¿Juega Khamenei al ajedrez?
por Rafael L. Bardají, 21 de abril de 2025
Yo no soy un buen jugador de ajedrez, pero se lo suficiente como para entender que el Rey es una pieza existencial, sin el cual no hay juego, y la Reina una pieza vital dada sus cualidades para el ataque y la defensa. Es muy raro ver una partida en la que se sacrifique alegremente a la Reina.
Cuento esto porque tras múltiples entrevistas en Washington, capitales europeas y del Oriente Medio, hay muchas voces que entienden la cuestión iraní como una gran partida de ajedrez en la cual la Reina sería el programa nuclear y el Rey el régimen teocrático en Irán. El objetivo de esta partida sería convencer a los dirigentes iraníes que la única forma de salvar al Rey, es decir, a su régimen, pasaría por sacrificar a la Reina, esto es, renunciar a su programa atómico. Los medios para lograrlo consistirían en una presión máxima en el ámbito diplomático, en el refuerzo de las sanciones económicas y en una amenaza militar creíble que refuerce todo lo anterior.
La mayoría de quienes defienden una negociación directa entre Estados Unidos e Irán creen que, con tal de sobrevivir y permanecer en el poder, los dirigentes iranies estarán dispuestos a abandonar su programa nuclear. Esto es, que dejarán caer a la Reina, por seguir con el símil ajedrecístico. Posiblemente la actual estrategia del presidente Trump, de conducir conversaciones en Omán, responda a esta visión.
Pero hay otra escuela de pensamiento que cree que, por múltiples razones, los dirigentes en Teherán están convencidos de que ceder en el programa nuclear no sólo no afianzaría el régimen sino todo lo contrario, lo dejaría más expuesto, más frágil interna y externamente y sin capacidades para sobrevivir. Perderían la única pieza de chantaje y disuasión que les queda. Por tanto, la Reina y el Rey estarían existencialmente entrelazadas y pensar que accederían a perder la Reina es un espejismo peligroso. El temor inmediato es que Irán arrastre a Washington a unas conversaciones interminables que le permita seguir avanzando en el programa y poder declararse una potencia nuclear en un futuro no muy lejano. El debate estratégico sobre la moralidad del arma atómica y la necesidad de revisar la política declarativa iraní al respecto, así como las lecciones sacadas de la guerra de Ucrania, apuntalan esta segunda forma de entender la partida con Irán.
Sea como fuere, es un hecho incontestable que Irán necesita tiempo. Tiempo para acercarse a sus primeras bombas; tiempo para alejar el espectro de las “snap back sanctions” que deberían ser reintroducidas este Octubre; tiempo para reconstituir sus defensas; y tiempo para recomponer su eje de resistencia tan maltrecho tras perder Hizballah, Siria y en menor medida, Hamas. A través de negociaciones puede ganar unos meses. Y si se llega a un acuerdo que le permita conservar lo ya hecho y sin comprometer otros programas, como el de misiles balísticos, habría ganado unos años que le son vitales.
Por su parte, el presidente Trump parece muy interesado personalmente en ser capaz de llegar a un acuerdo con Irán que impida que ésta se dote de un arsenal atómico. Lo ha dicho en diversas ocasiones, “Irán no puede tener la bomba”. Pero esa era también la posición de Obama que firmó un acuerdo, el famoso JCPOA, que básicamente postponía todo 15 años pero que no impedía que Irán fuera avanzando en su programa nuclear hasta llegar al umbral práctico de poder fabricar su primera bomba. Acuerdo que, precisamente por sus lagunas y no impedir el desarrollo de las capacidades iraníes, fue rechazado por el primer Donald Trump.
Israel y algunos países de la zona, como Arabia Saudí, no sólo están preocupados con la primera bomba, sino con la capacidad iraní de ser una potencia nuclear militar y poder pasar a construir un pequeño arsenal en cuestión de semanas. Para ellos no fabricar la bomba es importante, pero aún lo es más no tener la capacidad tecnológica para planteárselo siquiera. De ahí que, en su reciente visita a la Casa Blanca, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, expresase su deseo de llegar a una solución diplomática a “la Libia”, esto es, que conllevase la destrucción total del programa nuclear en Irán.
