, el papel de Turquía está lleno de matices y aparentes contradicciones. Para empezar, antes del estallido del conflicto, ambos países mantenían una buena relación, tanto como para llegar a suscribir un acuerdo de cooperación estratégica de alto nivel en 2009. Sin embargo, esa cooperación se tornó en abierta confrontación cuando Al-Ásad empezó a masacrar a su propio pueblo. Turquía, con un dirigente islamista suní, simplemente no podía quedarse cruzada de brazos. Así, se dispuso a ayudar a diversos grupos rebeldes. La primera forma fue permitiéndoles un libre tránsito por su suelo para acceder a Siria. De hecho, hay un corredor que une el Mediterráneo en el oeste con Irak en el sureste y que transita por territorio turco a lo largo de la frontera con Siria conocido como el “jihadi express”. Miles de yihadistas lo han utilizado para llegar desde sitios tan dispares como China, Suecia o España a Siria.
 
El problema para Turquía residía en que su apoyo a poner punto y final al régimen de Al-Ásad alimentaba indirectamente una de sus peores pesadillas, la independencia del pueblo kurdo. Con un 40% de los 25 millones de kurdos repartidos entre Turquía, Siria e Irak, la posibilidad de que se creara un Estado kurdo independiente era –y es– del todo inaceptable para Ankara. De ahí el apoyo turco al Estado Islámico, la única fuerza real en la zona del noreste de Siria que podía frenar las ansias independentistas kurdas.
 
En 2014 Turquía dio un paso más en su involucración y desplegó 300 soldados en suelo sirio transitoriamente para proteger la tumba de Soleyman Shah, el abuelo del creador del Imperio otomano, que yace en Siria a unos 15 kilómetros de la frontera con Turquía. Todo el mundo interpretó que el mensaje de Erdogan era claro: Turquía está lista para intervenir directamente en defensa de sus intereses. Y lo ha hecho. En 2015 bombardeó posiciones kurdas y a mediados de agosto de este mismo año, 2016, montó una gran operación militar denominada Escudo del Éufrates, de apoyo a diversos grupos rebeldes a sus órdenes, desplegando medios pesados y aviación de apoyo con el doble objetivo de expulsar al Estado Islámico de la ciudad de Jarablús y evitar la expansión de las tropas kurdas en esa zona. En esta operación, Turquía contó con apoyo americano, pero sólo contra el Estado Islámico, y de Arabia Saudí, en todas sus fases, dado que Irán parecía estar acercándose al PYD kurdo. En los primeros días de septiembre, Erdogan envió más carros de combates y otros medios pesados unos 40 kilómetros en el interior de Siria para expulsar a los miembros del Estado Islámico de la ciudad de Al-Rai, desde entonces bajo control de la Brigada Hamza, del FSA. Al mismo tiempo se siguen atacando posiciones kurdas con la misma intensidad.
 
Las monarquías tradicionalistas del Golfo también están presentes y activas en Siria, aunque su papel se haya centrado en servir de proveedores de financiación y ayuda material y no en la participación directa en la guerra. Arabia Saudí comenzó en 2011 jugando un papel de mediador entre Al-Ásad y su pueblo, buscando que el dirigente de Damasco hiciera concesiones e iniciará una cierta apertura política. Habida cuenta de la política represiva del Al-Ásad y de la creciente presencia iraní en Siria, los dirigentes saudíes pasaron a una estrategia de contención de Irán armando y financiando grupos rebeldes, en especial el Ejército Libre Sirio y el Frente Islámico de Siria, concentrando su atención, sobre todo, en el sur de Siria. Desde finales de 2011 Arabia Saudí no ha cesado en el envío de pingües cantidades de dinero. Arabia Saudí también contribuye directamente con aviones de combate a la coalición internacional contra el Estado Islámico, pues el salafismo-yihadismo de ese grupo representa una creciente amenaza para la estabilidad del Reino.
 
