Ucrania y los valores Europeos
por Óscar Elía Mañú, 4 de marzo de 2025
"Estamos listos para defender la democracia", afirmaba von der Leyer a su llegada a la cumbre de Londres de hace un par de días. La Presidente de la Comisión no hacía más que repetir algo que los dirigentes europeos repiten desde la agresión rusa a Ucrania: es una guerra en defensa de la democracia y los valores europeos. La declaración es solemne, pero más allá de eso comienzan las dudas: ¿cuáles son exactamente esos valores democráticos que los europeos dicen defender?¿cuál es el estilo de vida europeo amenazado existencialmente que hay que salvaguardar?
Si se tratase de fórmulas abstractas no habría problema, pero lo cierto es que cuando a los dirigentes europeos y a buena parte de la opinión pública se les pregunta cuáles son esos valores y cuál es ese el modo de vida, invariablemente se responde lo siguientes: la defensa del estado del bienestar socialdemócrata y la normalización de la deuda pública, la renuncia a la prosperidad económica y su sustitución por el empobrecimiento ecologista, la desinversión en seguridad y en presupuestos de defensa, el fomento de la inmigración ilegal, el desprecio a la familia y la inmersión en políticas lgtbi. Hay que poner mucha imaginación para descubrir en los valores europeos actuales algo relacionado con la filosofía griega y la Verdad, la tradición judeocristiana del Bien y de Dios o el carácter sagrado de la ley y la patria romanas. De hecho, lo que caracteriza a los dirigentes europeos actuales es exactamente lo contrario.
Desde luego el problema fundamental aquí es el de confundir política y políticas nada más y nada menos que con valores y democracia. Confusión tan típicamente ideológica como tendente al despotismo: nada pone más en riesgo la democracia que considerar que sólo las políticas propias la encarnan. Hay además otros problemas de fondo derivados de esto, especialmente la afirmación de que cualquier tipo de régimen que no se identifique con estas políticas es un régimen ilegítimo, aunque se trate de los mismísimos Estados Unidos, que al alejarse del progresismo europeo son ahora, en nuestras columnas de opinión y televisiones, ni más ni menos que antidemocráticos y aliados de Putin.
Con todo, lo peor a corto plazo no es esto: es el hecho de que son precisamente esas políticas las que han hecho a Europa débil y la han separado tanto de los Estados Unidos como de sí misma. No hay en la situación actual ni una maldición europea ni una decadencia marcada por el destino, sino malas decisiones tomadas durante mucho tiempo por malos gobernantes: en seguridad, en defensa, en economía, en inmigración, en educación o en cultura la clase política europea, progresista o conservadora, lleva demasiado tiempo por un camino equivocado que tarde o temprano tenía que traernos aquí. Creo que si no se entiende esto no se entenderá nada: los europeos creen que el alejamiento norteamericano les hace más débiles: yo creo que es al revés, que es su debilidad lo que ha provocado el alejamiento norteamericano. Las políticas económicas, militares, institucionales, morales y culturales, mantenidas en el tiempo con la condescendencia de varios presidentes norteamericanos, son la causa de los problemas actuales europeos, y no Trump.
De nuevo no es esto lo peor: tarde o temprano los pueblos aprenden, más o menos dramáticamente, los peligros de la debilidad. Lo peor es que lo que caracteriza a la exhibición de orgullo de los países europeos durante estos días es precisamente afianzarse y reivindicar estas políticas, que son el origen de sus problemas. Creer que es posible reforzar Europa a través de y para garantizar el endeudamiento público, la dependencia energetica, la inmigración desenfrenada o la degradación sexual de las sociedades es de hecho debilitarla: a izquierda y derecha, los gobiernos se comportan como yonkis progresistas, incapaces de huir de sus peores vicios. Por eso la salida de los los dirigentes europeos es una huída hacia adelante, intensa en declaraciones solemenes y grandilocuentes en las que se enredan constantemente, confundiendo sus deseos con sus posibilidades, sus ideales con sus capacidades, sus preferencias con la realidad. Giran y giran sobre sí mismos sin avanzar un milimetro, ni en la defensa de Ucrania ni en el acercamiento a Estados Unidos, donde suscitan ya más burla que indignación. El resultado no puede ser más grotesco: parafraseando a Churchill, los europeos tratan de sacar el pie del cubo de agua tirando del asa hacia arriba.