Las conversaciones acaban de empezar y sólo el tiempo dirá a que conducen, pero las posibles resultados se reducen básicamente a tres,: un buen acuerdo que lleve al desmantelamiento real del programa nuclear iraní y sus programas militares asociados; un mal acuerdo que permita a Irán ser una potencia subnuclear, pero capaz de cruzar el umbral y dotarse de un arsenal atómico en poco tiempo cuando así lo quieran sus dirigentes; y un no acuerdo que lleve a una intervención militar con el objetivo de destruir las instalaciones del programa nuclear en Irán. La cuestión es si caerá la Reina, si Irán se enroca, o si habrá jaque mate.
La sostenida ambición nuclear de Irán
Desde el deseo del Sha de Persia a mediados de los años 1970 de dotar a su país de una fuente de energía nuclear hasta nuestros días, Teherán no ha hecho sino avanzar hasta llegar a ser lo que es hoy, a “threshold nuclear state”. Pero mientras que los planes de los 70 se enmarcaban en programas públicamente visibles y en el seno de lo que entonces se conocía como “átomos por la paz”, con el cambio de régimen y la constitución de la República Islámica de Irán en 1979 el programa nuclear cambiaría de rumbo y naturaleza. Tras un parón durante los años de guerra con Irak, el deseo de obtener energía atómica mutó durante los años 90 en la ambición de poder dominar las tecnologías de uso militar que llevaran a la capacidad de estar en disposición de fabricar un arma atómica. Es más, este programa se planteó de manera opaca y clandestina, y sólo salió a la luz gracias a las revelaciones del National Council of Resistance of Iran, un grupo disidente con presencia en Estados Unidos en 2002.
Como hemos podido conocer a través de la documentación incautada por los servicios de inteligencia israelíes en suelo iraní, Irán puso en marcha a mitad de los 90 un plan, llamado Amad, con el objetivo de llegar a fabricar media docena de armas atómicas. A tal fin Irán destinó grandes esfuerzos para crear una red de adquisiciones opacas de tecnologías y componentes relacionados con los instrumentos de enriquecimiento y testado de los elementos necesarios para la weaponization.
En 2003, con las tropas americanas marchando sobre Bagdad, las autoridades iraníes, temerosas de una intervención militar contra ellos, clausuraron el proyecto Amad, tal y como reconoció la inteligencia americana en 2007. Pero no fue una clausura real. Dentro de su panoplia de engaños, Irán cerró Amad para reconstituirlo en otra institución, la Section for Advanced Development Applications and Technologies (SADAT del ministerio de defensa, para llevarlo luego, en 2011, a la Organization of Defensive Innovation and Research (SPND). Según los documentos incautados por el Mossad, más del 70% del personal del Amad original trabajaba en esta organización.
Hay que decir que, a partir de 2003, la comunidad internacional exigió explicaciones a Irán y ante la falta de respuestas satisfactorias, se impuso un régimen de sanciones y un embargo tecnológico encaminado a entorpecer el progreso del programa nuclear. Pero nada de todo eso llevó a que Teherán se volviese más cooperativa ni a que frenara su programa nuclear. Ni siquiera operaciones clandestinas israelíes fueron capaces de poner freno a Irán. Así, a mitad de 2013Iran had installed more than 18,000 of its first-generation IR-1 centrifuges and 1,300 more advanced centrifuges, mostly of the IR-2m model, across its enrichment sites. It had also amassed a stockpile of about 9,700 kg of uranium enriched up to 5 percent and 370 kg enriched up to 20 percent. Cantidad más que suficiente para subir el nivel de enriquecimiento a grado militar en cuestión de pocos meses.
Ese mismo año, se abrirían conversaciones entre los llamado P5+1 (Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido, Francia y Alemania) e Irán que acabarían en 2015, con la firma del JCPOA, un acuerdo provisional que básicamente establecía unos límites en el número de centrifugadoras y en el grado de enriquecimiento, así como en la cantidad de material fisible enriquecido que podía acumular. A cambio del levantamiento de sanciones. Y todo ello bajo un horizonte temporal de 15 años, tras los cuales, y de haberse observado todas las provisiones del acuerdo, Irán podría libremente retomar el programa nuclear en la modalidad que quisiera. Precisamente por eso el JCPOA fue duramente criticado por el gobierno de Jerusalén en su momento, con una sonora intervención del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ante el Congreso norteamericano.
Posteriormente, en mayo del 2018, el presidente Trump abandonaría el JCPOA tras haberlo criticado duramente por lo que consideraba un acuerdo que no impedía a Irán seguir avanzando hasta convertirse en potencia nuclear. Trump establecería una estrategia de “máxima presión” dirigida a doblegar la voluntad iraní y que abandonase sus ambiciones atómicas. Sin embargo, la llegada a la Casa Blanca de Joe Biden dio un nuevo giro a la política americana que restableció como prioridad revivir el JCPOA.
