Trump II

por Rafael L. Bardají, 28 de enero de 2018

Mientras millones de americanos celebraban el primer aniversario de la toma de posesión de Donald Trump, a mi me tocó pasar el día encerrado en un solemne club de Nueva York con doscientos dignos representantes de corporaciones y fondos de inversión, en una ya tradicional reunión anual de líderes del sector y expertos en prospectiva. El año pasado, el pesar se mascaba en la sala, mayoritariamente compuestas de demócratas; en esta edición, la incredulidad y el miedo dominaban.

 

Incredulidad ante el hecho de que un personaje como Trump, al que seguramente no invitarían a cenar a sus casas, instalado en el exabrupto tuitero, abrasivo hacia los tradicionales amigos de América y abiertamente hostil para con sus enemigos, abiertamente machista y, aún peor, sin el menor atisbo de humildad o arrepentimiento, no sólo todavía seguía en La Casa Blanca, sino que no había llevado al país al borde del colapso. Todo lo contrario. La economía en Estados Unidos va, como se suele decir, como un tiro: La bolsa disparada, creación de empleo sostenida y visible (hasta la tasa de desempleo de la poderosa minoría afro-americana ha caído drásticamente) y recuperación industrial (Apple anunciaba el mismo día que, gracias a la reforma fiscal de Trump, repatriaría cerca de 300 mil millones de dólares de beneficios globales, con una contribución al fisco del 10%). Y aunque la atmósfera política doméstica sigue incendiaria por la incapacidad de la izquierda americana y del establishment político de aceptar su derrota hace ya un año, en materia internacional tampoco le ha ido tan mal al país: los aliados de EE.UU. han tomado buena nota de que tienen que ser más autónomos y los adversarios también han sabido que, a diferencia de con Obama, las líneas rojas que ahora fija la actual administración, se cumplen.

 

Publicado en La Gaceta, 25 enero 2018

Y, sin embargo, el miedo sobrevolaba en la sala. Quienes dudaban de la estabilidad mental del presidente, por el temor de verse envueltos en un conflicto nuclear con Corea del Norte, a quien se le atribuye la capacidad de destruir nuestra forma de vida (lo que no es verdad, pero que si lo será si no se  para a tiempo a Kim Jong-un , “little rocket man”.); quienes le ven como racional pero inaceptable en sus formas, por su falta de experiencia ante una crisis mayor que podría estar fraguándose.

Es decir, los asistentes a la reunión se dividían entre quienes pensaban que Trump era una aberración y lo que, aceptando el mal de que ya es el presidente, no le veían gran futuro. de hecho, en una encuesta realizada sobre la marcha, una mayoría aplastante expresó su convicción de que Trump no repetiría mandato.

Lo bueno es que por muy expertos que se considerasen, la congregación ya había errado flagrantemente con anterioridad al no creer en su conjunto que Trump, primero, sería el candidato republicano y, después, en que Hillary perdería (todavía les cuesta decir en voz alta que Trump ganó). En su favor hay que decir que Hillary Clinton todavía se está preguntando por qué perdió y que, con su avidez familiar, incluso reclama que le paguen por ello. Es decir, como predictores políticos, un fracaso total. Y, mientras no sean capaces de dar con una respuesta honesta al por qué del fenómeno Trump, seguirán sin poder entender la dinámica social de los Estados Unidos.

En nuestro país, la cosa no va mucho mejor. El primer año de Trump se ha reflejado en los medios con grandes tiradas sobre el caos interno de la Casa Blanca, los temores a los supuestos desprecios del presidente americano, en fin, al apocalipsis que viene. Incluso un diario “conservador” ironizaba en su portada que el aniversario se celebraba con el gobierno en paro, habida cuenta de la falta de entendimiento sobre el presupuesto en el Congreso y el obligado cierre temporal de la Administración. Supongo que estarán leyendo ahora cómo esa táctica de los demócratas se les ha convertido en un boomerang y que su líder, el senador Chuck Schumer , es visto hasta por los medios liberales, como el gran perdedor, no Trump.