Qatar también se ha hecho presente en Siria, aunque sus intereses son múltiples. Por un lado refuerza grupos sunís frente al eje chií de Al-Ásad-Hizbulá-Irán, a la vez que intenta jugar un papel diplomático en la resolución del conflicto. Incluso ha sabido aprovechar determinadas circunstancias, como cuando uno de sus grupos apresó a una docena de milicianos de Hizbulá para revalorizar su papel mediador ante el mismo Irán. En materia exterior no hay nada en los países del Golfo que no sea sofisticado y aparentemente confuso o contradictorio. En cualquier caso, la presencia activa del eje suní ha hecho de Siria el campo de batalla de una confrontación mucho más amplia entre el mundo suní y el chií, entre las monarquías tradicionalistas y el Irán revolucionario.
 
Estados Unidos y la coalición internacional contra el Estado Islámico también han estado activos en Siria, aunque sus políticas han sido tan zigzagueantes y contradictorias en lo que se refiere al conflicto sirio propiamente dicho que me atrevería a calificarlas simple y llanamente de bochornosas. Aunque el presidente Obama mantuvo en 2011 que Al-Ásad estaba cometiendo crímenes contra la humanidad y que debería dejar su cargo, se negó ante cualquier opción que implicase acciones militares norteamericanas sobre o en Siria. Ante la creciente presencia e influencia iraní en la zona, no dijo nada. Y de hecho, su afirmación más contundente fue considerar una línea roja la utilización por parte del régimen de Damasco de su arsenal químico. Pero Al-Ásad usó sus armas químicas en agosto de 2013 y la Casa Blanca difuminó sus líneas rojas hasta hacerlas rosas y continuó sin hacer nada contra Al-Ásad.
 
A medida que el Estado Islámico fue ganando terreno, sobre todo a partir de su incursión en Irak y la proclamación del Califato en junio de 2014, Estados Unidos empezó a considerar una estrategia de acciones militares para “degradar y finalmente destruir” dicho grupo. En Siria en sí, tanto la CIA como el Pentágono habían solicitado constituir unidades de milicias laicas y moderadas que luchasen contra el régimen. En 2014 el Congreso concedió 400 millones de dólares para dicho programa. Según el Pentágono el objetivo era generar en un año 5.000 combatientes, entrenados y equipados tanto en Jordania como en Turquía. Al final del programa, al año siguiente, la realidad fue muy distinta: tan sólo unas docenas de soldados habrían sido infiltrados en territorio sirio, donde la mayoría desertó y acabó con sus armas en otros grupos. El líder de la brigada sería capturado por Al Nusra poniendo fin al experimento. A partir de 2015, el programa de equipamiento y entrenamiento pasaría a centrarse en ayudar a grupos ya existentes sobre el terreno. Desgraciadamente, el éxito también es cuestionable, pues en el verano de este año grupos bajo la dirección de la CIA chocaron frontal y violentamente con formaciones lideradas por el Pentágono.
 
Aunque Estados Unidos ha conducido bombardeos continuados desde octubre del 2014 contra posiciones del Estado Islámico, esto ha sido como prolongación de su operación Inherent resolve iniciada y conducida desde Irak. Los aviones americanos se han cuidado muy mucho de no interferir en los combates entre rebeldes y de éstos con las fuerzas del ejército sirio. De hecho, la política del presidente Obama hacia Siria es claramente de dejación. Primer ejemplo, tras el uso de armas químicas en agosto de 2013 por las fuerzas de Damasco, la diplomacia americana cedió todo el protagonismo a Rusia para facilitar un acuerdo de eliminación del arsenal químico de Al-Ásad en un año (cosa que sigue sin cumplirse del todo, como ahora bien sabemos). El actual acuerdo de cese de hostilidades también ha sido fabricado por la diplomacia del ministro ruso Sergei Lavrov. No actuando cuando pudo hacerlo, Obama se ha quedado sin capacidad de influir con determinación en la dinámica Siria.
 
Hay quien achaca errores de bulto a la actitud de Obama, pero su inactividad y dejación sólo pueden explicarse por otro factor: su empeño en alcanzar con Irán un acuerdo acerca de su programa atómico. Como ha contado el periodista del Weekly Standard, Lee Smith, no hacer nada contra Al-Ásad era una condición para que los iraníes siguieran negociando. El sufrimiento del pueblo sirio, las sistemáticas violaciones de las leyes de la guerra, la injerencia de milicias extranjeras y sus brutalidades, la situación de catástrofe humanitaria de miles de personas atrapadas en asedios de sus núcleos urbanos, nada de eso importó más que poder firmar el acuerdo nuclear con Irán.
 