Pero la cuestión clave es que Irán, durante el mandato de Biden, y muy particularmente en sus últimos meses, no sólo no frenó el programa, sino que aceleró su marcha en todos sus elementos, del enriquecimiento a la weaponization. Y todo ello con una falta de colaboración con la Agencia Internacional de la Energía Atómica, a la que se denegaba acceso a determinadas instalaciones, así como buena parte de la información que se le demandaba.
Hoy Irán se encuentra en una situación en la que le llevaría muy pocas semanas llegar al 90% de enriquecimiento y a ensamblar una bomba. Así lo dijo el verano pasado el entonces secretario de estado, Anthony Blinken, y así los creen la mayoría de los expertos internacionales.
De toda esta historia, muy resumida aquí, se pueden extraer algunas conclusiones básicas: La primera, que en todos estos algo más de 30 años, los dirigentes iraníes nunca han dado un paso atrás en su programa nuclear. Cuando se han visto forzados, han congelado el nivel alcanzado, pero no desmantelado nada; la segunda, a pesar de todos los costes asociados, diplomáticos y económicos, los dirigentes en Teherán han preferido asumir esos costes antes que renunciar a sus avances nucleares; tercero, Irán ha sostenido un gran complejo clandestino y de engaños para esquivar las sanciones internacionales y poder seguir obteniendo los componentes necesarios en su marcha hacia la bomba; y cuarto, Irán siempre ha utilizado las negociaciones para proteger su programa más que para abandonarlo.
Gambito de dama en Omán
El sábado 12 de abril tuvo lugar la primera reunión que abrió una nueva ronda de conversaciones entre Estados Unidos e Irán. Esta reunión vino motivada por una carta enviada por el presidente Trump en la que conminaba a Irán a entrar en negociaciones y alcanzar un acuerdo sobre su programa nuclear antes de dos meses o, en caso contrario, exponerse a las máximas consecuencias. Las partes, a través de la mediación del ministro de exteriores de Omán, intercambiaron información respecto a sus posiciones y acordaron volver a hablar una semana más tarde. Ambas partes se felicitaron por el tono constructivo mantenido en la reunión, así como el mutuo deseo de evitar una confrontación militar directa.
Conviene recordar que el anuncio de la apertura de conversaciones realizado por el presidente Trump en el despacho Oval durante la visita del primer ministro israelí, fue toda una sorpresa. Biden había hecho todo lo posible por llevar a Irán a la mesa de negociación, sin éxito alguno. Y la carta de Trump a Khamenei fue públicamente recibida con un rechazo inicial en Teherán. Pero, a pesar de todo, ambas partes viajaron a Omán para dialogar.
Y es que la realidad para Irán es bien distinta hoy que hace apenas unos meses. Para empezar, hay un nuevo inquilino en la Casa Blanca, mucho más impredecible que el anterior. Y al ser más impredecible, resulta más arriesgado no tomarse sus amenazas en serio; en segundo lugar, mientras que hace apenas un año Irán podía creerse la potencia hegemónica incontestable de todo el Oriente Medio, hoy sabe que se ha quedado sin buena parte de sus instrumentos de expansión regional, empezando por su joya de la corona, Hizballah. La caída de El Assad en Siria y la formación del nuevo gobierno, abiertamente opuesto a los intereses de Irán en aquel país, ha hecho perder una gran inversión en dinero, material y hombres y perder el acceso a contratos de reconstrucción con los que aliviar su maltrecha economía; la guerra en Gaza tampoco va como esperaban, con Hamas militarmente siendo destruido por las fuerzas de Israel y con la posibilidad de ser desbancado políticamente en breve; sus proxis en Yemen, los Houthis, quienes han amenazado el tráfico internacional y atacado a Israel sin apenas encontrar reacción están sufriendo ahora acciones de castigo por parte de Estados Unidos con un Trump dispuesto a acabar con la amenaza que representan; finalmente, Irán, que ha atacado en dos ocasiones en el último año directamente a Israel ha podido comprobar cómo sus misiles eran interceptados antes de llegar a sus objetivos y, aún peor, que la aviación israelí podía penetrar en su espacio aéreo, destruir sus defensas y otras instalaciones militares, sin sufrir bajas.
