Y Trump tenía razón

por Rafael L. Bardají, 31 de julio de 2017

Publicado en La Gaceta, 27 de julio 2017
 
Normalmente a Donald Trump se le pinta como un patán, carente de ideas y sin valores, un ególatra que sólo busca la fama, el dinero y las mujeres como sea y costa de quien sea.
 
Yo no soy psicólogo y no voy a caer en los vericuetos mentales de una profesión harto dudosa, así que cada cual opine lo que quiera. Pero a mi me da que mucho del despreció a Trump por parte de nuestras actuales élites políticas, mediáticas y académicas, tiene que ver más con la pregunta implícita en todas las decisiones del presidente americano, que con la estupidez o la patología: ¿Quiénes somos? Porque si, Trump es un presidente identitario y desde su América Primero a la prohibición de servir en las Fuerzas Armadas a los transgénero, lo que busca es dar una respuesta parcial a esa pregunta básica: ¿Quienes y qué es ser americano y cómo preservar sus señas características?
 
Si Trump es un auténtico problema para Europa no lo es por su agresividad o sus modales, lo es porque deja de relieve que los líderes europeos han decidido por su cuenta y riesgo que Europa deje de ser Europa. De hecho, el choque de trenes de visiones antagónicas estaba servido desde mediados de los 90, lo que ocurre es que tanto Bill Clinton como Obama eran globalistas acérrimos (el primero porque creía que la globalización beneficiaría a América y El Segundo porque pensaba que la globalización acabaría con ella) y George W. Bush, quien comenzó como Trump, con un marcado acento nacionalista, se vio forzado a transformarse en un neocon tras los ataques del 11-S. Pero lo cierto es que Europa desde mediados de los 90, con su política de intervenir en los Balcanes para evitar Estados étnicamente homogéneos, se puso en rumbo de negación de su propia identidad. Tanto como para llegar a renegar de sus raíces cristianas en la mal llamada Constitución Europea.
 
El hecho es que Europa hoy no sabe ni lo que es, ni lo que quiere ser y mucho menos lo que en verdad puede ser. Se derriban iglesias para construir mezquitas sobre sus cenizas; se acepta que un refugiado sirio sea negro, no hable ni papa de árabe, jamás haya estado en el Oriente Medio y provenga de algún punto del Africa Subsahariana. Por ejemplo. Si Estados Unidos se construyó como “melting pot”, esto es, el crisol de los alquimistas en el que la mezcla de diversos elementos acababan dando una aleación más rica, fuerte y unida, Europa se está queriendo construir a retazos, como un gran “patch work”, en el que las partes no se funden, sino que conviven como pueden y sin mezclarse. Es el universo de la “no go zones”, donde impera una ley, normalmente la sharia, distinta de la ley general, el mundo de la discriminación positiva de todo tipo de minorías, la sociedad en la que unos pocos sostienen los privilegios sociales para todo el mundo. Si Churchill levantara la cabeza, su famosa frase sobre los pilotos de la RAF (“Nunca unos pocos hicieron tanto por todos”) la tendría que aplicar no a los militares, sino a los sufridos contribuyentes de la cada vez más escasa clase media.
 
El problema de Europa es que sólo sabe edificarse en contra de sus propios elementos, los estados y las identidades nacionales que la han hecho posible. No en balde se habla de Bruselas y de la Europa de las regiones, no de las naciones. Y nuestros dirigentes, incapaces de ver a Europa más que como una diosa mitológica, han asumido voluntariamente que esta Europa no cristiana, multicultural, de asistencia social, de brazos abiertos y sin fronteras, debe vivir a expensas de todo lo nacional. Ya lo dijo Mariano Rajoy ante las cámaras: “Yo no creo en las fronteras”. me gustaría saber si cree en lo español. Y en cómo define ese alma que nos distingue del resto de otros pueblos.
 
Porque ahí está el meollo de la cuestión. La misma cuestión a la que intenta dar respuesta Trump: ¿Qué es ser español? Yo creo que tenemos bastante idea de lo que se dice ser vasco o Catalán, aunque no compartamos las varas de medirlo. Pero sobre los español, me da que nos han lavado tanto el cerebro, que apenas sabemos ya nada. Quizá dbierámosd ponernos las gafas de turista para poder recuperar la memoria. Todo lo más que se ha dicho en los últimos años ha sido esa invención de “patriotismo constitucionalista” o “constitucionalismno patriótico”, artificio tan extraño que ya no sé cuál es su definición. Los intelectuales de la llamada derecha española han recurrido a tamaña construcción porque han caído presa de la izquierda intelectual, que sólo entiende los lazos nacionales en términos de relaciones políticas, olvidando todo lo demás. Pero es que todo lo demás es muy importante: la Historia, la religión, las relaciones sociales… Es decir, el constitucionalismo, poniendo como deux ex machina de la nación a la Ley fundamental, en realidad niega lo más profundo de ser español. España no depende ni de constituciones, ni de regímenes políticos, democráticos o no. Es mucho más que todo eso.
 
Y Trump tiene razón cuando quiere empezar a reforzar la identidad a través del orgullo de América Primero. Y cuando dice que quiere un muro con su vecina México. Porque si nosotros mismos no nos ponemos primero, quién lo hará, ¿China?; y si renunciamos a defender nuestras fronteras, ¿cómo distinguir entre un español y quien no lo es? Nuestros dirigentes han sido muy generosos con la nacionalidad española, por ejemplo, concediendo un fast-track para los latinoamericanos, un cheque en blanco para los millonarios (para quienes la nacionalidad es solo una cuestión de inversión), una concesión a la UE y ahora quiere establecer tan sólo cinco años de residencia para cualquiera que quiera vivir en España como requisito para acceder a la nacionalidad. No es de extrañar, por tanto, que ya no sepamos qué es ser español. Todo el mundo mundial puede serlo y sin renunciar a sus nacionalidades de origen.
 
¿Nos hemos vuelto locos? No. Sólo que nos están ganando la partida los globalistas y anti-españoles y anti-identitarios. Lamentablemente, cuando en un pueblo los españoles dejan de ser mayoría, ese pueblo deja de ser español. Y salvo que digamos basta ante estos planes suicidas, es cuestión de tiempo que España deje de ser España. Barcelona ya se parece bastante más a Peshawar que a París; en breve, Madrid será más Chichiriviche que Londres.