Los aliados de Estados Unidos, principalmente Reino Unido y Francia, o no han querido o no han sabido o no han podido influir en el presidente americano para que cambiase su postura hacia el conflicto. Y de hecho, la presencia encubierta de unidades de fuerzas especiales norteamericanas en suelo sirio, negada oficialmente pero documentada gráficamente por casualidad, tiene más que ver con la necesidad de inteligencia para combatir al Estado Islámico que con el apoyo a los rebeldes anti-Ásad.
 
En fin, el último actor en entrar militarmente en escena ha sido Rusia. Al igual que Turquía, Rusia había desarrollado una relación estratégica con Siria desde la épica de la Guerra Fría. De hecho, antes de las revueltas de 2011 mantenía en el puerto de Tartus su única base militar en el mar Mediterráneo. Desde el comienzo de las revueltas populares en 2011 y hasta 2013, Putin mantuvo un directo apoyo diplomático hacia Bashar al-Ásad, vetando cualquier intento por parte de Naciones Unidas de condenarle o intervenir en el conflicto. Para él, la guerra en Siria no ponía en peligro la paz mundial. La retórica cambió algo a partir del crecimiento explosivo del Estado Islámico y la presencia de cerca de 2.000 chechenos en sus filas. El apoyo a Al-Ásad se mantuvo sobre la base de la lucha contra el yihadismo global y porque éste era una clara amenaza contra Rusia. Pero Rusia sólo prestaba ayuda en equipamiento militar al régimen de Damasco.
 
En algún momento, no obstante, Vladimir Putin pensó que Siria representaba una buena oportunidad para restablecer la presencia e influencia de Rusia en el Oriente Medio, perdidas tras la desaparición de la URSS. Su primera gran acción diplomática fue, como hemos ya señalado, gestionar el acuerdo sobre las armas químicas. La segunda, la participación directa con unidades militares a partir de septiembre de 2015.
 
La justificación ofrecida por Putin en Naciones Unidas y en diversos actos públicos de que su campaña militar en Siria estaba dirigida contra el yihadismo y el Estado Islámico fue puesta en entredicho en las primeras semanas de bombardeos: su aviación atacaba en el norte y oeste posiciones controladas por rebeldes a Al-Ásad que nada tenían que ver con el EI. De hecho, las dianas eran muchas veces grupos armados sostenidos directamente por Estados Unidos y el Reino Unido. Algunos comentaristas dedujeron en aquel momento que el objetivo de Putin era limitado y consistía en garantizar la viabilidad de un “Alauistán” en el noroeste de Siria.
 
La administración americana, a quien la intervención rusa pilló desprevenida, argumentó inicialmente que Rusia no podría cambiar la situación en Siria. El mismo Obama aventó el fantasma de un nuevo Afganistán. Y sin embargo, un año después, Rusia sigue combatiendo y ha logrado alterar el balance de fuerzas, dando un respiro a Al-Ásad, quien, si no está consolidado, al menos ya no está al borde del abismo.
 
Queda por ver si con el reciente acuerdo de alto el fuego, las tropas rusas empiezan de verdad a combatir al Estado Islámico. Una cosa está clara, Rusia se mueve por sus propios intereses, no por los de Damasco, Hizbulá o Teherán. Y el objetivo de volver a ser indispensable en la zona está ya alcanzado. La lista de visitas de dignatarios de la zona –de Israel a Arabia Saudí– a Moscú, además de larga, resulta esclarecedora de quién cuenta hoy más en la región.
 
 
¿Y ahora?
 
En Siria conviven y se solapan varias guerras: rebeldes contra el régimen de Al-Ásad; suníes contra chiíes; turcos contra kurdos; kurdos contra Damasco; la coalición internacional contra el Estado Islámico; el Estado Islámico contra todos; y Rusia frente a Occidente (al menos). Todo acuerdo de paz para ser duradero debería dar satisfacción a todos y cada uno de los enfrentamientos, algo que parece estar muy lejos de lo acordado por Rusia y Estados Unidos el pasado sábado 10.
 