Por todo ello hoy Irán está más motivado que nunca a frenar esta erosión estratégica y salvar cuanto pueda de su programa nuclear, así como de su libertad de acción en la región. De ahí que, ante esta debilidad, haya quien defiende que ha llegado el momento de atacar a Irán, destruir sus instalaciones nucleares antes de que sea demasiado tarde y, quien sabe, poner en jaque la supervivencia del régimen.
El presidente Trump llega a estas nuevas negociaciones, consciente de haber sido el factor determinante para que se produzcan, y con un doble objetivo: detener la bomba iraní y no tener que recurrir a la fuerza armada para lograrlo. Sus palabras tras el encuentro fueron positivas y refuerzan su disposición a una solución diplomática, pero que la vía preferible del diálogo acabe en una solución satisfactoria para ambas partes, puede que no esté tan claro.
Por mucho que digan sus responsables, Irán ha sobrepasado de lejos las capacidades para dotar al país de un programa nuclear civil, bien para energía bien para investigación. Aún más, desde la firma del JCPOA -o desde 2018 tras la denuncia del mismo por la primera administración Trump- Irán ha acelerado el enriquecimiento de uranio, ha aumentado el nivel de enriquecimiento de éste, ha acumulado cantidades más que suficientes de uranio al 60% para pasar a un a fase de militarización plena en muy poco tiempo, ha trabajado en los misiles balísticos capaces de portar una cabeza nuclear y ha trabajado en el diseño de las cabezas nucleares. Es decir, ahora parte de una situación que en nada se parece a la que tenía en 2015 puesto que ha logrado acortar dramáticamente el tiempo necesario para construir unas bombas atómicas desde que se adopte esa decisión por su líder supremo. De ahí que simplemente “congelar” el programa nuclear donde hoy se encuentra resulte peligrosamente engañoso: Irán podría avanzar hacia su arsenal nuclear en cuestión de semanas cuando así lo quisiera.
Como muestra de su línea dura, el ministro de exteriores iraní comentó antes de su viaje a Omán que sólo iría a hablar del programa pacífico nuclear iraní y que no estaba dispuesto a negociar sobre otras cuestiones, como su programa de misiles balísticos. Pero ya se sabe que mucho de lo que se dice y hace en esta fase es puro teatro táctico, bien de consumo doméstico, bien para mostrarse fuerte frente a la otra parte. Uri Lubrani, el último embajador israelí en Irán, una vez me dijo que “un iraní es alguien que nunca dice lo que piensa y que nunca hace lo que dice. Pero que eso no significaba que hiciese lo que pensaba”. En Omán se enfrentan dos jugadores que se sienten a la vez los maestros del arte de la negociación.
Acuerdo, acuerdo malo, o no acuerdo
Lo peor que puede pasar en Omán es que las conversaciones se eternicen, porque tiempo es lo que buscan los dirigentes iranies. Tiempo para seguir avanzando hacia la bomba, tiempo para seguir reorganizándose ante la posibilidad de un ataque contra su programa nuclear. Que Donald Trump se lo conceda depende mucho de cómo afecte a su imagen la idea de que los dirigentes de Teherán le están engañando. También influirá cómo se desarrollan las negociaciones con Rusia sobre Ucrania. Dos fracasos podrían perjudicar enormemente su imagen de líder ganador.
Siendo optimistas, se debería creer en que, con la presión diplomática y económica, Estados Unidos podría llevar a que Teherán aceptase detener el programa nuclear y reducir sus capacidades para reactivarlo en el futuro. Por ejemplo, aceptando que su stock de uranio enriquecido fuese depositado en Rusia o desmantelando un número significativo de sus centrifugadoras. Pero habida cuenta de su historial de ocultamiento y engaño, cualquier acuerdo tendría que conllevar un régimen de inspecciones intrusivas para resultar creíble, algo que hoy por hoy es más que dudoso que los iraníes acepten.
Israel ha dejado claro cuál es su visión de un buen acuerdo: la destrucción total de todas las instalaciones relacionadas con el programa nuclear, la retirada del material fisible enriquecido de Irán y el desmantelamiento de los equipos técnicos necesarios para proseguir con la militarización del programa, así como de sus vectores portadores, los misiles balísticos. Pero ya sabemos que Irán ha rechazado de entrada una opción a la Libia. No quieren ni desprenderse de todas sus capacidades, ni de perder su proyección de fuerza, ni correr el riesgo de acabar como Gadafi. De hecho, si han sacado una lección de la guerra de Ucrania, es, sin duda, que una potencia no nuclear está mucho más expuesta a una agresión exterior que una ya nuclear. Ahí está también el ejemplo de Corea del Norte.