 Y es que hay algo que tanto la izquierda como la derecha cosmopolita y de bien españolas no entienden: Trump no es un vulgar demagogo, un populista que busca excitar la bajeza moral y las más oscuras pasiones de la endiablada mente humana. No. Trump es un líder que no esconde o rechaza que las personas tienen, viven y se mueven por pasiones. A mi me enseñaron que la pulsión sexual de algún que otro príncipe del medioevo fue la razón última de una conquista o guerra; y que el orgullo de sentirse español, inglés o alemán, motivó increíbles hazañas. Como inspiró la creencia en Dios. Trump sí representa la rabia que caracteriza nuestra época y, sobre todo, con su irreverencia hacia la política tradicional, pone en peligro todo un sistema de prebendas, martingalas y excusas para no hacer nada, salvo asegurar que el interés personal se disfraza con el servicio público. De ahí la acidez del presidente americano hacia el “estado administrativo”, esto es, la tecnocracia que todo lo invade, no electa y esencialmente elitista y antidemocrática (como la UE, vamos) y también hacia el “capitalismo de amiguetes”, que sólo favorece a unos pocos frente al interés de todos los demás. Trump, paradójicamente, “no es uno de los nuestros” se suele oír en los salones del poder.

 Trump es lo que es, no me cansaré de decirlo. Y, por tanto, que nadie espere en su segundo año tener otra cosa. Que se lo digan a su jefe de gabinete, el general Kelly, quien por intentar conseguir un pacto con los congresista, se atrevió a poner en tela de juicio el apoyo del presidente a la construcción del muro. Si, Kelly contentó a los congresistas, pero se encontró, horas más tarde, con un vitriólico tweet de su jefe, afirmando que él no ha evolucionado en el tema y que el muro es el muro. Veremos si se recomponen. Sus relaciones a Kelly acaba siendo el siguiente en una larga lista de desdichados que quisieron hacer sombra al jefe. 

A diferencia de su primer año, Trump se va a encontrar en el segundo, con una intensa lista de problemas que le pueden explotar en la arena internacional. Para empezar, ha dado 120 días a todo el mundo para dar con una fórmula que permita cerrar los graves agujeros en el acuerdo nuclear con Irán, firmado a bombón y platillo por su predecesor (y que nunca se debiera haber firmado en su forma actual, dicho sea de paso). Losa europeos, esos que tanto alzan la voz para denunciar las formas groseras del mandatario estadounidense, ya se han puesto en la casilla de salida para hacer lo que sea con tal de que América no se salga del acuerdo. Que sean capaces de convencer a Trump estará en función de cuán sinceros son. Un arreglo en falso (un fake fix)  no les va a valer.

 Quienes temen una guerra nuclear con Corea del Norte con toda probabilidad se van a ver frustrados. Tensar la cuerda retórica ya ha producido algunos cambios menores (como ese acuerdo para acudir juntas a la competición olímpica) y algunas decisiones chinas que pueden contribuir a mejorar la situación. Ahora bien, si Corea del Norte sigue adelante con sus ensayos balísticos y nucleares, no cabe la menor duda de que encontrará una respuesta proporcional y adecuada y no necesariamente nuclear.

Las negociaciones para reformar el NAFTA van bien encaminadas a pesar de los discursos políticos dirigidos a sus respectivas bases. El escollo principal no es México, como todo el mundo cree, sino Canadá. Pero la reforma es imparable. Tampoco parece que haya una tormenta financiera formándose y que vaya a golpear al dólar vitalmente.

Internamente, tal vez para antes del verano, la investigación del fiscal especial Robert Mueller llegará a su conclusión y todo apunta a que la denuncia de “colusión” con Rusia para ganar las elecciones será desestimada. Y si Mueller se siente obligado a justificar los millones de dólares gastados en semejante investigación, tendrá que contentarse, como mucho, con algunos negocios del yerno de Trump, Jared Kutchner. Claro, que eso será la venganza de Steve Bannon.

 Y en cuanto a las elecciones de medio término, en noviembre, están lejos de plantearse como el plebiscito sobre Trump que le gustaría ver a los demócratas. Es fácil hablar en términos generales, pero quienes se la juegan son los candidatos locales. Y es ahí dónde hay que mirar para poder hacer pronósticos.

El antiguo director de la CIA y de la omnipresente NSA, el general Mike Hayden, ha escrito hace unos días que el primer año de Trump, fue el de la ruptura y que este segundo será el de las consecuencias. Y él quiere ver en esto, los costes que las acciones del presidente van a tener para América. Su odio declarado y manifiesto hacia el presidente le ciega y delata. Si éste va a ser el año de las consecuencias, no lo será para Trump, sino para todos los demás, demócratas y radicales, europeos y adversarios de Estados Unidos. No nos engañemos. De qué si no se va a discutir en el refugio de Davos sobre la crisis del orden liberal.