Puede que a corto plazo el alto el fuego se mantenga, habida cuenta de que todos necesitan de un respiro y que fluya la ayuda humanitaria. Pero poco más. Si es verdad que se intensifican los bombardeos contra el Estado Islámico, ¿quién se va aprovechar del vacío que dejen las fuerzas rebeldes o el ejército de Al-Ásad? Es más, ninguna de las partes tiene la capacidad de derrotar a la otra, salvo una ayuda exterior suplementaria. Y ninguna de las potencias que hoy están jugando su partida en Siria está dispuesta a conceder la victoria al campo contrario. Aumentarían la ayuda a sus clientes y, por tanto, se prolongaría e intensificaría la guerra.
 
Bárbara Walter, una especialista en conflictos civiles se ha mostrado muy escéptica de que un acuerdo de paz negociado desde arriba vaya a poner fin a los enfrentamientos en Siria. En su experiencia, “la alta fragmentación de los rebeldes vuelve casi imposible que se pueda imponer los términos del acuerdo sin una presencia de paz internacional que nadie quiere enviar”. En segundo lugar, según ella, “para que un acuerdo de paz dé sus frutos se requiere un reparto del poder político donde se sientan representadas las principales facciones”, algo totalmente imposible de lograr en la Siria de hoy.
 
Aunque los occidentales estemos empecinados en recrear la Siria que conocíamos, aunque para ello sea necesario un diálogo político y una transición que ponga fin a la era de Bashar al-Ásad, Siria ha dejado de existir hace años. Hoy es un territorio que, en términos de gobierno, puede describirse como una piel de leopardo, con manchas donde lideran grupos variopintos. Por ello hay quien habla de aceptar una partición de Siria, permitiendo una franja en el noroeste para los seguidores de Al-Ásad, un sur en las manos de los islamistas moderados y un este para los kurdos. El problema es que este plan de partición excluye a las principales fuerzas opositoras, a saber, los islamistas radicales, quienes no se quedarían impasibles si se quisiera llevar a cabo. Lo que hoy une a la mayoría de rebeldes, acabar con Al-Ásad, no nos puede cegar ante las distintas concepciones que cada uno tiene de cómo se debe gobernar la Siria post-Ásad. Enredados, curtidos en el combate y bien equipados, lo más probable es que los rebeldes se enzarzaran en una nueva etapa de la guerra civil queriendo imponerse por la fuerza sobre el resto.
 
Curiosamente, Israel, un país vecino, ha sabido mantener una política de neutralidad en el conflicto. Su primer ministro, Benjamín Netanyahu, dejó claro desde 2013 cuáles eran las líneas rojas que de cruzarse provocarían una respuesta militar israelí: la transferencia de sistemas de armas a Hizbulá que alteraran el equilibrio en el norte de Israel; el establecimiento de un “iranistán” al norte de los altos del Golán; el disparo de misiles y cohetes contra suelo israelí. Y ha sabido ordenar bombardeos quirúrgicos cuando ha estimado que se estaban violando alguna de esas líneas rojas. Todo lo demás ha ido en alivio de los sufrimientos de la población civil y en la contención de un conflicto que se juzga aún va para largo.
 
Claro que lo que a Israel le vale no nos vale a los occidentales y, sobre todo, a los europeos. París, Bruselas y Niza han vivido en sus propias carnes cómo el conflicto sirio no se contiene en sus fronteras, sino que se ha instalado también entre nosotros. Muchas otras capitales siguen en el punto de mira de los yihadistas del Estado Islámico, como Granada, por citar una española.
 
A comienzos de 2012, cuando se empezaba a saber de los enfrentamientos entre grupos islamistas en Siria, muchos expertos considerados “realistas” defendieron una exquisita neutralidad internacional y que se mataran entre ellos. A la larga hemos sabido que seguir su consejo fue un tremendo error y que aunque no fuimos contra los yihadistas en su momento, los yihadistas sí han acabado por venir contra nosotros. El problema que se nos plantea ahora es que, haya paz o guerra en Siria, la amenaza terrorista en nuestro suelo no va a desaparecer, más bien todo lo contrario. En Siria se dan múltiples conflictos y nosotros estamos, al menos, en uno.