Durante las negociaciones del JCPOA, quedó manifiestamente claro que había una distinta interpretación de lo que significa un Irán nuclear para Estados Unidos y para Israel. La administración de Obama, al igual que la de Biden, perseguían que Irán no llegase a construir su primera bomba; Israel quería que Irán no contase con la capacidad de poder construirla, que es distinto porque exige provisiones mucho más exigentes en cualquier acuerdo. Donal Trump ha sido serio en que no acepta un Irán nuclear y muy serio sobre las consecuencias de no llegar a un acuerdo al respecto. Pero ha sido mucho más ambiguo sobre qué significa exactamente un Irán nuclear.
Idealmente, la delegación americana debería buscar el Iran’s full, permanent, and verifiable nuclear disarmament. Pero no vivimos en un mundo ideal sino en uno donde Irán siempre ha decidido continuar con su avance hacia la bomba a toda costa, a pesar de las sanciones, inspecciones y dificultades técnicas. Es presumible que su programa se haya ralentizado, pero sus ambiciones atómicas no se han visto afectadas nunca. Borrarlas no va a ser fácil si es que es del todo posible.
La carta del presidente Trump daba dos meses para llegar a un acuerdo, aunque no está claro desde dónde comenzar a contar. En cualquier caso, parece lógico asumir que en junio o julio ese plazo debería haberse agotado. Aunque también es verdad que se dio 24 horas para detener la guerra en Ucrania y Putin se le resiste.
Por tanto, la pregunta del millón de dólares es ¿qué hará Donald Trump si en dos meses no se ha cerrado un acuerdo que evite un Irán nuclear? ¿Autorizará una acción militar tan devastadora como nunca antes sobre Irán? ¿Y si no llega a materializar sus amenazas y se da otro plazo para negociar?
Para complicar aún más las cosas, queda ver cuáles son las opciones de Israel. El primer ministro Netanyahu es bien conocido por su compromiso de no tolerar un Irán nuclear. Idealmente preferiría que fuese estados unidos el líder de cualquier acción militar encaminada destruir las instalaciones nucleares en ausencia de un acuerdo diplomático. Pero ¿y si hay acuerdo, pero es un acuerdo malo, que permite que Irán se quede en el umbral atómico y pueda regenerar el programa en un plazo breve de tiempo? ¿Aguantaría? ¿Actuaría aún en contra de Washington?
Jaque mate
Donald Trump cuenta ahora con una clara superioridad estratégica sobre un Irán temeroso de su propia debilidad. Que quiera aprovechar esta situación y fuerce el abandono total de las ambiciones atómicas de Teherán sería lo lógico y esperable. Pero hoy por hoy no podemos afirmar sin miedo a hacer el ridículo, que de verdad lo vaya a hacer. Puede que prefiera evitar un conflicto si el acuerdo resulta satisfactorio para sus asesores, aunque no desmantele por completo el programa nuclear. Especialmente si los iraníes son capaces de disfrazar su vertiente militar bajo el paraguas del uso civil de la energía atómica.
Tampoco sabemos a ciencia cierta cuál es la flexibilidad negociadora de Irán, quien sigue negando su programa militar a pesar de todas las evidencias, en donde se sigue cantando “muerte al Gran Satán” y done su líder supremo se sigue negando a cualquier diálogo directo con América.
Habiendo seguido el desarrollo del programa nuclear iraní durante décadas, yo no soy de los que tiene muy claro que el Rey (el régimen) dejará caer a su Reina (la bomba). Soy de quienes creen que Rey y Reina tiene sellado su destino, que es inseparable. Pero si el equipo norteamericano tiene claro cuáles son los objetivos últimos de Irán -ganar tiempo y preservar cuanto puedan para retomar su programa bajo nuevas circunstancias- y mantienen el engaño a raya con firmeza, estoy dispuesto a conceder que hay que tratar de llegar a un buen acuerdo diplomáticamente y sólo recurrir uso de la fuerza si ésta fracasa. Pero lo importante para negociar es hacer ver a los dirigentes iraníes que todas las opciones están sobre la mesa, como se suele decir. Pero que esta vez es en serio. Y prepararse material y psicológicamente para ejecutar todas las opciones llegado el caso.
No hace falta tener una bola de cristal para ver el futuro. Porque el futuro del programa nuclear iraní se juega en una partida en la que el cronómetro ha comenzado a contar. Ahora es cuestión de llegar al jaque mate por nuestra parte.